Notes on the War. Engels 1870-71.

XXIII

Los oficiales prusianos de estado mayor en Berlín parecen estarse impacientando. Por medio de los corresponsales en Berlín del _Times_ y del _Daily News_ nos comunican que el material de sitio está ya listo desde hace algunos días frente a París y que el asedio comenzará de un momento a otro. Tenemos nuestras dudas acerca de esa disposición. En primer lugar, sabemos que los franceses en retirada han volado varios túneles de la única línea de ferrocarril disponible cerca de La Ferté-sous-Jouarre, y que aún no se hallan en estado de servicio; en segundo lugar, sabemos también que el _Matériel_ necesario para un asedio regular y eficaz de una plaza tan enorme como París es tan colosal que llevará mucho tiempo reunirlo, incluso aunque el ferrocarril hubiese estado siempre abierto; y en tercer lugar, cinco o seis días después de haberse hecho ese anuncio desde Berlín, todavía no hemos oído nada acerca de la apertura de una primera paralela. Hemos de concluir, por tanto, que por disposición para abrir el asedio, o ataque regular, hemos de entender la disposición para abrir el ataque irregular, el bombardeo.

Con todo, un bombardeo de París, con alguna posibilidad de forzar la rendición, requeriría muchos más cañones que un asedio regular. En este último es posible limitar el ataque a uno o dos puntos de la línea de defensa; en el primero, es preciso esparcir constantemente un número tal de granadas sobre toda la vasta extensión de la ciudad, que en todas partes estallen más incendios de los que la población pueda extinguir, y que la propia operación de extinguirlos se vuelva demasiado peligrosa para intentarla. Ahora bien, hemos visto que incluso Estrasburgo, con 85.000 habitantes, fue perfectamente capaz de resistir un bombardeo de severidad casi sin parangón; que, con excepción de algunos barrios aislados y bastante bien delimitados que hubieron de ser sacrificados, los incendios pudieron ser mantenidos bajo control. La causa de ello es la extensión comparativamente grande de la ciudad. Es fácil acribillar a granadas una pequeña plaza de cinco o diez mil habitantes hasta someterla, a menos que en su interior abunden los refugios a prueba de bomba; pero una ciudad de 50.000 a 100.000 habitantes puede soportar muchísimo lanzamiento de granadas, especialmente si está construida, como la mayoría de las ciudades francesas, con piedra de sillería o con gruesos muros de ladrillo. París, dentro de las fortificaciones, mide doce kilómetros por diez; dentro de las antiguas barreras, que comprenden la parte densamente edificada de la ciudad, nueve kilómetros por siete; es decir, esta parte de la ciudad abarca una superficie de unos cincuenta millones de metros cuadrados, o cerca de sesenta millones de yardas cuadradas. Lanzar por término medio una granada por hora sobre cada mil yardas cuadradas de esa superficie exigiría 60.000 granadas por hora, o un millón y medio de granadas cada veinticuatro horas, lo que presupondría el empleo de por lo menos 2.000 piezas de grueso calibre para tal fin. Y, sin embargo, una granada por hora para un espacio de casi cien pies de largo por cien pies de ancho constituiría un bombardeo débil. Por supuesto, el fuego podría concentrarse temporalmente sobre uno o varios barrios hasta que quedaran totalmente destruidos, para trasladarse después a los barrios vecinos; pero este procedimiento, para ser eficaz, duraría casi tanto o más que un asedio regular, y forzosamente resultaría menos seguro para obligar a la rendición de la plaza.

Más aún, mientras los fuertes no hayan sido reducidos, París se halla de hecho fuera del alcance de un bombardeo eficaz. Las alturas más próximas extramuros hoy en poder de los sitiadores, las cercanas a Châtillon, distan plenamente 8.000 metros = 8.700 yardas, o cinco millas, del Palacio de Justicia, que representa aproximadamente el centro de la ciudad. En todo el lado meridional esta distancia será más o menos la misma. En el nordeste, la línea de fuertes dista hasta 10.000 metros, o unas 11.000 yardas, del centro de la ciudad, de modo que cualquier batería de bombardeo en ese sector tendría que emplazarse 2.000 yardas más lejos, o sea, de siete a ocho millas del Palacio de Justicia. En el noroeste, los recodos del Sena y el Fuerte Mont Valérien protegen tan bien la ciudad que las baterías de bombardeo solo podrían erigirse en reductos cerrados o en paralelas regulares; es decir, no antes de haber comenzado el asedio regular, respecto del cual suponemos aquí que el bombardeo es un preliminar.

Ahora bien, no cabe duda de que los cañones prusianos rayados de grueso calibre, de calibres de cinco, seis, siete, ocho y nueve pulgadas, que lanzan granadas de veinticinco a más de trescientas libras de peso, podrían hacer fuego hasta cubrir una distancia de cinco millas. En 1864, los cañones rayados de a veinticuatro libras emplazados en Gammelmark bombardearon Sonderburg a una distancia de 5.700 pasos = 4.750 yardas, o casi tres millas, aunque aquellos cañones eran viejos, de bronce, y no podían resistir más que una carga de 4 o 5 libras de pólvora por cada granada de 68 libras. La elevación era forzosamente considerable y había que obtenerla mediante una adaptación especial de las cureñas, que se habrían destrozado de haberse empleado cargas más fuertes. Los actuales cañones prusianos de acero fundido pueden soportar cargas mucho más pesadas en proporción al peso de sus granadas; pero, para obtener un alcance de cinco millas, la elevación seguiría siendo muy considerable, y las cureñas tendrían que modificarse consecuentemente; y, al ser utilizadas para usos para los que no fueron construidas, pronto quedarían deshechas. Nada destroza más deprisa una cureña que disparar con cargas completas a elevaciones de tan solo cinco o seis grados; pero en este caso, la elevación promediaría por lo menos quince grados, y las cureñas se harían pedazos tan deprisa como las casas de París. Dejando, no obstante, de lado esta dificultad, el bombardeo de París mediante baterías situadas a cinco millas del centro de la ciudad sería, a lo sumo, una operación parcial. Habría bastante destrucción para exasperar, pero no la suficiente para aterrorizar. Las granadas, a semejantes alcances, no se podrían dirigir con suficiente certeza a ninguna parte determinada de la ciudad. Hospitales, museos, bibliotecas, por mucho que se destacaran desde las alturas donde pudieran hallarse las baterías, difícilmente se librarían, aun cuando se dieran órdenes de evitar ciertos barrios. Los edificios militares, arsenales, polvorines, almacenes, aunque visibles para el sitiador, no se podrían señalar para su destrucción con seguridad alguna; de modo que la excusa habitual para un bombardeo — que apunta a la destrucción de los medios de defensa de los sitiados — fracasaría. Todo esto se dice bajo el supuesto de que los sitiadores tienen a mano los medios para un bombardeo realmente serio — es decir, alrededor de dos mil cañones rayados y morteros de grueso calibre —. Pero si, como suponemos que es el caso, el parque de sitio alemán se compone de unos cuatrocientos o quinientos cañones, esto no bastará para producir sobre la ciudad una impresión tal que hiciera probable su rendición.

Aunque el bombardeo de una fortaleza se sigue considerando una medida permitida por las leyes de la guerra, implica tal cantidad de sufrimientos para los no combatientes, que la historia reprobará a cualquiera que en nuestros días lo intente sin una posibilidad razonable de arrancar con ello la rendición de la plaza. Sonreímos ante el _chauvinisme_ de un Victor Hugo, que considera a París una ciudad santa — ¡muy santa! — y todo intento de atacarla un sacrilegio. Contemplamos a París como a cualquier otra plaza fortificada que, si opta por defenderse, debe correr todos los riesgos de un ataque leal, de trincheras abiertas, baterías de sitio y tiros perdidos que alcancen edificios no militares. Pero si el mero bombardeo de París no puede forzar a la ciudad a rendirse, y si, no obstante, se llevara a cabo semejante bombardeo, constituirá un error militar tal como pocos se atreverían a achacar al estado mayor de Moltke. Se dirá que París fue bombardeado no por razones militares, sino políticas.

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