Notes on the War. Engels 1870-71.

XIX

Las fortificaciones de París ya han demostrado su valor. Solo a ellas se debe que los alemanes no lleven más de una semana en posesión de la ciudad. En 1814, medio día de combate en torno a las alturas de Montmartre obligó a la ciudad a capitular. En 1815, una línea de obras de tierra, levantada desde el comienzo de la campaña, provocó cierta demora; pero su resistencia habría sido muy breve de no haber mediado la absoluta certeza, por parte de los aliados, de que la ciudad les sería entregada sin lucha. En esta guerra, cualesquiera que hayan sido las expectativas que los alemanes pudieran haber puesto en la diplomacia, no se ha permitido que estas interfirieran en su acción militar. Y esa misma acción militar, breve, enérgica y decisiva hasta mediados de septiembre, se tornó lenta, vacilante, tatonnante desde el día en que las columnas alemanas entraron en la esfera de operaciones de ese inmenso campo atrincherado que es París. Y así tenía que ser. El mero cerco de un lugar tan vasto exige tiempo y cautela, aun cuando se lo aborde con 200.000 o 250.000 hombres. Una fuerza tan numerosa apenas bastará para cercarlo convenientemente por todos los lados, aunque, como ocurre en este caso, la ciudad no contenga un ejército en condiciones de salir a campaña y librar batallas campales. Que en París no existe semejante ejército lo ha demostrado de manera concluyente el penoso resultado de la salida del general Ducrot en las cercanías de Meudon. Allí las tropas de línea se comportaron positivamente peor que la Guardia Móvil; realmente «huyeron a la desbandada», con los renombrados zuavos abriendo la marcha. La cosa se explica fácilmente. Los viejos soldados — en su mayor parte hombres de los cuerpos de MacMahon, De Failly y Félix Douay, que habían combatido en Wörth— estaban completamente desmoralizados por dos retiradas desastrosas y seis semanas de constantes reveses; y es natural que tales causas se hagan sentir con la mayor dureza sobre los mercenarios, pues los zuavos, compuestos en su mayoría por sustitutos, no merecen otro nombre. Y éstos eran los hombres de quienes se esperaba que diesen firmeza a los reclutas bisoños con los que se habían completado los batallones mermados de la línea. Después de este lance podrá haber pequeñas incursiones, aquí y allá con éxito, pero difícilmente volverá a librarse batalla alguna a campo abierto.

Otro punto: los alemanes afirman que sus cañones, emplazados en las alturas cercanas a Sceaux, dominan París; pero esta aseveración ha de tomarse con un considerable grano de sal. Las alturas más próximas en las que pueden haber emplazado baterías, por encima de Fontenay-aux-Roses, a unos 1.500 metros del fuerte de Vanves, distan bien 8.000 metros —u 8.700 yardas— del centro de la ciudad. Los alemanes no poseen artillería de campaña más pesada que el llamado cañón rayado de 6 libras (peso del proyectil, unas 15 libras); pero, aun cuando tuviesen listos cañones rayados de 12 libras, con proyectiles de 32 libras, el alcance máximo de estas piezas, con los ángulos de elevación que permiten sus armones, no rebasaría los 4.500 o 5.000 metros. Así que esta jactancia no debe alarmar a los parisinos. Mientras no se tomen otros dos fuertes, París no tiene por qué temer un bombardeo; e incluso entonces los proyectiles se dispersarían tanto sobre la enorme superficie que los daños serían comparativamente reducidos y el efecto moral casi nulo. ¡Obsérvese la enorme masa de artillería que se ha concentrado sobre Estrasburgo: cuánta más hará falta para reducir París, aun teniendo presente que el ataque regular por paralelas se limitará naturalmente a una pequeña porción de las obras! Y hasta que los alemanes puedan reunir bajo los muros de París toda esa artillería, con municiones y los demás pertrechos, París está seguro. Desde el momento en que el material de sitio esté listo, solo desde ese momento empieza el peligro real.

Vemos ahora con claridad la gran fuerza intrínseca que encierran las fortificaciones de París. Si a esta fuerza pasiva, a esta mera capacidad de resistencia, se le añadiera la fuerza activa, la capacidad ofensiva de un verdadero ejército, el valor de la primera se acrecentaría de inmediato. Mientras que la fuerza sitiadora está inevitablemente dividida, por los ríos Sena y Marne, en al menos tres porciones separadas, que solo pueden comunicarse entre sí mediante puentes construidos a retaguardia de sus posiciones de combate — es decir, por caminos tortuosos y no sin pérdida de tiempo—, la gran masa del ejército en París podría atacar, con fuerzas superiores, a cualquiera de esas tres porciones a elección, infligirle pérdidas, destruir cualesquiera obras iniciadas y retirarse al abrigo de los fuertes antes de que los refuerzos de los sitiadores tuvieran tiempo de acudir. En caso de que este ejército de París no fuese demasiado débil en comparación con las fuerzas sitiadoras, podría hacer imposible el cerco completo de la plaza, o romperlo en cualquier momento. Y lo necesario que es cercar por completo una plaza sitiada mientras no estén del todo descartados los refuerzos exteriores lo ha demostrado el caso de Sebastopol, donde el asedio se prolongó enteramente por la constante llegada de refuerzos rusos a la mitad septentrional de la fortaleza, cuyo acceso solo pudo cortarse en el último momento. Cuanto más se desarrollen los acontecimientos ante París, tanto más evidente resultará el perfecto absurdo de la dirección imperialista de la guerra durante esta contienda, mediante la cual se sacrificaron dos ejércitos y se dejó a París sin su principal arma defensiva: la capacidad de responder al ataque con el ataque.

En lo tocante al aprovisionamiento de una ciudad tan grande, las dificultades nos parecen incluso menores que en el caso de una plaza más pequeña. Una capital como París no solo cuenta con una organización comercial perfecta para abastecerse en todo momento, sino que es al mismo tiempo el principal mercado y almacén adonde afluye y donde se concentra la producción agrícola de un extenso distrito. Un gobierno activo podría fácilmente adoptar medidas para reunir, aprovechando esas facilidades, abundantes reservas para la duración de un asedio medio. Si esto se ha hecho o no, no tenemos manera de juzgarlo; pero no alcanzamos a ver por qué no habría de haberse hecho, y además con rapidez.

De cualquier modo, si la lucha prosigue «hasta el amargo final», como ahora oímos decir que ocurrirá, la resistencia probablemente no será muy larga a partir del día en que se abran las trincheras. La mampostería de las escarpas está bastante expuesta, y la ausencia de medias lunas ante las cortinas favorece el avance del sitiador y la apertura de brechas en los muros. El espacio reducido de los fuertes solo permite un número limitado de defensores; su resistencia a un asalto, a menos que sea secundada por un avance de tropas a través de los intervalos entre los fuertes, no puede ser seria. Pero si las trincheras logran ser conducidas hasta el glacis de los fuertes sin ser destruidas por las salidas del ejército de París, este mismo hecho demuestra que ese ejército es demasiado débil —en número, organización o moral— para salir con posibilidades de éxito la noche del asalto.

Una vez tomados un par de fuertes, es de esperar que la ciudad desista de una lucha sin esperanza. De lo contrario, habrá que repetir la operación de sitio, abrir un par de brechas e intimar de nuevo a la rendición a la plaza. Y si esta intimación volviese a ser rechazada, entonces podría sobrevenir la lucha igualmente sin posibilidades de éxito en las barricadas. Esperemos que se eviten semejantes sacrificios inútiles.