Notes on the War. Engels 1870-71.

XX

Es un hecho sorprendente que, incluso después de los inconcebibles desatinos que han conducido a la práctica aniquilación de los ejércitos franceses, Francia se encuentre virtualmente a merced de un conquistador que mantiene en su posesión apenas una octava parte de su territorio. El territorio efectivamente ocupado por los alemanes está delimitado por una línea trazada desde Estrasburgo hasta Versalles, y otra desde Versalles hasta Sedán. Dentro de esta estrecha franja, los franceses aún mantienen las fortalezas de París, Metz, Montmédy, Verdún, Thionville, Bitche y Phalsbourg. La observación, bloqueo o asedio de estas fortalezas ocupa a casi todas las fuerzas que hasta ahora han sido enviadas a Francia. Puede quedar abundante caballería para batir el campo en torno a París hasta Orléans, Ruán y Amiens, e incluso más allá; pero por el momento no cabe pensar en una ocupación seria de ningún distrito extenso. Hay ciertamente una fuerza de unos 40.000 o 50.000 hombres de Landwehr en Alsacia, al sur de Estrasburgo, y este ejército podría duplicarse con la mayor parte del cuerpo de sitio de Estrasburgo. Según parece, estas tropas están destinadas a una excursión hacia las regiones meridionales de Francia: se dice que marcharán sobre Belfort, Besançon y Lyon. Ahora bien, cada una de estas tres fortalezas es un gran campamento atrincherado, con fuertes destacados a una distancia considerable del recinto principal; y un asedio, o incluso un bloqueo serio, de los tres a la vez exigiría más fuerzas de las que dispone este ejército. Damos, pues, por sentado que esta afirmación no es más que un engaño, y que el nuevo ejército alemán no se preocupará por esas fortalezas más de lo estrictamente necesario; que marchará hacia el valle del Saona, la parte más rica de Borgoña, para devorarlo, y avanzará luego hacia el Loira, a fin de abrir comunicaciones con el ejército que rodea París y ser empleado según las circunstancias. Pero incluso este fuerte cuerpo de tropas, mientras carezca de comunicaciones directas con el ejército que está ante París, de modo que pueda prescindir de comunicaciones directas e independientes con el Rin, incluso este fuerte cuerpo de tropas no es más que una mera incursión, incapaz de mantener sometido un territorio extenso. Así, sus operaciones durante las próximas dos semanas no aumentarán el dominio efectivo que los alemanes ejercen sobre el suelo francés, que sigue limitado a apenas una octava parte de la extensión total de Francia; y, sin embargo, Francia, aunque no quiera reconocerlo, está virtualmente conquistada. ¿Cómo es esto posible?

La causa principal es la excesiva centralización de toda la administración en Francia, y especialmente de la administración militar. Hasta hace muy poco tiempo, Francia estaba dividida, a efectos militares, en veintitrés distritos, cada uno de los cuales contenía, en lo posible, las guarniciones que componían una división de infantería, junto con caballería y artillería. Entre los comandantes de estas divisiones y el Ministerio de la Guerra no existía ningún eslabón intermedio. Además, estas divisiones eran meramente administrativas, no organizaciones militares. No se esperaba que los regimientos que las componían formaran brigadas en la guerra; en tiempo de paz estaban simplemente bajo el control disciplinario del mismo general. Tan pronto como una guerra era inminente, podían ser enviados a cuerpos de ejército, divisiones o brigadas completamente distintos. En cuanto a un estado mayor de división distinto del administrativo, o vinculado personalmente al general al mando, tal cosa no existía. Bajo Luis Napoleón, estas veintitrés divisiones se agruparon en seis cuerpos de ejército, cada uno bajo un mariscal de Francia. Pero estos cuerpos de ejército no eran organizaciones permanentes para la guerra en mayor medida que las divisiones. Estaban organizados con fines políticos, no militares. Carecían de un estado mayor regular. Eran exactamente lo contrario de los cuerpos de ejército prusianos, cada uno de los cuales está organizado de manera permanente para la guerra, con su cupo de infantería, caballería, artillería e ingenieros, y con su estado mayor militar, médico, judicial y administrativo dispuesto para una campaña. En Francia, la parte administrativa del ejército (Intendencia y demás) recibía sus órdenes, no del mariscal o general al mando, sino directamente de París. Si en esas circunstancias París queda paralizada, si se cortan las comunicaciones con ella, no queda en las provincias ningún núcleo de organización; quedan igualmente paralizadas, y aún más, en la medida en que la secular dependencia de las provincias respecto a París y su iniciativa se ha convertido, por la larga costumbre, en parte integrante de la fe nacional, rebelarse contra la cual no es sólo un crimen, sino un sacrilegio.

Junto a esta causa principal hay, sin embargo, otra, secundaria pero apenas menos importante en este caso; y es que, a consecuencia del desarrollo histórico interno de Francia, su centro se halla en una peligrosa proximidad a su frontera nororiental. Esto era así en una medida mucho mayor hace trescientos años. Entonces París estaba situada en un extremo del país. Cubrir París mediante una mayor extensión de territorio conquistado hacia el este y el nordeste fue el objetivo de la serie casi ininterrumpida de guerras contra Alemania y España, mientras esta última poseyó Bélgica. Desde la época en que Enrique II se apoderó de los tres obispados de Metz, Toul y Verdún (1552) hasta la Revolución, Artois, partes de Flandes y Hainaut, Lorena, Alsacia y Montbéliard fueron conquistados de este modo y anexionados a Francia para servir de amortiguadores que recibieran el primer choque de la invasión contra París. Debemos admitir que casi todas estas provincias estaban predestinadas por la raza, la lengua y las costumbres a convertirse en parte integrante de Francia, y que Francia ha sabido —principalmente mediante la revolución de 1789-1798— asimilar plenamente al resto. Pero incluso ahora París está peligrosamente expuesta. De Bayona a Perpiñán, de Antibes a Ginebra, las fronteras terrestres del país se encuentran a gran distancia de París. De Ginebra por Basilea hasta Lauterbourg, en Alsacia, la distancia sigue siendo la misma; forma un arco trazado desde el centro, París, con un mismo radio de 250 millas. Pero en Lauterbourg la frontera abandona el arco y forma una cuerda en su interior, que en un punto se halla a sólo 120 millas de París. «Là où le Rhin nous quitte, le danger commence», dijo Lavallée en su obra chauvinista sobre las fronteras de Francia. Pero si continuamos el arco desde Lauterbourg en dirección norte, hallaremos que sigue casi exactamente el curso del Rin hasta el mar. He aquí, pues, la verdadera causa de la clamorosa reivindicación francesa de toda la margen izquierda de ese Rin. Sólo tras la adquisición de esa frontera quedaría París cubierta, en su lado más expuesto, por fronteras equidistantes, y además con un río por línea limítrofe. Y si la seguridad militar de París fuera el principio rector de la política europea, Francia tendría ciertamente derecho a esa frontera. Afortunadamente, no es ése el caso; y si Francia elige tener a París por capital, debe resignarse tanto a los inconvenientes inherentes a París como a sus ventajas, uno de cuyos inconvenientes es que la ocupación de una pequeña porción de Francia, incluida París, paralizará su acción nacional. Pero si esto es así; si Francia no adquiere ningún derecho al Rin por el accidente de tener su capital en una situación expuesta, Alemania debería recordar que consideraciones militares de índole semejante no le otorgan a ella mejor derecho sobre territorio francés.