Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

Cómo batir a los prusianos

Después de la guerra italiana de 1859, cuando el poderío militar francés estaba en su apogeo, el príncipe Federico Carlos de Prusia, el mismo que ahora tiene cercado al ejército de Bazaine en Metz, escribió un folleto titulado «Cómo batir a los franceses». Hoy, cuando la inmensa fuerza militar de Alemania, organizada según el sistema prusiano, lo arrolla todo, la gente empieza a preguntarse quién habrá de batir en el futuro a los prusianos, y cómo. Y en momentos en que una guerra en la que Alemania, al principio, se limitaba a defender lo suyo frente al chauvinismo francés, parece transformarse gradual pero seguramente en una guerra al servicio de un nuevo chauvinismo alemán, vale la pena examinar esa cuestión.

«La Providencia está siempre del lado de los grandes batallones» era una de las máximas favoritas de los Napoleones para explicar cómo se ganaban y se perdían las batallas. Es con arreglo a este principio como ha actuado Prusia. Ella se encargó de tener los «grandes batallones». Cuando en 1807 Napoleón le prohibió tener un ejército de más de 40.000 hombres, dio de baja a sus reclutas al cabo de seis meses de instrucción y puso hombres nuevos en su lugar; y en 1813 pudo llevar al campo de batalla 250.000 soldados con una población de cuatro millones y medio. Más tarde, ese mismo principio de servicio breve en el regimiento y larga obligación de servicio en la reserva se desarrolló más plenamente y, además, se puso en armonía con las necesidades de una monarquía absoluta. Los hombres permanecían de dos a tres años en los regimientos, no sólo para instruirlos bien, sino también para doblegarlos por completo a los hábitos de obediencia incondicional.

Ahora bien, he aquí el punto débil del sistema prusiano. Tiene que conciliar dos objetivos diferentes y, en última instancia, incompatibles. Por un lado, pretende hacer de todo hombre físicamente apto un soldado; tener un ejército permanente cuyo único objeto sea ser una escuela en la que los ciudadanos aprendan el manejo de las armas, y un núcleo en torno al cual se agrupen en caso de ataque desde el exterior. Hasta aquí el sistema es puramente defensivo. Pero, por otro lado, ese mismo ejército ha de ser el apoyo armado, el pilar de un gobierno casi absoluto; y a tal efecto la escuela de armas para los ciudadanos tiene que transformarse en una escuela de obediencia absoluta a los superiores y de sentimientos monárquicos. Esto sólo puede conseguirse mediante un servicio prolongado. Aquí sale a relucir la incompatibilidad. La política defensiva exterior exige la instrucción de muchos hombres durante un período corto, a fin de tener en la reserva grandes contingentes en caso de ataque extranjero; y la política interior exige el sometimiento de un número limitado de hombres durante un período más largo, a fin de contar con un ejército fiable en caso de revuelta interna. La monarquía casi absoluta optó por una vía intermedia. Mantuvo a los hombres tres años completos bajo las armas y limitó el número de reclutas según sus medios financieros. La cacareada obligación universal del servicio militar no existe en realidad. Se convierte en una conscripción que sólo se distingue de la de otros países por ser más opresiva. Cuesta más dinero, sustrae más hombres y prolonga su obligación de ser llamados a filas por un período mucho más largo que en ninguna otra parte. Y, al mismo tiempo, lo que originariamente era un pueblo armado para su propia defensa se convierte ahora en un ejército de ataque, listo y manejable, en un instrumento de la política de gabinete.

En 1861 Prusia tenía una población de algo más de dieciocho millones, y cada año 227.000 jóvenes quedaban sujetos al servicio militar al cumplir los veinte años. De éstos, la plena mitad estaban corporalmente aptos para el servicio —si no en ese momento, sí al menos un par de años después—. Pues bien, en lugar de 114.000 reclutas, no se incorporaban anualmente a filas más de 63.000; de modo que casi la mitad de la población masculina apta quedaba excluida de la instrucción en el manejo de las armas. Quien haya estado en Prusia durante una guerra habrá quedado impresionado por la enorme cantidad de mozos fuertes y lozanos de entre veinte y treinta y dos años que permanecían tranquilamente en casa. El estado de «animación en suspenso» que los corresponsales especiales han advertido en Prusia durante la guerra existe sólo en su imaginación.

Desde 1866, el número de reclutas anuales en la Confederación de la Alemania del Norte no ha excedido de 93.000, sobre una población de 30.000.000. Si se tomase el cupo completo de jóvenes aptos —incluso tras el más riguroso examen médico—, ascendería por lo menos a 170.000. Necesidades dinásticas por un lado, necesidades financieras por el otro, determinaron esta limitación del número de reclutas. El ejército siguió siendo un instrumento manejable para fines absolutistas en el interior, para guerras de gabinete en el exterior; pero en cuanto a la plena fuerza defensiva de la nación, ésta distaba mucho de ser aprovechada.

Con todo, este sistema mantenía una inmensa superioridad sobre el viejo sistema de cuadros de los otros grandes ejércitos continentales. Comparada con ellos, Prusia extraía el doble de soldados del mismo número de población. Y ha conseguido hacer de ellos buenos soldados, gracias a un sistema que agotaba sus recursos y que el pueblo nunca habría soportado de no haber sido por los constantes tanteos de Luis Napoleón en la frontera del Rin y por las aspiraciones a la unidad alemana, de las cuales este ejército se sentía instintivamente el instrumento necesario. Una vez asegurados el Rin y la unidad de Alemania, ese sistema militar tiene que volverse intolerable.

He aquí la respuesta a la pregunta: cómo batir a los prusianos. Si una nación igualmente populosa, igualmente inteligente, igualmente valerosa, igualmente civilizada llevase a la práctica aquello que en Prusia se realiza sólo sobre el papel, hacer de todo ciudadano apto un soldado; si esa nación limitase el tiempo real de servicio en tiempo de paz y para la instrucción a lo verdaderamente necesario para el fin y nada más; si mantuviese la organización para la planta de guerra de manera tan eficaz como Prusia lo ha hecho últimamente —entonces, decimos, esa nación poseería la misma inmensa ventaja sobre la Alemania prusianizada que la Alemania prusianizada ha demostrado poseer sobre Francia en la presente guerra—. Según autoridades prusianas de primer orden (incluido el general von Roon, ministro de la Guerra), dos años de servicio bastan plenamente para convertir a un paleto en un buen soldado. Con el permiso de los martinetes de Su Majestad, nos inclinaríamos incluso a decir que para la masa de los reclutas dieciocho meses —dos veranos y un invierno— serían suficientes. Pero la duración exacta del servicio es una cuestión secundaria. Los prusianos, como hemos visto, obtuvieron excelentes resultados tras seis meses de servicio, y con hombres que acababan de dejar de ser siervos. El punto principal es que el principio de la obligación universal de servir se lleve a la práctica realmente.

Y si la guerra se prolonga hasta ese amargo final que los filisteos alemanes reclaman ahora a gritos, el desmembramiento de Francia, podemos estar seguros de que los franceses adoptarán ese principio. Hasta ahora han sido una nación guerrera, pero no militar. Han odiado el servicio en ese ejército suyo basado en el sistema de cuadros, con servicio largo y pocas reservas instruidas. Estarán muy dispuestos a servir en un ejército con servicio breve y larga obligación en la reserva, y harán más aún si eso les permite borrar la afrenta y restaurar la integridad de Francia. Y entonces los «grandes batallones» estarán del lado de Francia, y el efecto que produzcan será el mismo que en esta guerra, a menos que Alemania adopte el mismo sistema. Pero habrá una diferencia. Así como el sistema prusiano de la Landwehr representó un progreso respecto al sistema francés de cuadros, porque redujo el tiempo de servicio y aumentó el número de hombres capaces de defender su país, del mismo modo este nuevo sistema de obligación de servir realmente universal será un avance sobre el sistema prusiano. Los armamentos para la guerra se volverán más colosales, pero los ejércitos de paz se reducirán; los ciudadanos de un país tendrán que dirimir en persona, y ya no por sustituto, las querellas de sus gobernantes; la defensa se hará más fuerte y el ataque más difícil; y la extensión misma de los ejércitos acabará por convertirse en una reducción de los gastos y una garantía de la paz.