Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

La lucha en Francia

Durante las primeras seis semanas de la guerra, mientras las victorias alemanas se sucedían rápidamente, mientras la fuerza expansiva de los invasores aún no se había agotado por completo y mientras todavía había ejércitos franceses en campaña que se les oponían, la contienda, en términos generales, siguió siendo una lucha entre ejércitos. La población de los distritos invadidos apenas tomó parte en los combates. Es cierto que una docena de campesinos alsacianos fueron sometidos a consejo de guerra y fusilados por haber participado en batallas o por mutilar a los heridos; pero una tragedia como la de Bazeilles fue absolutamente la excepción. Nada lo prueba mejor que la inmensa impresión que causó y la viva controversia que se entabló en la prensa acerca del grado en que el trato dado a aquella aldea era justificable o no. Si fuera conveniente reabrir aquella controversia, podríamos probar, con el testimonio de testigos oculares intachables, que los habitantes de Bazeilles atacaron efectivamente a los heridos bávaros, los maltrataron y los arrojaron a las llamas de las casas incendiadas por los obuses; y que, a consecuencia de ello, el general von der Tann dio la estúpida y bárbara orden de destruir todo el lugar — estúpida y bárbara principalmente porque significaba prender fuego a casas en las que yacían sus propios heridos por centenares. Pero, de todos modos, Bazeilles fue destruida en el fragor de la batalla, y en una contienda de las más exasperantes — la lucha casa por casa y calle por calle, donde hay que actuar según los informes y tomar decisiones al instante, y donde no hay tiempo para cribar las pruebas ni para oír a ambas partes.

Durante las últimas seis semanas, el carácter de la guerra ha experimentado un cambio notable. Los ejércitos regulares de Francia han desaparecido; la contienda es llevada a cabo por levas cuya misma inexperiencia las hace más o menos irregulares. Dondequiera que intentan salir en masas a campo abierto, son fácilmente derrotadas; dondequiera que combaten al amparo de aldeas y ciudades atrincheradas y con aspilleras, se encuentran con que pueden ofrecer una resistencia seria. El Gobierno las alienta en esta clase de lucha, en las sorpresas nocturnas y en otros golpes de mano propios de la guerra menor, mediante proclamas y órdenes, y también manda a la población del distrito en que operan que los apoye por todos los medios. Esta resistencia sería fácilmente sofocada si el enemigo dispusiera de fuerzas suficientes para la ocupación de todo el país. Pero no las tuvo hasta la rendición de Metz. La fuerza de los invasores se agotó antes de que pudieran alcanzarse, por un lado, Amiens, Rouen, Le Mans, Blois, Tours y Bourges, y por el otro, Besançon y Lyon. Y que esa fuerza se agotara tan pronto se debe en no escasa medida a esa mayor condensación del medio resistente. Los eternos cuatro ulanos ya no pueden cabalgar hasta una aldea o una ciudad muy alejada de sus propias líneas y exigir sumisión absoluta a sus órdenes sin riesgo de ser capturados o muertos. Las columnas de requisa tienen que ir acompañadas por una fuerza imponente, y las compañías o escuadrones aislados han de guardarse bien de las sorpresas nocturnas cuando se acantonan en una aldea y de las emboscadas cuando están de marcha. Hay un cinturón de terreno disputado en torno a todas las posiciones alemanas, y es justamente allí donde la resistencia popular se deja sentir con mayor crudeza. Y para sofocar esta resistencia popular, los alemanes están recurriendo a un código de guerra tan anticuado como bárbaro.

Actúan según la regla de que toda ciudad o aldea donde uno o más de sus habitantes tomen parte en la defensa, disparen contra sus tropas o, en general, presten ayuda a los franceses, ha de ser incendiada; que todo hombre capturado con las armas en la mano que no sea, según su propio criterio, un soldado regular, ha de ser fusilado inmediatamente; y que donde haya razones para creer que una parte considerable de la población de una ciudad se ha hecho culpable de alguna de tales ofensas, todos los hombres aptos para las armas han de ser masacrados de inmediato. Este sistema se ha venido aplicando despiadadamente desde hace casi seis semanas y sigue en pleno vigor. No se puede abrir un periódico alemán sin tropezar con media docena de informes sobre tales ejecuciones militares, que allí se dan por sentadas como simples actos de justicia militar, llevados a cabo con saludable severidad por «soldados honrados» contra «cobardes asesinos y bandidos». No hay desorden de ningún tipo, ni pillaje indiscriminado, ni violación de mujeres, ni irregularidad alguna. Nada de eso. Todo se hace sistemáticamente y por orden; la aldea condenada es rodeada, los habitantes desalojados, las provisiones aseguradas y las casas incendiadas, mientras que los culpables reales o presuntos son llevados ante un consejo de guerra, donde una confesión apresurada y media docena de balas les aguardan con certeza infalible. En Ablis, una aldea de 900 habitantes, camino de Chartres, un escuadrón del 16.º regimiento de húsares (de Schleswig-Holstein) fue sorprendido de noche por irregulares franceses y perdió la mitad de sus hombres; para castigar esta insolencia, la brigada de caballería entera marchó sobre Ablis e incendió todo el lugar; y dos informes diferentes, ambos de actores en el drama, afirman que a todos los hombres aptos para el servicio se les sacó de entre los habitantes y se les fusiló o se les hizo pedazos, sin excepción. Este es solo uno entre muchísimos casos. Un oficial bávaro en los alrededores de Orléans escribe que su destacamento había incendiado cinco aldeas en doce días; y no es exagerado decir que, dondequiera que pasan las columnas volantes alemanas en el centro de Francia, su camino queda trazado con demasiada frecuencia por el fuego y la sangre.

Ahora bien, en 1870 apenas bastará con decir que ésta es una guerra legítima y que la injerencia de civiles o de cualquier persona no reconocida propiamente como soldado equivale al bandidaje y puede ser sofocada a sangre y fuego. Todo esto podría aplicarse a la época de Luis XIV y Federico II, cuando no existían otras contiendas que las de los ejércitos. Pero desde la guerra de independencia americana hasta la guerra de secesión americana, tanto en Europa como en América, la participación de las poblaciones en la guerra ha pasado a ser no la excepción, sino la regla. Allí donde un pueblo se ha dejado someter simplemente porque sus ejércitos se habían vuelto incapaces de resistir, se le ha expuesto al desprecio universal como una nación de cobardes; y dondequiera que un pueblo ha llevado adelante enérgicamente esta resistencia irregular, los invasores se encontraron muy pronto en la imposibilidad de aplicar el anticuado código de la sangre y el fuego. Los ingleses en América, los franceses bajo Napoleón en España, los austríacos en 1848 en Italia y Hungría se vieron muy pronto obligados a tratar la resistencia popular como perfectamente legítima, por miedo a represalias contra sus propios prisioneros. Ni siquiera los prusianos en Baden, en 1849, ni el Papa después de Mentana, tuvieron el valor de fusilar indiscriminadamente a sus prisioneros de guerra, aunque fuesen irregulares y «rebeldes». Sólo existen dos ejemplos modernos de la aplicación despiadada de este código anticuado de «exterminio»: la represión de la rebelión de los cipayos por los ingleses en la India y los procedimientos de Bazaine y sus franceses en México.

De todos los ejércitos del mundo, el último que debería renovar semejantes prácticas es el prusiano. En 1806, Prusia se derrumbó simplemente porque no había en parte alguna del país el menor rastro de ese espíritu de resistencia nacional. Después de 1807, los reorganizadores de la administración y del ejército hicieron cuanto estuvo en su poder para reavivarlo. En aquella época, España mostraba el glorioso ejemplo de cómo una nación puede resistir a un ejército invasor. Todos los jefes militares de Prusia señalaron este ejemplo a sus compatriotas como el que había que seguir. Scharnhorst, Gneisenau, Clausewitz eran todos del mismo parecer en este aspecto; Gneisenau fue incluso personalmente a España a luchar contra Napoleón. Todo el nuevo sistema militar que se inauguró entonces en Prusia era un intento de organizar la resistencia popular contra el enemigo, al menos en la medida en que ello era posible en una monarquía absoluta. No sólo todo hombre apto debía pasar por el ejército y servir en la Landwehr hasta los cuarenta años; los muchachos de diecisiete a veinte y los hombres de cuarenta a sesenta debían formar parte de la Landsturm o leva en masa, la cual debía alzarse en la retaguardia y en los flancos del enemigo, acosar sus movimientos, interceptar sus suministros y correos, utilizar cualquier arma que pudiera encontrar, emplear indistintamente cuantos medios estuvieran a mano para hostigar al invasor — «cuanto más efectivos sean estos medios, tanto mejor» — y, sobre todo, «no usar uniforme de ninguna clase, de modo que los miembros de la Landsturm pudieran en cualquier momento reanudar su carácter de civiles y permanecer desconocidos para el enemigo». Toda esta «Landsturm Ordnung», como se llama la ley de 1813 a este respecto, está redactada — y su autor no es otro que Scharnhorst, el organizador del ejército prusiano — en este espíritu de resistencia nacional intransigente, para la cual todos los medios son justificables y los más efectivos son los mejores. Pero claro, todo esto debían hacerlo los prusianos contra los franceses, y si los franceses actúan del mismo modo contra los prusianos, eso es otra cosa muy distinta. Lo que en un caso era patriotismo, en el otro se convierte en bandidaje y asesinato cobarde.

El hecho es que el actual Gobierno prusiano se avergüenza de aquella vieja y semirrevolucionaria Landsturm Ordnung y trata de hacerla olvidar con sus procedimientos en Francia. Pero cada acto de crueldad gratuita que cometen en Francia la traerá cada vez más a la memoria; y las justificaciones que se den para semejante modo innoble de hacer la guerra no harán sino tender a probar que, si el ejército prusiano ha mejorado inmensamente desde Jena, el Gobierno prusiano está madurando rápidamente aquel mismo estado de cosas que hizo posible Jena.

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