Notes on the War. Engels 1870-71.

XXIV

El asedio de París dura ya exactamente un mes. Durante este tiempo, dos puntos relativos al mismo han quedado prácticamente resueltos de acuerdo con nuestras predicciones. El primero es que París no puede esperar ser socorrida, en tiempo útil, por ningún ejército francés del exterior. El Ejército del Loira carece por completo de caballería y de artillería de campaña, mientras que su infantería, con muy contadas excepciones, se compone de soldados jóvenes o de tropas viejas desmoralizadas, mal mandadas y carentes por entero de esa cohesión que sería la única capaz de hacerlas aptas para enfrentarse en campo abierto a soldados veteranos enardecidos por el éxito constante, como los que von der Tann conduce contra ellas. Aun cuando el Ejército del Loira fuese elevado a 100.000 o 120.000 hombres, como puede serlo antes de que caiga París, no sería capaz de levantar el asedio. Gracias a su gran superioridad en caballería y artillería de campaña, ramas ambas que podrán ser sustraídas en gran medida del frente de París tan pronto como llegue el tren de sitio con sus artilleros, y a la superioridad de su infantería, hombre por hombre, los alemanes están en condiciones de enfrentarse a una fuerza tal con otra de número inferior, sin temor a los resultados. Además, las tropas que ahora recorren el país al este y al norte de París a distancias de cincuenta y sesenta millas podrían, en tal caso, ser enviadas temporalmente para reforzar a von der Tann, así como una o dos divisiones del ejército sitiador. En cuanto al Ejército de Lyon, lo que de él posea alguna existencia tangible tendrá trabajo de sobra con el Decimocuarto Cuerpo de la Alemania del Norte del general Werder, que se halla ahora en Epinal y Vesoul, y con el Decimoquinto Cuerpo que le sigue por la retaguardia o por el flanco derecho. El Ejército del Norte, con Bourbaki como comandante, está todavía por formar. Por lo que sabemos, los móviles de Normandía y Picardía están extremadamente faltos de oficiales y de instrucción; y las guardias nacionales sedentarias, si no la mayor parte de los móviles también, serán necesarias para guarnecer las veinticinco o más fortalezas que abarrotan la región comprendida entre Mézières y El Havre. Así pues, un socorro eficaz desde este sector no es muy probable, y París tendrá que confiar en sí misma.

El segundo punto resuelto es que la guarnición de París no está en condiciones de actuar ofensivamente en gran escala. Está compuesta por los mismos elementos que las tropas del exterior de París, y carece igualmente de caballería y de artillería de campaña. Las tres salidas del 19 y 30 de septiembre y del 13 de octubre han demostrado plenamente su incapacidad para causar una impresión seria en las fuerzas sitiadoras. Como decían estas últimas: «Nunca lograron siquiera romper nuestra primera línea». Aunque el general Trochu declara en público que su falta de inclinación a atacar al enemigo en campo abierto se debe a la deficiencia de artillería de campaña, y que no volverá a salir hasta que ésta esté provista, no puede ignorar que ninguna artillería de campaña del mundo podría impedir que su primera salida en masa terminara en una derrota absoluta. Y para cuando su artillería de campaña pueda estar lista, si es que eso es algo más que un mero pretexto, el fuego de las baterías alemanas contra los fuertes y el estrechamiento de sus líneas de asedio habrán hecho imposible su empleo en campo abierto.

Trochu y su estado mayor parecen estar perfectamente conscientes de ello. Todas sus medidas apuntan a una mera defensa pasiva, sin más grandes salidas que las que puedan ser necesarias para satisfacer el clamor de una guarnición indisciplinada. Los parapetos de los fuertes no podrán resistir mucho tiempo los proyectiles de los grandes cañones alemanes, de los que trataremos más adelante. Puede ser, como espera el estado mayor de Berlín, que basten dos o tres días para desmontar los cañones de los parapetos de los fuertes del sur, para abrir brecha, a distancia y mediante fuego indirecto, en el revestimiento de mampostería de sus escarpas en uno o dos puntos, y para asaltarlos luego, mientras el fuego de las baterías desde las alturas dominantes impide cualquier socorro eficaz desde las obras de la retaguardia. No hay nada en la construcción de los fuertes ni en la configuración del terreno que impida esto. En todos los fuertes alrededor de París, la escarpa —es decir, el lado interior del foso, o la cara exterior del parapeto— está revestida de mampostería sólo hasta la altura del horizonte, lo que generalmente se considera insuficiente para proteger la obra de una escalada. Esta desviación de la regla general se justificó bajo el supuesto de que París sería siempre defendida activamente por un ejército. En el caso presente, esto constituirá incluso una ventaja, en tanto que esta mampostería baja será difícil de alcanzar por el fuego indirecto de baterías desde las cuales no puede ser vista. La labor de abrir brecha a distancia se hará así más fatigosa, a menos que las alturas sobre las cuales se construyen estas baterías permitan un verdadero fuego de caída; y esto no puede juzgarse sino sobre el terreno.

En cualquier caso, no hay que esperar que la resistencia de estos fuertes del sur, dominados como están por alturas dentro del alcance más eficaz de la artillería pesada rayada, sea duradera. Pero inmediatamente detrás de ellos, entre los fuertes y la muralla de cintura, la actividad de la guarnición se ha manifestado principalmente. Se han construido numerosas obras de tierra por todas partes; y aunque, como es natural, se nos mantiene en la ignorancia de todos los detalles, podemos estar seguros de que habrán sido planeadas y ejecutadas con todo el cuidado, la previsión y la ciencia que durante más de dos siglos han colocado al cuerpo de ingenieros franceses en el primer rango. Aquí está, pues, evidentemente, el terreno de combate elegido por la defensa; un terreno donde barrancos y laderas, fábricas y aldeas, en su mayoría construidas de piedra, facilitan el trabajo del ingeniero y favorecen la resistencia de tropas jóvenes y apenas medio disciplinadas. Aquí, esperamos, los alemanes encontrarán la tarea más ardua que se les tenga preparada. En efecto, The Daily News nos informa desde Berlín que se contentarán con la conquista de algunos fuertes, dejando que el hambre haga el resto. Pero suponemos que no se les dejará esta elección, a menos, en verdad, que vuelen los fuertes y se retiren de nuevo a sus actuales posiciones de mero asedio; y si hacen eso, los franceses podrán, gradualmente, mediante contraaproches, recuperar el terreno perdido. Suponemos, por lo tanto, que los alemanes se proponen conservar los fuertes que tomen como eficaces posiciones de bombardeo para aterrorizar a los habitantes con granadas ocasionales, o para utilizarlos en un bombardeo tan completo como puedan llevar a cabo con los medios de que disponen. Y en ese caso, no podrán rehusar el combate que les ofrece la defensa en el terreno elegido y preparado al efecto, pues los fuertes quedarán bajo el fuego cercano y efectivo de las nuevas obras. Aquí presenciaremos tal vez la última lucha de esta guerra que ofrezca algún interés científico; quizá la más interesante de todas para la ciencia militar. Aquí la defensa estará en condiciones de actuar de nuevo a la ofensiva, aunque en escala menor, y, restableciendo así en cierta medida el equilibrio de las fuerzas contendientes, podrá prolongar la resistencia hasta que el hambre obligue a la rendición. Pues debemos tener presente que de las provisiones de alimentos almacenadas para París se ha consumido ya un mes de existencias, y nadie fuera de la ciudad sabe si están aprovisionadas para más de otro mes.

Parece haber una gran confusión de ideas entre los «corresponsales especiales» en cuanto a los cañones de sitio alemanes; y bien puede ser así, considerando que la nomenclatura de los diversos calibres entre los artilleros alemanes se basa en principios al menos tan absurdos y contradictorios como los adoptados en Inglaterra. Bien vale la pena aclarar un poco este asunto ahora que estos grandes cañones pueden empezar a hablar de un día para otro. Entre los viejos cañones de sitio, había en uso ante Estrasburgo, y ahora han sido enviados a París, morteros de veinticinco libras y de cincuenta libras —así llamados por el peso de una bala de mármol que se ajusta a su ánima. Sus calibres son de unas 8 ½ a 8 ¾ pulgadas respectivamente, y el peso real de los proyectiles esféricos que arrojan es de 64 libras el primero y de 125 libras el segundo. Luego había un mortero rayado, calibre 21 centímetros, u 8 ¼ pulgadas, que arroja un proyectil alargado de 20 pulgadas de longitud y un peso algo superior a 200 libras. Estos morteros producen un efecto tremendo, no sólo porque el rayado da a sus proyectiles una mayor precisión, sino principalmente porque el proyectil alargado de percusión, al caer siempre sobre su punta pesada, donde sobresale la espoleta de percusión, asegura la explosión de la carga en el momento mismo de la penetración, combinando así en un solo y mismo instante los efectos del impacto con los de la explosión. De cañones rayados que disparan granadas había cañones de 12 libras y de 24 libras, denominados así por el peso de la bala esférica maciza de hierro que disparaban antes de ser rayados. Sus calibres respectivos son de unas cuatro pulgadas y media y cinco pulgadas y media, y los pesos de sus proyectiles, de 33 y 64 libras. Además de éstos, han sido enviados a París algunos de los pesados cañones rayados destinados a los buques acorazados y a la defensa de costas contra tales buques. Los detalles exactos de su construcción no han sido nunca publicados, pero sus calibres son de unas 7, 8 y 9 pulgadas, y los proyectiles correspondientes pesan unas 120, 200 y 300 libras respectivamente. Los cañones más pesados utilizados en o ante Sebastopol fueron el cañón naval inglés de 68 libras, los cañones de granada de 8 y 10 pulgadas, y los cañones franceses de 8 ¾ y 12 pulgadas, cuyo proyectil más pesado, la granada esférica de 12 pulgadas, pesaba unas 180 libras. Así, el sitio de París superará en tanto a Sebastopol como Sebastopol superó a todos los sitios anteriores por el peso y la masa de los proyectiles empleados. El parque de sitio alemán, podemos añadir, contendrá el número de cañones que conjeturamos, es decir, alrededor de cuatrocientos.

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