Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XXI

Si hemos de creer los informes enviados en globo desde París, esa ciudad está defendida por fuerzas innumerables. Hay de cien a doscientos mil guardias móviles procedentes de provincias; hay 250 batallones de Guardias Nacionales parisinos, con 1.500, algunos dicen que 1.800 o 1.900 hombres cada uno —es decir, según el cálculo más moderado, 375.000 hombres—; hay por lo menos 50.000 soldados de línea, además de infantería de marina, marineros, franco-tiradores, y demás. Y —según las últimas informaciones— si todos ellos quedaran incapacitados, quedan aún tras ellos 500.000 ciudadanos aptos para portar armas, dispuestos a ocupar sus puestos en caso necesario.

Fuera de París hay un ejército alemán compuesto por seis Cuerpos de Ejército de la Alemania del Norte (4.º, 5.º, 6.º, 11.º, 12.º y de la Guardia), dos cuerpos bávaros y la división de Württemberg; en total, ocho cuerpos y medio, que suman entre 200.000 y 230.000 hombres —ciertamente no más. Sin embargo, este ejército alemán, aunque extendido sobre una línea de circunvalación de al menos ochenta millas, mantiene notoriamente a raya a esa fuerza innumerable dentro de la ciudad, le corta los suministros, guarda todos los caminos y senderos que salen de París y hasta ahora ha rechazado victoriosamente todas las salidas efectuadas por la guarnición. ¿Cómo es esto posible?

En primer lugar, no cabe duda de que los relatos sobre el inmenso número de hombres armados en París son fantasiosos. Si los 600.000 hombres en armas de los que tanto oímos hablar se reducen a 350.000 o 400.000, nos acercaremos más a la verdad. No obstante, no puede negarse que hay muchos más hombres armados dentro de París para defenderla que fuera para atacarla.

En segundo lugar, la calidad de los defensores de París es de lo más variopinta. De entre todos ellos, no debemos considerar a nadie como tropas verdaderamente fiables, salvo a los infantes de marina y marineros que ahora guarnecen los fuertes exteriores. Las tropas de línea —la escoria del ejército de MacMahon, reforzada con reservistas, en su mayoría reclutas bisoños— han demostrado en el asunto del 19 de septiembre, cerca de Meudon, que están desmoralizadas. Los Guardias Móviles, buen material en sí mismos, apenas están pasando por la instrucción de reclutas; están mal dotados de oficiales y armados con tres tipos diferentes de fusil: el Chassepot, el Minié transformado y el Minié sin transformar. Ningún esfuerzo, ninguna cantidad de escaramuzas con el enemigo, puede darles, en el corto tiempo disponible, esa firmeza que es lo único que les permitirá hacer lo que más se necesita: enfrentarse al enemigo en campo abierto y derrotarlo. Es el defecto original de su organización, la falta de instructores, oficiales y sargentos adiestrados, lo que les impide convertirse en buenos soldados. Aun así, parecen el mejor elemento en la defensa de París; al menos es probable que se sometan a la disciplina. La Guardia Nacional sedentaria es un cuerpo muy heterogéneo. Los batallones de los faubourgs, compuestos de obreros, están dispuestos y resueltos a luchar; serán obedientes y mostrarán una especie de disciplina instintiva si los dirigen hombres que posean su confianza personal y política; frente a todos los demás jefes, serán rebeldes. Además, carecen de instrucción y de oficiales adiestrados; y, a menos que se produzca efectivamente una lucha final tras las barricadas, sus mejores cualidades combativas no se pondrán a prueba. Pero la masa de la Guardia Nacional, aquellos armados por Palikao, está compuesta por la burguesía, especialmente la clase de los pequeños tenderos, y esta gente se opone a luchar por principio. Su ocupación bajo las armas es proteger sus tiendas y sus casas; y si éstas son atacadas por los proyectiles de un enemigo que dispara a distancia, su entusiasmo marcial probablemente se desvanecerá. Son, además, una fuerza organizada menos contra un enemigo extranjero que contra uno doméstico. Todas sus tradiciones apuntan en esa dirección, y nueve de cada diez están convencidos de que ese enemigo doméstico está, en este mismo momento, acechando en el corazón mismo de París, esperando sólo su oportunidad para caer sobre ellos. Son en su mayoría hombres casados, poco acostumbrados a las penurias y a la intemperie, y de hecho ya se quejan de la severidad del servicio que les obliga a pasar una noche de cada tres al aire libre en las murallas de la ciudad. En un cuerpo semejante pueden encontrarse compañías e incluso batallones que, en circunstancias especiales, se comporten valerosamente; pero, como cuerpo, y especialmente para un servicio regular y fatigoso, no son de fiar.

Con semejante fuerza dentro de París no es de extrañar que los alemanes de fuera, mucho menos numerosos y ampliamente dispersos, se sientan tranquilos ante cualquier ataque procedente de ese sector. De hecho, todos los combates que han tenido lugar hasta ahora demuestran que el Ejército de París (si es que podemos llamarlo así) es incompetente para actuar en campaña. El primer gran ataque contra las tropas bloqueadoras, el día 19, fue bastante característico. El cuerpo del general Ducrot, de unos 30.000 o 40.000 hombres, fue detenido durante hora y media por dos regimientos prusianos (el 7.º y el 47.º), hasta que dos regimientos bávaros acudieron en su ayuda y otra brigada bávara cayó sobre el flanco de los franceses; entonces éstos se retiraron en desorden, dejando en manos del enemigo un reducto artillado con ocho cañones y numerosos prisioneros. El número de alemanes empeñados en esta ocasión no podía exceder de 15.000. Desde entonces, las salidas de los franceses se han llevado a cabo de modo muy distinto. Han renunciado a toda intención de librar batallas campales; envían partidas más pequeñas para sorprender puestos avanzados y otros pequeños destacamentos; y si una brigada, una división o más tropas avanzan más allá de la línea de los fuertes, se contentan con una mera demostración. Estos combates apuntan menos a infligir daño al enemigo que a foguear a las levas francesas en las prácticas de la guerra. Sin duda, las irán mejorando gradualmente, pero sólo una pequeña proporción de la desmañada masa de hombres en París puede beneficiarse de prácticas en una escala tan pequeña.

Que el general Trochu, después del combate del 19, era perfectamente consciente del carácter de la fuerza bajo su mando, lo muestra claramente su proclama del 30 de septiembre. Ciertamente, echa la culpa casi exclusivamente a las tropas de línea, y más bien da palmaditas en la espalda a los Guardias Móviles; pero esto simplemente demuestra que él los considera (y con razón) como la mejor parte de los hombres a sus órdenes. Tanto la proclama como el cambio de táctica adoptado desde entonces demuestran claramente que no se hace ilusiones sobre la ineptitud de sus hombres para las operaciones en campo abierto. Y debe saber, además, que cualesquiera otras fuerzas que puedan quedar a Francia bajo el nombre de Ejército de Lyon, Ejército del Loira, etc., son de exactamente la misma composición que sus propios hombres; y que, por lo tanto, no debe esperar que el bloqueo o el sitio de París sea levantado por un ejército de socorro. Por consiguiente, es notable que recibamos informes según los cuales Trochu se habría opuesto, en un consejo de ministros, a la propuesta de negociar la paz. El informe proviene ciertamente de Berlín, que no es una fuente favorable para obtener información imparcial sobre lo que ocurre dentro de París. Sea como fuere, no podemos creer que Trochu tenga esperanzas de éxito. Sus opiniones sobre la organización del ejército en 1867 eran firmemente partidarias de un servicio de cuatro años completos con el regimiento y tres años de obligación en la reserva, como había sido la norma bajo Luis Felipe; incluso consideraba que el tiempo de servicio de los prusianos —dos o tres años— era totalmente insuficiente para formar buenos soldados. La ironía de la historia lo coloca ahora en una posición en la que libra una guerra con hombres completamente bisoños —casi sin instrucción ni disciplina— contra esos mismos prusianos, a quienes ayer mismo calificó de soldados a medio formar; y eso después de que esos prusianos hayan despachado en un mes a todo el ejército regular de Francia.

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