Apuntes sobre la guerra. Engels 1870-71.

XVIII

Todavía parece reinar grandes equívocos en lo tocante a las operaciones de sitio que se desarrollan actualmente en Francia. Algunos de nuestros coetáneos, por ejemplo The Times, se inclinan a pensar que los alemanes, aunque excelentes en campo abierto, no saben conducir un sitio; otros suponen que el sitio de Estrasburgo se lleva a cabo no tanto para apoderarse de la plaza como para hacer experimentos y ejercitar a sus ingenieros y artilleros. Y todo ello porque ni Estrasburgo, ni Toul, ni Metz, ni Phalsbourg se han rendido aún. Parece olvidarse por completo que el último sitio llevado a cabo antes de esta guerra, el de Sebastopol, requirió once meses de trinchera abierta antes de que la plaza fuese reducida.

Para rectificar tan crudas nociones, que no podrían exponerse sino por personas desconocedoras de las cuestiones militares, será preciso recordarles en qué consiste realmente un sitio. La muralla de la mayoría de las fortalezas es abaluartada —es decir, tiene en sus ángulos proyecciones pentagonales llamadas baluartes, que protegen con su fuego tanto el espacio frente a las obras como el foso que corre a sus pies. En este foso, entre cada dos baluartes, hay una obra triangular aislada llamada medialuna, que cubre parte de los baluartes y la cortina —esto es, la porción de muralla situada entre ellos—; el foso se prolonga alrededor de esta medialuna. Al exterior de este foso principal se halla el camino cubierto, un ancho camino protegido por el borde del glacis, una elevación del terreno de unos siete pies de altura que desciende suavemente hacia el exterior. En muchos casos se añaden otras obras para complicar las dificultades del ataque. Los muros de todas estas obras van revestidos en su base de sillería o protegidos por el agua de los fosos, de manera que resulte imposible un asalto a las obras intactas; y las obras están dispuestas de tal modo que las exteriores quedan siempre dominadas —es decir, batidas desde arriba— por las interiores, mientras que ellas mismas dominan el campo gracias a la altura de sus parapetos.

Para atacar una fortaleza semejante, el método perfeccionado por Vauban sigue siendo el empleado, aunque la artillería rayada de los sitiados puede obligar a variaciones si el terreno frente a la fortaleza es perfectamente llano hasta una gran distancia. Pero como casi todas estas fortalezas fueron construidas bajo el reinado de la artillería de ánima lisa, el terreno más allá de 800 yardas de las obras queda por lo general fuera de cálculo, y en casi todo caso proporcionará a los sitiadores un acceso cubierto hasta esa distancia sin trincheras regulares. Lo primero, entonces, es investir la plaza, rechazar sus puestos avanzados y destacamentos, reconocer las obras, llevar al frente los cañones de sitio, municiones y demás pertrechos, y organizar los depósitos. En la presente guerra, un primer bombardeo con cañones de campaña también perteneció a este período preliminar, que puede durar bastante tiempo. Estrasburgo fue flojamente investida el 10 de agosto, estrechamente hacia el 20, bombardeada del 23 al 28, y sin embargo el sitio regular no comenzó hasta el 29. Este sitio regular data de la apertura de la primera paralela, una trinchera con la tierra levantada del lado de la fortaleza, de modo que oculte y proteja a los hombres que pasan por ella. Esta primera paralela rodea generalmente las obras a una distancia de 600 a 700 yardas. En ella se establecen las baterías enfilantes; se emplazan en la prolongación de todas las caras —esto es, de aquellas líneas de muralla cuyo fuego domina el campo—; y esto se hace sobre toda la parte de la fortaleza sometida al ataque. Su objetivo es disparar a lo largo de esas caras, y destruir así los cañones y matar a los artilleros colocados en ellas. Tiene que haber cuando menos veinte baterías de éstas, con dos o tres cañones cada una; digamos cincuenta piezas pesadas en total. También solía colocarse en la primera paralela determinado número de morteros para bombardear la ciudad o los almacenes a prueba de bomba de la guarnición; con nuestra actual artillería harán falta sólo para esto último, bastando hoy los cañones rayados para lo primero.

Desde la primera paralela, las trincheras se empujan hacia adelante en líneas cuya prolongación no toca las obras de la fortaleza, de manera que ninguna de las obras pueda enfilarlas; avanzan en zigzag hasta que llegan a unas 350 yardas de las obras, donde se traza entonces la segunda paralela —una trinchera semejante a la primera, pero de menor longitud—. Esto se hace generalmente la cuarta o quinta noche tras la apertura de las trincheras. En la segunda paralela se establecen las contrabaterías, una frente a cada una de las caras atacadas y casi paralela a ellas; su misión es desmontar frente a frente los cañones y murallas, y cruzar su fuego con el de las baterías enfilantes. Contendrán en total unos sesenta cañones de grueso calibre. Luego, de nuevo, los sitiadores avanzan mediante nuevos zigzags, que se vuelven más cortos y más juntos entre sí a medida que se acercan a la fortaleza. A unas 150 yardas de las obras se excava la semi-paralela para baterías de mortero, y a los pies del glacis, a unas sesenta yardas de las obras, se emplaza la tercera paralela, la cual contiene a su vez baterías de morteros. Esto puede quedar terminado en la novena o décima noche de trinchera abierta.

En esta proximidad a las obras empieza la verdadera dificultad. El fuego de la artillería de los sitiados, en cuanto domina el terreno descubierto, habrá quedado por entonces casi completamente apagado, pero la fusilería desde las murallas es ahora más eficaz que nunca y retrasará mucho los trabajos en las trincheras. A partir de aquí, los accesos tienen que hacerse con mucha mayor cautela y conforme a un plan distinto, que no podemos explicar aquí en detalle. La undécima noche puede llevar al sitiador a los ángulos salientes del camino cubierto, frente a los puntos salientes de los baluartes y medialunas; y hacia la decimosexta noche puede haber completado la coronación del glacis —es decir, habrá prolongado sus trincheras tras la cresta del glacis, paralelas al camino cubierto—. Sólo entonces estará en posición de establecer baterías para romper la sillería de las murallas, a fin de abrir un paso a través del foso hacia la fortaleza, y para acallar los cañones de los flancos de los baluartes, que baten a lo largo del foso e impiden cruzarlo. Estos flancos y sus cañones pueden ser destruidos y la brecha abierta en el decimoséptimo día. A la noche siguiente pueden quedar ultimados el descenso al foso y un camino cubierto a través de él para proteger a la columna de asalto contra el fuego de flanco, y darse el asalto.

Hemos intentado en este esbozo dar cuenta del curso de las operaciones de sitio contra una de las clases más débiles y simples de fortaleza (un hexágono de Vauban), y fijar el tiempo necesario para las distintas fases del sitio —si no es perturbado por salidas afortunadas—, en el supuesto de que la defensa no despliegue una actividad, valor o recursos extraordinarios. Sin embargo, aun en estas circunstancias favorables, vemos que harán falta al menos diecisiete días antes de que las murallas principales puedan ser abiertas por brecha, y con ello la plaza expuesta a un asalto. Si la guarnición es bastante numerosa y está bien abastecida, no hay razón militar alguna para que se rinda antes; desde un punto de vista meramente militar, su deber es justamente mantenerse firme al menos ese tiempo. ¡Y luego la gente se queja de que Estrasburgo, que no ha soportado más que catorce días de trinchera abierta, y que posee obras exteriores en el frente de ataque que le permiten resistir por lo menos cinco días más de lo normal —que Estrasburgo no haya sido tomada aún. Se quejan de que Metz, Toul, Phalsbourg no se hayan rendido todavía. Pero ni siquiera sabemos si se ha abierto una sola trinchera contra Toul, y de las otras fortalezas sabemos que hasta ahora no están ni mucho menos sitiadas regularmente. En cuanto a Metz, no parece haber por el momento intención de sitiarla regularmente; matar de hambre al ejército de Bazaine parece el modo más eficaz de tomarla. Estos escritores impacientes deberían saber que son muy pocos los comandantes de fortalezas que se rendirán a una patrulla de cuatro lanceros, o incluso a un bombardeo, si tienen algo que se parezca a guarniciones y pertrechos suficientes a su mando. Si Stettin se rindió en 1807 a un regimiento de caballería, si las fortalezas fronterizas francesas capitularon en 1815 bajo el efecto, o incluso el temor, de un breve bombardeo, no debemos olvidar que Wörth y Spicheren juntos no equivalieron ni a una Jena ni a un Waterloo; y, además, sería desatinado dudar de que en el ejército francés existe buen número de oficiales capaces de sostener un sitio regular aun con una guarnición de Gardes Mobiles.

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