Para hacerse una idea aproximada de una operación tan colosal como es el asedio y la defensa de París, haremos bien en buscar en la historia de las guerras un asedio anterior de gran magnitud que pueda servirnos, al menos en cierta medida, de ejemplo de lo que cabe esperar. Sewastopol sería un caso semejante si la defensa de París se llevara a cabo en condiciones normales, es decir, si aún hubiera un ejército en campaña que pudiera avanzar para socorrer a París o reforzar su guarnición, como ocurrió ante Sewastopol. Pero París se defiende en condiciones totalmente anormales: no tiene una guarnición apta para una defensa activa, para el combate en campo abierto, ni ninguna esperanza fundada de recibir socorro del exterior. De ahí que el mayor asedio observado hasta ahora, el de Sewastopol –que en importancia sólo cede al que acaba de iniciarse– no ofrezca una imagen exacta de lo que ahora sucede ante París; únicamente en etapas posteriores del asedio será posible, sobre todo mediante la comparación, recurrir a los acontecimientos de la guerra de Crimea para establecer el paralelo,

Tampoco los asedios de la guerra de Secesión americana ofrecen mejores ejemplos. Tuvieron lugar en un período de lucha en el que no solo el ejército del Sur, sino también, emulándolo, las tropas del Norte, habían perdido el carácter de levas bisoñas y podían calificarse de tropas regulares. En todos estos asedios la defensa fue sumamente activa. En Vicksburg, al igual que en Richmond, se produjeron al principio largas luchas por el dominio del terreno, el único donde podían emplazarse las baterías de asedio, y, a excepción del último asedio de Richmond por Grant, siempre se hicieron intentos de socorro. Pero aquí, en París, tenemos una guarnición de soldados recién reclutados, apoyada débilmente por dispersas levas nuevas fuera de la ciudad, pero atacada por un ejército regular con todos los medios de la guerra moderna. Para hallar un ejemplo, hemos de remontarnos a la última guerra en que un pueblo armado hubo de luchar contra un ejército regular y lo hizo realmente sobre la base más amplia: la guerra peninsular. Aquí encontramos un célebre ejemplo que, como veremos, es acertado en más de un sentido: Saragossa.

Saragossa sólo tenía un tercio del diámetro y una novena parte de la superficie de París; pero sus fortificaciones, aunque erigidas a toda prisa y sin fuertes destacados, se asemejaban en su fuerza defensiva general a las de París. La ciudad estaba ocupada por 25.000 soldados españoles, fugitivos de la perdida batalla de Tudela, de los que no más de 10.000 eran auténticos soldados de línea, y el resto tropas recién reclutadas; además, había campesinos armados y vecinos que elevaban la guarnición a 40.000 hombres. En la ciudad había 160 cañones. Fuera de ella, en las provincias vecinas, se había apostado un ejército de unos 30.000 hombres para prestar ayuda. Por otra parte, el mariscal francés Suchet no contaba con más de 26.000 hombres para cercar la fortaleza a ambos lados del Ebro, más otros 9.000 que cubrían el asedio en Calatayud. De modo que la proporción numérica de las tropas era casi la misma que actualmente guardan los ejércitos respectivos dentro y ante París: los sitiados casi el doble que los sitiadores. No obstante, los saragozanos no podían hacer salidas ni plantar cara a los sitiadores en campo abierto, como tampoco hoy los parisinos; tampoco los españoles pudieron, en momento alguno, estorbar seriamente el asedio desde fuera.

El cerco de la ciudad quedó completado el 19 de diciembre de 1808; la primera paralela pudo abrirse ya el 29, a solo 350 yardas del muro principal. El 2 de enero de 1809 se abrió la segunda paralela, a 100 yardas de las obras; el 11, las brechas estaban listas para el asalto, y todo el frente atacado fue tomado por asalto. Pero aquí, donde la resistencia de una guarnición ordinaria de tropas regulares habría cesado, comenzó realmente la fuerza de una defensa popular. La parte del muro que los franceses habían asaltado había sido separada del resto de la ciudad mediante nuevas obras defensivas. Múltiples muros de tierra, defendidos por artillería, se habían levantado transversalmente en todas las calles que conducían a aquel sector, en correspondientes intervalos y uno tras otro. Las casas, construidas en el sólido estilo habitual en la cálida Europa meridional, con muros muy gruesos, estaban provistas de aspilleras y defendidas por la infantería. El bombardeo francés fue ininterrumpido; pero, como los sitiadores estaban mal provistos de morteros pesados, su efecto sobre la ciudad no fue decisivo. El bombardeo prosiguió durante cuarenta y un días sin interrupción. Para reducir la ciudad y tomarla casa por casa, los franceses tuvieron que recurrir al camino más largo, el del minado. Finalmente, después de que un tercio de los edificios de la ciudad hubiera sido destruido y el resto quedase inhabitable, Saragossa capituló el 20 de febrero. De las 100.000 personas que en la ciudad había al comienzo del asedio, 54.000 perecieron.

Esta defensa fue clásica en su género y merece la fama que conquistó. Pero, después de todo, la ciudad resistió en total sólo 63 días. El cerco duró 10 días, el asedio propiamente dicho de la fortaleza 14, el asedio de las obras defensivas interiores y el combate de casas 39 días. El número de víctimas no guarda proporción alguna con la duración de la defensa ni con su resultado real. Si Saragossa hubiera sido defendida por 20.000 soldados buenos y resueltos, Suchet, estorbado por sus salidas, no habría podido llevar a cabo el asedio con sus fuerzas, y la plaza habría quedado en manos españolas hasta el fin de la guerra de Austria de 1809.

Ciertamente, no esperamos de París una segunda Saragossa. Las casas de París, aunque son sólidas, no admiten comparación con la construcción maciza de las de esta ciudad española; tampoco tenemos motivo para suponer que la población despliegue el fanatismo de los españoles de 1809 o que la mitad de los habitantes se resigne pacientemente a morir en los combates o por las enfermedades. Sin embargo, aquella fase de la lucha que en Saragossa se inició después del asalto del muro en las calles, casas y conventos de la ciudad, podría repetirse en cierta medida en las aldeas fortificadas y obras de tierra situadas entre los fuertes de París y la muralla. Aquí, como dijimos ayer en nuestro XXIV artículo «Sobre la guerra», nos parece residir el centro de gravedad de la defensa. Aquí, tal vez, los jóvenes guardias móviles se enfrentarán a sus adversarios, incluso en movimientos ofensivos, en condiciones en cierto modo iguales, y les obligarán a proceder de manera más sistemática de lo que, al parecer, se ha imaginado el Estado Mayor de Berlín al manifestar recientemente la expectativa de que la ciudad sería rendida doce o catorce días después de la apertura del fuego de las baterías de asedio. Aquí también la defensa podría dar tanto quehacer a los morteros y obuses de los atacantes, que incluso un bombardeo parcial de la ciudad, al menos a gran escala, difícilmente entraría por ahora en consideración. Las aldeas exteriores a la muralla tendrán que ser sacrificadas en cualquier circunstancia, dondequiera que se hallen situadas entre el frente de ataque alemán y el frente defensivo francés; si, sacrificándolas, se puede preservar la ciudad, tanto mejor para la defensa.

Cuánto durará la defensa del terreno exterior a la muralla es algo que ni siquiera podemos conjeturar. Dependerá de la solidez de las obras, del espíritu con que se lleve la defensa y del carácter del ataque. Si la resistencia se tornara seria, los alemanes se fiarán principalmente de su fuego de artillería para ahorrar tropas. De todas formas, con el formidable fuego de artillería que pueden concentrar sobre cualquier punto deseado, no es probable que necesiten más de catorce días o tres semanas para llegar hasta la muralla. Abrir brecha en ella y tomarla por asalto será obra de pocos días. Aun entonces, no existirá una necesidad imperiosa de abandonar la resistencia; pero será mejor esperar con consideraciones sobre tales eventualidades hasta que haya una mayor probabilidad de que realmente se produzcan. Hasta ese momento, séanos también permitido no decir nada sobre el valor o el poco valor de las barricadas del señor Rochefort. En términos generales, somos de la opinión de que, en tanto las nuevas obras entre los fuertes y la muralla ofrezcan realmente una resistencia seria, el ataque se limitará, en la medida de lo posible –y esa medida depende en gran parte de la energía de la defensa–, al fuego curvo y tendido de la artillería, así como a rendir a París por hambre.