Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

La razón de ser del sistema militar prusiano

Hace algunas semanas señalamos que el sistema prusiano de reclutamiento del ejército distaba mucho de ser perfecto. Pretende convertir a todo ciudadano en soldado. El ejército no es, en las palabras oficiales prusianas, más que «la escuela en la que la nación entera se educa para la guerra» y, sin embargo, solo un porcentaje muy reducido de la población pasa por esa escuela. Volvemos ahora a este tema para ilustrarlo con algunas cifras exactas.

Según los cuadros de la Oficina de Estadística prusiana, entre 1831 y 1854 se alistaba efectivamente en el ejército, por término medio anual, el 9,84 por ciento de los jóvenes sujetos al servicio; quedaban disponibles cada año un 8,28 por ciento; resultaban completamente inhábiles por defectos físicos un 6,40 por ciento; quedaban temporalmente inhábiles, pendientes de revisión en un año posterior, un 53,28 por ciento; el resto estaba ausente o se comprendía en partidas demasiado insignificantes para mencionarlas aquí. Así, durante esos veinticuatro años, ni siquiera una décima parte de los jóvenes ciudadanos fue admitida en la escuela nacional de guerra; y eso se llama una nación en armas.

En 1861 las cifras fueron las siguientes: jóvenes de veinte años, de la clase de 1861, 217.438; jóvenes de clases anteriores todavía pendientes de resolución, 348.364; total, 565.802. De ellos, se hallaban ausentes 148.946, o sea, el 26,32 por ciento; completamente inhábiles, 17.727, es decir, el 3,05 por ciento; destinados a la Reserva de reemplazo —esto es, eximidos del servicio en tiempo de paz pero sujetos a ser llamados en caso de guerra—, 76.590, o sea, el 13,50 por ciento; enviados a casa para una nueva revisión por ineptitud temporal, 230.236, o sea, el 40,79 por ciento; resueltos por otras causas, 22.369, o sea, el 3,98 por ciento; quedaban disponibles para el ejército 69.934 hombres, es decir, el 12,36 por ciento; y de estos, solo 59.459, o sea, el 10,50 por ciento, ingresaron realmente en las filas.

Sin duda, desde 1866 el porcentaje de reclutas alistados anualmente ha sido mayor, pero no puede haberlo sido de manera considerable; y si en la actualidad pasan por el ejército el 12 o 13 por ciento de la población masculina de Alemania del Norte, será mucho. Esto contrasta vivamente con las fogosas descripciones de los «corresponsales especiales» durante la movilización en Alemania. Según ellos, todo hombre capaz se puso entonces el uniforme, echó el fusil al hombro o montó a caballo; toda clase de negocios quedó paralizada: las fábricas se cerraron, las tiendas se echaron la persiana, las cosechas se dejaron sin segar en los campos; toda la producción se detuvo, todo el comercio se abandonó; de hecho, fue un caso de «animación suspendida», un tremendo esfuerzo nacional que, de prolongarse solo unos meses, habría de terminar en el completo agotamiento de la nación. La transformación de civiles en soldados avanzó ciertamente a un ritmo del que fuera de Alemania no se tenía idea; pero si esos mismos escritores contemplan ahora Alemania, después de que más de un millón de hombres hayan sido retirados de la vida civil, encontrarán las fábricas trabajando, las cosechas recogidas, las tiendas y los despachos abiertos. La producción, si acaso se ha detenido, lo ha sido por falta de pedidos, no por falta de brazos; y abundan los mozos robustos que se ven por las calles, tan capaces de echarse el fusil al hombro como los que han marchado a Francia.

Las cifras anteriores lo explican todo. Los hombres que han pasado por el ejército no exceden seguramente del 12 por ciento del total de la población adulta masculina. Por tanto, no puede movilizarse a más del 12 por ciento de ellos, y queda en casa un buen 88 por ciento; una parte de este, desde luego, es llamada a medida que la guerra avanza para llenar los huecos causados por las batallas y las enfermedades. Estos pueden sumar un dos o tres por ciento más en el curso de medio año; pero, aun así, la inmensa mayoría de los hombres jamás es llamada. La «nación en armas» es por completo una patraña.

La causa de esto ya la hemos señalado antes. Es la necesidad en que se hallan la dinastía y el gobierno prusianos, mientras se insista en su política hereditaria, de disponer de un ejército que sea un instrumento obediente de esa política. Según la experiencia prusiana, tres años de servicio en las filas son indispensables para domeñar al civil medio para esa clase de tarea. Jamás se ha sostenido seriamente, ni siquiera por los más testarudos ordenancistas de Prusia, que un soldado de infantería —y estos constituyen la aplastante masa del ejército— no pueda aprender todas sus obligaciones militares en dos años; pero, como se dijo en los debates de la Cámara entre 1861 y 1866, el verdadero espíritu militar, el hábito de la obediencia incondicional, solo se aprende en el tercer año. Ahora bien, con una suma dada de dinero para el presupuesto de guerra, cuanto más largo es el servicio de los hombres, menos reclutas pueden convertirse en soldados. En la actualidad, con tres años de servicio, ingresan anualmente en el ejército 90.000 reclutas; con dos años, 135.000; con dieciocho meses, podrían alistarse y ser instruidos cada año 180.000 hombres. Que sobran hombres aptos para ello lo evidencian las cifras que hemos dado, y quedará todavía más claro más adelante. Vemos, pues, que la frase de la «nación en armas» encubre la creación de un gran ejército destinado a la política de gabinete en el exterior y a la reacción en el interior. Una «nación en armas» no sería el mejor instrumento de trabajo para Bismarck.

La población de la Confederación de Alemania del Norte es un poco inferior a 30.000.000. Los efectivos de guerra de su ejército ascienden, en números redondos, a 950.000 hombres, apenas el 3,17 por ciento de la población. El número de jóvenes que alcanzan los veinte años es aproximadamente el 1,23 por ciento de la población cada año, digamos 360.000. De estos, según la experiencia de los Estados alemanes secundarios, bastante más de la mitad son —ya sea allí mismo y en ese momento, o en el plazo de dos años después— aptos para el servicio en campaña; esto daría 180.000 hombres. Del resto, una buena proporción es apta para el servicio de guarnición; pero de estos podemos prescindir por ahora. Las estadísticas prusianas parecen diferir de esto, pero en Prusia esas estadísticas deben, por razones obvias, agruparse de tal modo que el resultado parezca compatible con la ilusión de la «nación en armas». Aun así, la verdad se abre paso también allí. En 1861 teníamos, aparte de los 69.934 hombres disponibles para el ejército, 76.590 hombres destinados a la Reserva de reemplazo, lo que elevaba el total de hombres aptos para el servicio a 146.524, de los cuales solo 59.459, o sea, el 40 por ciento, fueron alistados en las filas. En todo caso, estamos del lado seguro si calculamos que la mitad de los jóvenes son aptos para el ejército. En ese supuesto, cada año podrían entrar en la línea 180.000 reclutas, con doce años de obligación de ser llamados, como en la actualidad. Esto daría una fuerza de 2.160.000 hombres instruidos —más del doble de los efectivos actuales, incluso después de deducir generosamente todas las bajas por muerte y otras contingencias—; y si se revisara nuevamente a la otra mitad de los jóvenes a la edad de veinticinco años, se hallaría el material para otras 500.000 o 600.000 buenas tropas de guarnición, o más. Del seis al ocho por ciento de la población, completamente instruida y disciplinada, para ser llamada en caso de ataque, manteniéndose en tiempo de paz los cuadros correspondientes como se hace ahora —eso sería realmente una «nación en armas»—; pero eso no sería un ejército que pudiera utilizarse para guerras de gabinete, para conquistas o para una política de reacción en el interior.

Con todo, ello no sería más que la frase prusiana convertida en realidad. Si la apariencia de una nación en armas ha tenido tal poder, ¿cuál sería la realidad? Y podemos estar seguros de que si Prusia, empeñada en la conquista, obliga a Francia a ello, Francia convertirá esa apariencia en realidad, de una forma u otra. Se organizará como una nación de soldados y, dentro de pocos años, puede asombrar a Prusia tanto por el número aplastante de sus soldados como Prusia ha asombrado al mundo este verano. Pero, ¿no puede Prusia hacer lo mismo? Ciertamente, pero entonces dejará de ser la Prusia de hoy. Ganará en poder defensivo, mientras que perderá en poder ofensivo; tendrá más hombres, pero no tan inmediatamente manejables para la invasión al comienzo de una guerra; tendrá que renunciar a toda idea de conquista y, en cuanto a su actual política interior, esta quedaría seriamente puesta en peligro.

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