Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

El destino de Metz

Si hemos de creer las noticias de Berlín, el estado mayor prusiano parece dar por supuesto que París será conquistada antes que Metz. Pero esta opinión evidentemente se funda tanto en razonamientos políticos como militares. Las turbulencias en el interior de París, que el conde Bismarck ha estado aguardando, aún no han comenzado; pero se espera que la discordia y la guerra civil estallen sin falta en cuanto los grandes cañones de los sitiadores empiecen a tronar sobre la ciudad. Hasta ahora, los parisinos han desmentido la opinión que de ellos se tenía en el cuartel general alemán, y puede que lo hagan hasta el final. De ser así, la idea de que París será tomada para fines de este mes resultará casi con certeza ilusoria, y quizá Metz tenga que rendirse antes que París.

Metz, como mera fortaleza, es infinitamente más fuerte que París. Esta última ciudad está fortificada bajo el supuesto de que el conjunto, o al menos la mayor parte, del derrotado ejército francés se replegará sobre ella y conducirá la defensa mediante constantes ataques contra el enemigo, cuyos intentos de cercar la plaza lo debilitan necesariamente en cada punto de la larga línea que ha de ocupar. Por consiguiente, la fuerza defensiva de las obras no es muy grande, y con toda razón. Proveer para un caso como el que ahora se ha presentado por los errores de la estrategia bonapartista habría elevado el coste de las fortificaciones a una suma inmensa; y el tiempo en que la defensa podría prolongarse así apenas alcanzaría a quince días. Además, con obras de tierra levantadas durante o antes del asedio se puede reforzar considerablemente las fortificaciones. Con Metz el caso es muy distinto. Metz fue legada a la generación presente por Cormontaigne y otros grandes ingenieros del siglo pasado como una fortaleza muy fuerte, fuerte en sus obras defensivas. El Segundo Imperio ha añadido a éstas un cinturón de siete grandes fuertes destacados, a distancias de dos millas y media a tres millas del centro de la ciudad, para ponerla a salvo del bombardeo incluso con cañones rayados, y para transformar el conjunto en un gran campamento atrincherado, sólo inferior al de París. Un asedio de Metz, por tanto, sería una operación muy larga incluso si la plaza no albergara más que su guarnición normal de guerra. Pero un asedio frente a los 100.000 hombres que ahora se cobijan bajo sus fuertes sería casi imposible. La esfera en la que los franceses siguen siendo dueños se extiende a un buen par de millas más allá de la línea de fuertes; para hacerlos retroceder hasta la línea de fuertes, a fin de conquistar el terreno donde habrían de excavarse las trincheras, sería necesaria una serie de combates cuerpo a cuerpo como los que sólo se vieron ante Sebastopol; y, suponiendo que la guarnición no se desmoralizara por sus constantes luchas o que los sitiadores no se cansaran de semejante sacrificio de vidas, la lucha podría durar muchos meses. Por consiguiente, los alemanes nunca han intentado un asedio regular, sino que tratan de rendir la plaza por hambre. Un ejército de 100.000 hombres, sumado a una población de casi 60.000 y a la multitud de campesinos que han buscado refugio tras los fuertes, tiene que agotar, tarde o temprano, las provisiones si el bloqueo se aplica estrictamente; e, incluso antes de que esto ocurra, lo probable es que la desmoralización entre la guarnición obligue a la rendición. Una vez que un ejército se encuentra completamente encerrado, que todos los intentos de romper el cerco resultan infructuosos, que toda esperanza de socorro exterior queda cortada, incluso el mejor ejército irá perdiendo gradualmente su disciplina y cohesión bajo padecimientos, privaciones, fatigas y peligros que no parecen servir a otro propósito que el de sostener el honor de la bandera.

Durante algún tiempo hemos estado buscando en vano síntomas de esta desmoralización. Las existencias de víveres dentro de la plaza han sido mucho más considerables de lo que se suponía, y así el ejército de Metz ha pasado una temporada bastante buena. Pero las provisiones, si bien abundantes, deben de haber estado mal surtidas; lo cual es muy natural, pues se trataba de suministros dispersos para el ejército, dejados accidentalmente en la ciudad y nunca destinados al propósito que ahora han de cumplir. La consecuencia es que la dieta de los soldados, a la larga, no sólo se vuelve distinta de aquella a la que están acostumbrados, sino positivamente anormal, y produce enfermedades de diversos tipos y de gravedad cada día creciente, al operar las causas de esta enfermedad con mayor fuerza cada día. Esta fase del bloqueo parece haberse alcanzado ya. Entre los artículos de los que Metz está escasa se encuentran el pan, el alimento principal ordinario del campesinado francés, y la sal. Esta última es absolutamente indispensable para conservar la salud; y, como el pan es casi la única forma en que los franceses ingieren fécula como alimento formador de grasa, lo mismo puede decirse en este caso del primero. La necesidad de alimentar a los hombres y a los habitantes principalmente con carne ha producido, según se dice, disentería y escorbuto. Sin confiar demasiado en las informaciones de los desertores, que por lo general dicen lo que creen que complacerá a sus captores, podemos aún creer que tal es el caso, pues es justo lo que tiene que ocurrir en estas circunstancias. Que las probabilidades de desmoralización han de aumentar así rápidamente es cosa de cajón.

El muy competente corresponsal de The Daily News ante Metz afirma, en su descripción de la salida de Bazaine del 7 de octubre, que después de que los franceses se hubieran establecido en las aldeas al norte de Fort Saint-Eloy (al norte de Metz, en el valle del Mosela), una masa de al menos 30.000 de ellos se formó más a su derecha, cerca del río, y avanzó contra los alemanes. Esta columna, o grupo de columnas, estaba evidentemente destinada a romper el cerco. Esta tarea requería la máxima determinación. Tendrían que marchar directamente hacia un semicírculo de tropas y baterías que concentraban su fuego sobre ellos; la intensidad de este fuego aumentaría hasta el punto del contacto efectivo con las masas enemigas, momento en que, si lograban desbaratarlas, disminuiría de inmediato considerablemente, mientras que, si tenían que retirarse, tendrían que sufrir el mismo fuego cruzado por segunda vez. Esto los hombres debían saberlo; y, más aún, Bazaine emplearía para este supremo esfuerzo sus mejores tropas. Sin embargo, se nos dice que ni siquiera llegaron a ponerse al alcance del fuego de fusilería de las masas alemanas. Antes de alcanzar el punto crítico, el fuego de la artillería y de la línea de tiradores había disuelto su cohesión: «las densas columnas primero vacilaron y luego se rompieron».

Es ésta la primera vez en esta guerra que oímos tales cosas de los hombres que pudieron afrontar bastante bien el acero frío y el fuego caliente en Vionville, Gravelotte y en las últimas salidas. Esta incapacidad incluso para intentar a fondo la tarea que se les había encomendado parece mostrar que el ejército de Metz ya no es lo que era. Parece indicar, no todavía desmoralización, sino desaliento y desesperanza: la sensación de que no vale la pena intentarlo. De ahí a la desmoralización positiva no hay muchos pasos, especialmente en el caso de los soldados franceses. Y aunque sería prematuro predecir a partir de estos indicios la pronta caída de Metz, será sorprendente que no descubramos pronto más síntomas que anuncien que la defensa está decayendo.

La rendición de Metz tendría una influencia mucho menor en lo moral, pero mucho mayor en lo material sobre el curso de la guerra que la caída de París. Si se toma París, Francia puede ceder, pero no está más obligada a hacerlo que ahora. Pues la mayor parte con mucho de las tropas que ahora asedian París serían necesarias para mantener la ciudad y sus alrededores, y es más que dudoso que se pudiese prescindir de bastantes hombres para avanzar hasta Burdeos. Pero, si Metz capitulase, más de 200.000 alemanes quedarían en libertad, y un ejército tal, en el estado actual de las fuerzas francesas en campaña, sería ampliamente suficiente para ir a donde quisiera en campo abierto y hacer allí lo que quisiera. El avance de la ocupación, detenido por los dos grandes campamentos atrincherados, recomenzaría de inmediato, y cualesquiera intentos de guerra de guerrillas, que ahora podrían ser muy eficaces, serían pronto aplastados.

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