Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XXII

En una de nuestras notas precedentes llamamos la atención sobre el hecho de que incluso ahora, después de la caída de Estrasburgo, casi la totalidad del inmenso ejército alemán en Francia está plenamente empleado, aunque los invasores no ocupan ni la sexta parte del territorio del país. El tema es tan significativo que nos sentimos justificados para volver sobre él.

Metz, con el ejército de Bazaine encerrado dentro de su línea de fuertes, da ocupación a ocho cuerpos de ejército (1.º, 2.º, 3.º, 7.º, 8.º, 9.º, 10.º, la división de hessianos y la división de landwehr del general Kummer), en total dieciséis divisiones de infantería. París ocupa diecisiete divisiones de infantería (la Guardia, 4.º, 5.º, 6.º, 11.º, 12.º cuerpo de la Alemania del Norte, 1.º y 2.º cuerpos bávaros y la división de Wurtemberg). Los recién formados 13.º y 14.º cuerpos, en su mayor parte de landwehr, y algunos destacamentos de los cuerpos ya mencionados, ocupan el país conquistado y observan, bloquean o sitian las plazas que, dentro de él, siguen perteneciendo a los franceses. El 15.º Cuerpo (la división de Baden y al menos una división de landwehr), liberado por la capitulación de Estrasburgo, es el único disponible para operaciones activas. Se le añadirán nuevas tropas de landwehr, y entonces emprenderá algunas operaciones, cuyo carácter se conoce todavía de manera muy imprecisa, en dirección más meridional.

Ahora bien, estas fuerzas comprenden casi todas las tropas organizadas de que dispone Alemania, con la importantísima excepción de los cuartos batallones de línea. Contrariamente a lo que se hizo en la guerra de Austria, cuando fueron enviados contra el enemigo, estos 114 batallones se han mantenido esta vez en el país; de acuerdo con su primitivo destino, sirven de cuadros para la instrucción y organización de los hombres destinados a llenar los claros que los combates y las enfermedades hayan podido causar en las filas de sus respectivos regimientos. Tan pronto como los mil hombres que componen el batallón están suficientemente adiestrados para cumplir su deber ante el enemigo, son enviados a reunirse con los tres batallones de campaña del regimiento; esto se hizo en gran escala después de los duros combates librados frente a Metz a mediados de septiembre. Pero los oficiales y suboficiales del batallón se quedan en el país, dispuestos a recibir y preparar para el campo un nuevo contingente de 1.000 hombres, sacados de la Reserva de Ersatz o de los reclutas llamados a filas a su debido tiempo. Esta medida era absolutamente necesaria en una guerra tan sangrienta como la actual y cuyo fin no se puede prever con certeza; pero priva a los alemanes, por el momento, de los servicios activos de 114 batallones y de una fuerza correspondiente de caballería y artillería, que en total representan por lo menos 200.000 hombres. Con excepción de éstos, la ocupación de apenas una sexta parte de Francia y la reducción de las dos grandes fortalezas situadas en este territorio —Metz y París— mantienen tan plenamente empleadas a todas las fuerzas alemanas, que apenas les quedan disponibles 60.000 hombres para ulteriores operaciones más allá del territorio ya conquistado. Y esto, mientras no hay en parte alguna un ejército francés en campaña que oponga una resistencia seria.

Si alguna vez ha sido necesaria una prueba de la inmensa importancia que los grandes campamentos atrincherados, con una fortaleza como núcleo, tienen en la guerra moderna, aquí se nos ofrece esa prueba. Los dos campamentos atrincherados de que se trata no han sido utilizados en modo alguno de la mejor manera posible, como podremos demostrar en otra ocasión. Metz tiene, para su tamaño e importancia, demasiadas tropas de guarnición, y París no cuenta apenas con verdaderas tropas aptas para el campo. Sin embargo, la primera de estas plazas mantiene en jaque en este momento a por lo menos 240.000 enemigos, y la segunda a 250.000; y si Francia tuviera tan sólo 200.000 soldados de verdad al sur del Loira, el cerco de París sería imposible. Desgraciadamente para Francia, no posee esos 200.000 hombres, ni hay probabilidad alguna de que puedan ser reunidos, organizados y disciplinados en tiempo útil. De modo que la reducción de los dos grandes centros de defensa es cuestión de semanas tan sólo. El ejército de Metz ha conservado hasta aquí de un modo admirable su disciplina y sus cualidades combativas, pero los constantes rechazos que ha sufrido acabarán por quebrantar toda esperanza de escapar. Los soldados franceses son excelentes defensores de fortalezas y pueden soportar mucho mejor una derrota en un sitio que en campo abierto; pero, una vez que la desmoralización prende entre ellos, se propaga rápida e irresistiblemente. En cuanto a París, no tomaremos demasiado al pie de la letra los 400.000 guardias nacionales, los 100.000 móviles y los 60.000 soldados de línea del señor Gambetta, como tampoco los innumerables cañones y ametralladoras que se están fabricando en París, ni la gran fortaleza de las barricadas. Pero no cabe duda de que en París existen elementos suficientes para una defensa muy respetable; aunque, por el carácter de su guarnición, esa defensa será necesariamente pasiva, y le faltará su elemento más fuerte: los ataques poderosos contra los sitiadores.

De todos modos, debe ser evidente que si hubiera un verdadero entusiasmo nacional vivo entre los franceses, aún podría ganarse todo. Mientras todas las fuerzas del invasor, salvo 60.000 hombres y la caballería que puede hacer incursiones pero no someter, están inmovilizadas en el territorio conquistado, los cinco sextos restantes de Francia podrían levantar suficientes bandas armadas para hostigar a los alemanes por todas partes, interceptar sus comunicaciones, destruir puentes y ferrocarriles, vituallas y municiones en su retaguardia, y obligarlos a destacar de sus dos grandes ejércitos tantas tropas que Bazaine pudiera encontrar medio de romper el cerco de Metz y que el asedio de París se convirtiera en ilusorio. Ya en este momento el movimiento de las bandas armadas es una fuente de grandes dificultades para los alemanes, aunque no todavía de peligro, y esto aumentará a medida que los alrededores de París se agoten en víveres y otros aprovisionamientos, y que haya que imponer requisiciones a comarcas más lejanas. El nuevo ejército alemán que se está formando en Alsacia probablemente se verá pronto desviado de cualquier expedición hacia el Sur por la necesidad de asegurar las comunicaciones alemanas y de someter una mayor extensión de territorio alrededor de París. Pero ¿cuál habría sido la suerte de los alemanes si el pueblo francés hubiera sido animado por el mismo fanatismo nacional que los españoles en 1808, si cada ciudad y casi cada aldea se hubiera convertido en una fortaleza, cada campesino y cada ciudadano en un combatiente? Ni siquiera los 200.000 hombres de los cuartos batallones bastarían para dominar a un pueblo semejante. Semejante fanatismo nacional no pertenece hoy a las costumbres de las naciones civilizadas. Puede encontrarse entre mejicanos y turcos; sus fuentes se han secado en el Occidente de Europa, entregado al negocio del dinero, y los veinte años durante los cuales la pesadilla del Segundo Imperio ha pesado sobre Francia no han templado precisamente el carácter nacional. Así, vemos mucho hablar y un mínimo de acción; mucho aparato y un descuido casi total de la organización; muy poca resistencia extraoficial y una buena dosis de sumisión al enemigo; muy pocos soldados de verdad y un número inmenso de franco-tiradores.

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