La guerra actual es una guerra de capitulaciones, cada una de las cuales parece destinada a superar en magnitud a sus predecesoras. Primero se produjo la rendición de 84.000 hombres en Sedán, un acontecimiento como el cual, o siquiera algo que se le aproximara, no se había visto en ninguna guerra anterior, ni siquiera en las de Austria. Ahora viene la rendición de 170.000 hombres, junto con la fortaleza de Metz, que supera a Sedán tanto como Sedán superó a todas las capitulaciones anteriores. ¿Va a ser superada Metz, a su vez, por París? Si la guerra continúa, apenas cabe duda de que así será.

Los tres errores radicales que llevaron a Napoleón del 2 de agosto al 2 de septiembre, de Saarbrücken a Sedán, y que prácticamente privaron a Francia de la totalidad de sus ejércitos, fueron: primero, recibir el ataque del enemigo en una posición que permitió a los alemanes victoriosos introducirse entre los cuerpos dispersos del ejército francés y dividirlo así en dos masas distintas, ninguna de las cuales podía reunirse ni siquiera actuar de concierto con la otra; segundo, la demora del ejército de Bazaine en Metz, a consecuencia de la cual quedó irremediablemente encerrado allí; y tercero, la marcha en auxilio de Bazaine con fuerzas y por una ruta que positivamente invitaba al enemigo a tomar prisionero al ejército de socorro en su totalidad. Las consecuencias del primer error fueron evidentes a lo largo de toda la campaña. Las del tercero llegaron a su término en Sedán; las del segundo las acabamos de presenciar en Metz. La totalidad de aquel «Ejército del Rin», al que Napoleón prometió una ardua campaña en un país lleno de fortalezas, se encuentra ahora en esas mismas fortalezas, o en camino hacia ellas, como prisioneros de guerra, y Francia está no sólo virtualmente, sino positivamente, privada de casi todas sus tropas regulares.

La pérdida de los hombres mismos y del material bélico rendido junto con Metz, que tiene que ser enorme, es un golpe ya bastante duro. Pero no es el más duro. Lo peor para Francia es que, con esos hombres y ese material, queda privada de la organización militar que necesita más que ninguna otra cosa. Hombres hay de sobra; incluso hombres instruidos entre los veinticinco y los treinta y cinco años tiene que haber por lo menos 300.000. El material puede reemplazarse con las reservas y fábricas del país y mediante el comercio exterior. En circunstancias como éstas, cualquier buen fusil de retrocarga es útil, sin importar sobre qué modelo esté construido ni si las municiones de uno sirven para otros modelos. Dándose la bienvenida a todo lo que sirva, y con un uso adecuado de telégrafos y vapores, podría haber ahora a disposición del Gobierno más armas y cartuchos de los que pudieran utilizarse. Incluso la artillería de campaña podría haberse suministrado ya a estas alturas. Pero lo que más falta hace es aquella sólida organización capaz de hacer un ejército con todos esos hombres armados. Esta organización está personificada en los oficiales y suboficiales del ejército regular, y deja de estar disponible definitivamente con su rendición. El número de oficiales sustraídos al servicio activo de Francia, por las pérdidas en el campo de batalla y por las capitulaciones, no puede ser ahora inferior a diez o doce mil, y el de suboficiales es casi tres veces mayor. Al retirar de golpe de la defensa nacional semejantes fuerzas de organización, se hace extremadamente difícil convertir multitudes de hombres en compañías y batallones de soldados. Quienquiera que haya visto levas populares en el campo de instrucción o bajo el fuego —ya sean los cuerpos francos de Baden, los yankees de Bull Run, los móviles franceses o los voluntarios británicos— habrá percibido en el acto que la causa principal de la impotencia y la falta de solidez de estas tropas reside en el hecho de que los oficiales no conocen su deber; y en el caso presente de Francia, ¿quién hay para enseñarles su deber? Los pocos oficiales veteranos a media paga o inválidos no son lo bastante numerosos para hacerlo; no pueden estar en todas partes; la enseñanza no ha de ser solo teórica, sino también práctica; no sólo de palabra, sino mediante el acto y el ejemplo. Unos cuantos oficiales jóvenes o sargentos recién ascendidos en un batallón se adaptan muy pronto a su trabajo mediante la observación constante de lo que hacen los oficiales veteranos; pero ¿qué hacer cuando los oficiales son casi todos nuevos y ni siquiera se dispone de muchos sargentos veteranos a los que ascender a oficiales? Los mismos hombres que hoy demuestran en casi todos los encuentros que no sirven para actuar en masas a campo abierto habrían aprendido pronto a combatir si hubiera sido posible encuadrarlos en los viejos batallones de Bazaine; es más, si tan solo hubieran tenido la ocasión de ser mandados por los oficiales y sargentos de Bazaine. Y con esta pérdida definitiva para esta campaña de casi el último vestigio de su organización militar, Francia sufre lo más duro con la capitulación de Metz.

Será hora de formarse una opinión decidida sobre la conducta de la defensa cuando hayamos oído lo que los defensores tengan que decir en su descargo. Pero si es un hecho que 170.000 hombres en condiciones de portar armas se han rendido, entonces la presunción es que la defensa no ha estado a la altura. En ningún momento desde finales de agosto ha tenido el ejército sitiador el doble de efectivos que el sitiado. Ha debido oscilar entre 200.000 y 230.000 hombres, desplegados en un círculo de por lo menos veintisiete millas de perímetro, sólo en la primera línea; lo cual significa que el círculo ocupado por las masas debía tener por lo menos de treinta y seis a cuarenta millas de perímetro. Este círculo estaba, además, cortado en dos por el río Mosela, infranqueable salvo por puentes situados a cierta distancia a retaguardia de la primera línea. Si un ejército de 170.000 hombres no pudo darse superioridad numérica en punto alguno de ese círculo y romperlo antes de que pudieran traerse refuerzos suficientes, debemos concluir o bien que las disposiciones de las tropas sitiadoras merecen los mayores elogios, o bien que los intentos de atravesarlas no se hicieron nunca como debieron hacerse. Probablemente sabremos que aquí, como en toda esta guerra, consideraciones políticas han paralizado la acción militar.

A menos que ahora se concluya la paz, las consecuencias de este nuevo desastre pronto se harán sentir en Francia. Suponemos que las dos divisiones de la Landwehr se dejarán como guarnición en Metz. El II Cuerpo está ya en camino hacia París, lo cual no implica en absoluto que se pretenda que tome parte en el cerco de la capital. Pero aun suponiendo que así fuera, quedarían seis cuerpos, o cuando menos de 130.000 a 140.000 hombres, a los que Moltke puede enviar adonde quiera. Las comunicaciones del ejército con Alemania se mantenían sin una gran participación de las tropas del príncipe Federico Carlos; para este fin tendrá que destacar pocos hombres, tal vez ninguno. El resto está disponible para la invasión del oeste y del sur de Francia. No habrá necesidad de mantenerlos juntos a todos. Probablemente se dividirán en dos o tres agrupaciones, que, con el cuerpo de von der Tann, sumarán en conjunto al menos 150.000 hombres, y recibirán orden de avanzar hacia las regiones de Francia hasta ahora no ocupadas por los alemanes. Un cuerpo ocupará casi seguramente las ricas provincias de Normandía y Le Maine hasta el Loira, con Le Mans, donde confluyen cinco ferrocarriles, como centro. Otro avanzará en dirección a Burdeos, después de haber despejado la línea del Loira desde Tours hasta Nevers y de haber ocupado o destruido los arsenales y fábricas militares de Bourges. Este cuerpo podría marchar desde Metz por Chaumont y Auxerre, cuya comarca no ha sido aún esquilmada por las requisas. Un tercer cuerpo podría ir directamente al sur, para abrir comunicaciones con el general Werder. Estando el interior de Francia casi enteramente desprovisto de fortalezas que merezcan tal nombre, no habrá más resistencia que la evanescente de las nuevas levas y la más pasiva, pero también más tenaz, de las poblaciones. Queda por ver si, con tales ejércitos liberados de golpe, intentará Moltke el asedio de más fortalezas o incluso la reducción de un puerto naval fortificado como Cherburgo; ahora no necesita reducir más fortalezas, salvo Phalsbourg y Belfort, que bloquean líneas férreas principales, y, desde luego, París.