Karl Marx: La guerra civil en Francia

La segunda alocución[2]

9 de septiembre de 1870

[Ocupación prusiana de Francia]

En nuestro primer manifiesto del 23 de julio decíamos:

«El toque de difuntos del Segundo Imperio ha sonado ya en París. Terminará, como empezó, con una parodia. Pero no olvidemos que son los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la feroz farsa del Imperio Restaurado.»

Así, ya antes de que comenzaran realmente las operaciones militares, tratábamos la burbuja bonapartista como cosa del pasado.

Si en cuanto a la vitalidad del Segundo Imperio no nos equivocábamos, tampoco nos equivocamos en el temor de que la guerra alemana «perdiera su carácter estrictamente defensivo y degenerara en una guerra contra el pueblo francés». La guerra defensiva terminó, de hecho, con la rendición de Luis Bonaparte, la capitulación de Sedán y la proclamación de la república en París. Pero mucho antes de estos acontecimientos, en el mismo instante en que la absoluta podredumbre de las armas imperialistas se hizo evidente, la camarilla militar prusiana se había decidido por la conquista. Un obstáculo desagradable se interponía en su camino: las proclamas del rey [prusiano] Guillermo al comenzar la guerra.

En un discurso del trono ante la Dieta de la Alemania del Norte, había declarado solemnemente hacer la guerra al emperador de los franceses y no a la nación francesa, diciendo:

«Habiendo emprendido el emperador Napoleón, por tierra y por mar, un ataque contra la nación alemana, que deseaba y sigue deseando vivir en paz con el pueblo francés, he asumido el mando de los ejércitos alemanes para rechazar su agresión, y me he visto llevado por los acontecimientos militares a cruzar las fronteras de Francia.»

No contento con afirmar el carácter defensivo de la guerra declarando que sólo asumía el mando de los ejércitos alemanes «para rechazar la agresión», añadía que únicamente se había visto «llevado por los acontecimientos militares» a cruzar las fronteras de Francia. Una guerra defensiva no excluye, por supuesto, las operaciones ofensivas dictadas por los acontecimientos militares.

Así, el piadoso rey quedaba comprometido ante Francia y el mundo a una guerra estrictamente defensiva. ¿Cómo liberarle de su solemne promesa? Los escenificadores tuvieron que presentarlo como cediendo a regañadientes al mandato irresistible de la nación alemana. Inmediatamente dieron la señal a la clase media liberal alemana, con sus profesores, sus capitalistas, sus concejales y sus plumíferos. Esa clase media que, en sus luchas por la libertad civil, desde 1846 hasta 1870, había estado dando un espectáculo sin parangón de irresolución, incapacidad y cobardía, se sintió, por supuesto, sumamente encantada de pavonearse en la escena europea como el león rugiente del patriotismo alemán. Reivindicó su independencia cívica aparentando forzar sobre el gobierno prusiano los designios secretos de ese mismo gobierno. Hace penitencia por su fe prolongada, y casi religiosa, en la infalibilidad de Luis Bonaparte, clamando por el desmembramiento de la república francesa. ¡Escuchemos por un momento los alegatos especiales de esos esforzados patriotas!

No se atreven a pretender que el pueblo de Alsacia y Lorena anhele el abrazo alemán; todo lo contrario. Para castigar su patriotismo francés, Estrasburgo, ciudad con una ciudadela independiente que la domina, ha sido bombardeada durante seis días, de manera desenfrenada y demoníaca, con granadas explosivas «alemanas», incendiándola y matando a gran número de sus indefensos habitantes. Sin embargo, el suelo de aquellas provincias perteneció en otros tiempos al antiguo imperio alemán.[A] De ahí que, al parecer, el suelo y los seres humanos que en él crecen deban ser confiscados como propiedad alemana imprescriptible. Si se va a rehacer el mapa de Europa a la manera de los anticuarios, no olvidemos en modo alguno que el Elector de Brandeburgo, en lo que respecta a sus dominios prusianos, era vasallo de la república polaca.[B]

Los patriotas más avezados, sin embargo, exigen Alsacia y la Lorena germanoparlante como «garantía material» contra la agresión francesa. Como esta alegación despreciable ha desconcertado a muchas personas de espíritu débil, estamos obligados a abordarla más detenidamente.

No cabe duda de que la configuración general de Alsacia, comparada con la orilla opuesta del Rin, y la presencia de una gran ciudad fortificada como Estrasburgo, aproximadamente a medio camino entre Basilea y Germersheim, favorecen en gran medida una invasión francesa del sur de Alemania, a la vez que oponen dificultades particulares a una invasión de Francia desde el sur de Alemania. Tampoco cabe duda de que la anexión de Alsacia y la Lorena germanoparlante daría al sur de Alemania una frontera mucho más fuerte, por cuanto sería entonces dueña de la cresta de los Vosgos en toda su longitud y de las fortalezas que cubren sus pasos septentrionales. Si también se anexionara Metz, Francia quedaría ciertamente, por el momento, privada de sus dos principales bases de operaciones contra Alemania, pero ello no le impediría concentrar una nueva en Nancy o Verdún. Mientras Alemania posee Coblenza, Maguncia [es decir, Mainz], Germersheim, Rastatt y Ulm, todas ellas bases de operaciones contra Francia, y profusamente utilizadas en esta guerra, ¿con qué apariencia de juego limpio puede regatearle a Francia Estrasburgo y Metz, las únicas dos fortalezas de cierta importancia que tiene en ese lado? Por lo demás, Estrasburgo sólo pone en peligro al sur de Alemania mientras éste sea una potencia separada del norte. Desde 1792 hasta 1795, el sur de Alemania nunca fue invadido desde esa dirección, porque Prusia era parte en la guerra contra la Revolución francesa; pero tan pronto como Prusia firmó una paz por separado[C] en 1795, dejando al sur que se valiera por sí mismo, comenzaron las invasiones del sur de Alemania con Estrasburgo como base y continuaron hasta 1809. El hecho es que una Alemania unida puede hacer siempre inocuos Estrasburgo y cualquier ejército francés en Alsacia concentrando todas sus tropas, como se hizo en la presente guerra, entre Saarlouis y Landau, y avanzando, o aceptando batalla, sobre la línea de carretera entre Maguncia y Metz. Mientras la masa de las tropas alemanas se halle estacionada allí, cualquier ejército francés que avance desde Estrasburgo hacia el sur de Alemania sería flanqueado y vería amenazadas sus comunicaciones. Si algo ha demostrado la presente campaña, es la facilidad de invadir Francia desde Alemania.

Pero, hablando con franqueza, ¿no es un completo absurdo y un anacronismo hacer de las consideraciones militares el principio por el que deban fijarse las fronteras de las naciones? Si prevaleciera esta regla, Austria aún tendría derecho a Venecia y a la línea del Mincio, y Francia a la línea del Rin, para proteger París, que está ciertamente más expuesta a un ataque desde el noreste que Berlín desde el suroeste. Si las fronteras han de fijarse por intereses militares, las reivindicaciones no tendrán fin, porque toda línea militar es necesariamente defectuosa y puede mejorarse anexionando algún territorio más periférico; y, además, nunca pueden fijarse de manera definitiva y justa, porque siempre tienen que ser impuestas por el conquistador al conquistado y, en consecuencia, llevan en sí el germen de nuevas guerras.

Tal es la lección de toda la historia.

Lo mismo ocurre con las naciones que con los individuos. Para privarles del poder de ofender, hay que privarles de los medios de defensa. No basta con agarrotar; hay que asesinar. Si todo conquistador se tomara «garantías materiales» para romper los tendones de una nación, el primer Napoleón lo hizo mediante el Tratado de Tilsit, y por la manera en que lo ejecutó contra Prusia y el resto de Alemania. Sin embargo, pocos años después, su gigantesco poder se partió como una caña podrida ante el pueblo alemán. ¿Qué son las «garantías materiales» que Prusia, en sus sueños más descabellados, puede u osa imponer a Francia, comparadas con las «garantías materiales» que el primer Napoleón le había arrancado a ella misma? El resultado no será menos desastroso. ¡La historia medirá su retribución, no por la extensión de las millas cuadradas conquistadas a Francia, sino por la intensidad del crimen de revivir, en la segunda mitad del siglo XIX, la política de conquista!

Pero, dicen los portavoces del patriotismo teutónico [alemán], no se debe confundir a los alemanes con los franceses. Lo que queremos no es gloria, sino seguridad. Los alemanes son un pueblo esencialmente pacífico. Bajo su sobria tutela, la conquista misma se transforma de condición de una guerra futura en prenda de paz perpetua. Por supuesto, no fueron alemanes quienes invadieron Francia en 1792 con el sublime propósito de pasar a bayoneta la revolución del siglo XVIII. No son alemanes quienes se mancillaron las manos con el sometimiento de Italia, la opresión de Hungría y el desmembramiento de Polonia. Su actual sistema militar, que divide a toda la población masculina apta en dos partes —un ejército permanente en servicio activo y otro ejército permanente en licencia, ambos igualmente obligados a una obediencia pasiva a gobernantes por derecho divino—, semejante sistema militar es, desde luego, una «garantía material» para mantener la paz y ¡la meta última de las tendencias civilizadoras! En Alemania, como en todas partes, los sicofantes de los poderes establecidos envenenan la mente popular con el incienso de la mendaz autoalabanza.

Tan indignados como fingen estar ante la vista de las fortalezas francesas en Metz y Estrasburgo, esos patriotas alemanes no ven ningún mal en el vasto sistema de fortificaciones moscovitas en Varsovia, Modlin e Ivangorod [todas plazas fuertes del Imperio ruso]. Mientras se regodean ante los terrores de la invasión imperialista, cierran los ojos ante la infamia de la tutela autocrática.

Como en 1865, se intercambiaron promesas entre Gorchakov y Bismarck. Así como Luis Bonaparte se halagó con la idea de que la guerra de 1866, que resultó en el agotamiento común de Austria y Prusia, le convertiría en el árbitro supremo de Alemania, Alejandro [II de Rusia] se halagó con la idea de que la guerra de 1870, que resultaría en el agotamiento común de Alemania y Francia, le convertiría en el árbitro supremo del continente occidental. Así como el Segundo Imperio consideraba que la Confederación de la Alemania del Norte era incompatible con su existencia, la Rusia autocrática debe pensar que un imperio alemán bajo dirección prusiana pone en peligro la suya. Tal es la ley del viejo sistema político. Dentro de sus límites, la ganancia de un Estado es la pérdida del otro. La influencia preponderante del zar sobre Europa se arraiga en su tradicional dominio sobre Alemania. En un momento en que en la propia Rusia agentes sociales volcánicos amenazan con sacudir la base misma de la autocracia, ¿podría el zar permitirse soportar semejante pérdida de prestigio exterior? Ya los periódicos moscovitas repiten el lenguaje de los periódicos bonapartistas de la guerra de 1866. ¿Creen realmente los patriotas teutones que la libertad y la paz quedarán garantizadas para Alemania obligando a Francia a arrojarse en brazos de Rusia? Si la fortuna de sus armas, la arrogancia del éxito y la intriga dinástica llevan a Alemania a un desmembramiento del territorio francés, entonces sólo le quedarán abiertos dos caminos. Tendrá que convertirse a todo riesgo en el instrumento declarado del engrandecimiento ruso o, tras un breve respiro, prepararse de nuevo para otra guerra «defensiva», no una de esas guerras «localizadas» de nuevo cuño, sino una guerra de razas —una guerra contra las razas eslava y latina.[D]

La clase obrera alemana ha apoyado resueltamente la guerra, que no estaba en su poder impedir, como una guerra por la independencia alemana y la liberación de Francia y Europa de esa pesadilla pestilente, el Segundo Imperio. Fueron los obreros alemanes quienes, junto con los trabajadores rurales, suministraron los tendones y los músculos de las heroicas huestes, dejando atrás a sus familias medio muertas de hambre. Diezmados por las batallas en el extranjero, serán diezmados una vez más por la miseria en casa. A su vez, se presentan ahora para pedir "garantías": garantías de que sus inmensos sacrificios no han sido comprados en vano, de que han conquistado la libertad, de que la victoria sobre los ejércitos imperialistas no se convertirá, como en 1815, en la derrota del pueblo alemán[E]; y, como primera de estas garantías, reclaman una paz honorable para Francia y el reconocimiento de la república francesa.

El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán publicó, el 5 de septiembre, un manifiesto en el que insistía enérgicamente en estas garantías.

«Nosotros —dicen— protestamos contra la anexión de Alsacia y Lorena. Y somos conscientes de hablar en nombre de la clase obrera alemana. En interés común de Francia y Alemania, en interés de la civilización occidental contra la barbarie oriental, los obreros alemanes no tolerarán pacientemente la anexión de Alsacia y Lorena... ¡Permaneceremos fielmente al lado de nuestros compañeros de trabajo en todos los países por la causa internacional común del proletariado!»

Por desgracia, no podemos sentirnos optimistas sobre su éxito inmediato. Si los obreros franceses en medio de la paz no lograron detener al agresor, ¿es más probable que los obreros alemanes detengan al vencedor en medio del clamor de las armas? El manifiesto de los obreros alemanes exige la extradición de Luis Bonaparte como criminal común a la república francesa. Sus gobernantes, por el contrario, ya se esfuerzan por restaurarlo en las Tullerías[F] como el mejor hombre para arruinar Francia. Sea como fuere, la historia demostrará que la clase obrera alemana no está hecha de la misma pasta maleable que la clase media alemana. Cumplirán con su deber.

Como ellos, saludamos el advenimiento de la república en Francia, pero al mismo tiempo nos embargan recelos que esperamos resulten infundados. Esa república no ha subvertido el trono, sino que se ha limitado a ocupar su puesto, que había quedado vacante. Ha sido proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Está en manos de un Gobierno Provisional compuesto en parte por notorios orleanistas, en parte por republicanos de clase media, en algunos de los cuales la insurrección de junio de 1848 ha dejado su estigma indeleble. La división del trabajo entre los miembros de ese gobierno parece extraña. Los orleanistas se han apoderado de las fortalezas del ejército y la policía, mientras que a los republicanos profesos les han correspondido los departamentos de la palabra. Algunos de sus actos demuestran sobradamente que han heredado del imperio no solo ruinas, sino también su pavor a la clase obrera. Si se prometen, con fraseología salvaje, imposibilidades eventuales en nombre de la república, ¿no es acaso con vistas a preparar el clamor por un gobierno «posible»? ¿No se pretende que la república, por parte de algunos de sus empresarios de clase media, sirva como mero recurso provisional y puente hacia una restauración orleanista?

La clase obrera francesa se mueve, por tanto, bajo circunstancias de extrema dificultad. Cualquier intento de derrocar al nuevo gobierno en la crisis actual, cuando el enemigo está casi llamando a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir con sus deberes como ciudadanos; pero, al mismo tiempo, no deben dejarse llevar por los recuerdos nacionales de 1792, como los campesinos franceses se dejaron engañar por los recuerdos nacionales del Primer Imperio. No tienen que recapitular el pasado, sino construir el porvenir. Que aprovechen con calma y resolución las oportunidades de la libertad republicana para la obra de su propia organización de clase. Esta les otorgará nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y nuestra tarea común: la emancipación del trabajo. De sus energías y sabiduría depende el destino de la república.

Los obreros ingleses ya han tomado medidas para vencer, mediante una sana presión desde fuera, la renuencia de su gobierno a reconocer la república francesa.[G] La actual dilación del gobierno británico está probablemente destinada a expiar la guerra antijacobina [1792] y la antigua prisa indecorosa por sancionar el golpe de Estado.[H] Los obreros ingleses instan también a su gobierno a que se oponga con todo su poder al desmembramiento de Francia, que una parte de la prensa inglesa clama con suficiente desvergüenza. Es la misma prensa que durante 20 años deificó a Luis Bonaparte como la providencia de Europa, que jaleó frenéticamente la rebelión de los esclavistas.[I] Ahora, como entonces, trabaja como una esclava para el esclavista.

Que las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores en cada país impulsen a las clases obreras a la acción. Si abandonan su deber, si permanecen pasivas, la presente guerra tremenda no será sino la precursora de luchas internacionales aún más mortíferas, y conducirá en cada nación a un nuevo triunfo sobre el obrero por parte de los señores de la espada, de la tierra y del capital.

¡Vive la Republique!

Capítulo 3: [Francia capitula y el gobierno de Thiers]