Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XVII

El tiempo que los ejércitos alemanes tardarán en marchar sobre París y abrir allí una nueva fase de la guerra nos da ocasión para volver la vista hacia lo que ha estado ocurriendo tras el frente de las tropas en campaña, ante las fortalezas.

Dejando de lado Sedán, que quedó incluido como corolario en la capitulación del ejército de MacMahon, los alemanes han tomado cuatro fortalezas —La Petite Pierre y Vitry, sin disparar un tiro; Lichtenberg y Marsal, tras un breve bombardeo. Se han limitado a bloquear Bitche; están sitiando Estrasburgo; han bombardeado, hasta ahora sin resultado, Phalsbourg, Toul, Montmédy; y se proponen iniciar en pocos días los asedios en regla de Toul y Metz.

Con excepción de Metz, que está protegida por fuertes destacados muy por delante de la ciudad, todas las demás fortalezas que han ofrecido resistencia han sido sometidas a bombardeo. Este proceder ha formado parte en todo tiempo de las operaciones de un asedio en regla; en un principio se destinaba principalmente a destruir los almacenes de víveres y municiones de los sitiados, pero desde que se ha hecho costumbre resguardarlos en bóvedas a prueba de bomba construidas al efecto, el bombardeo se ha empleado cada vez más para incendiar y destruir dentro de la fortaleza el mayor número posible de edificios. La destrucción de la propiedad y de los víveres de los habitantes de la plaza se convirtió en un medio de presión sobre ellos y, por su intermedio, sobre la guarnición y el comandante. En los casos en que la guarnición era débil, indisciplinada y desmoralizada, y en que el comandante carecía de energía, un simple bombardeo bastaba a menudo para lograr la rendición de una fortaleza. Así ocurrió especialmente en 1815, después de Waterloo, cuando toda una serie de fortalezas, guarnecidas sobre todo por guardias nacionales, se rindió a un breve bombardeo sin esperar un asedio en regla. Avesnes, Guise, Maubeuge, Landrecies, Marienbourg, Philippeville, etc., cayeron todas después de unas horas y, a lo sumo, de unos días de granadeo. Fue sin duda el recuerdo de estos éxitos, unido al conocimiento de que la mayoría de las plazas fronterizas estaban guarnecidas principalmente por guardias nacionales móviles y sedentarias, lo que indujo a los alemanes a ensayar de nuevo el mismo plan. Por otra parte, la introducción de la artillería rayada, que ha hecho de la granada el proyectil casi exclusivo incluso de la artillería de campaña, permite ahora bombardear una plaza e incendiar sus edificios con los cañones de campaña ordinarios de un cuerpo de ejército, sin esperar, como antaño, la llegada de los morteros y de los pesados obuses de sitio.

Aunque reconocido en la guerra moderna, no ha de olvidarse que el bombardeo de las casas particulares en una fortaleza es siempre una medida muy dura y cruel, a la que no se debería recurrir sin, al menos, una esperanza razonable de forzar la rendición, y sin cierto grado de necesidad. Si se bombardean plazas como Phalsbourg, Lichtenberg y Toul, ello puede justificarse por el hecho de que cierran pasos de montaña y ferrocarriles, cuya posesión inmediata tiene la mayor importancia para el invasor, y cabía razonablemente esperar que el resultado de unos días de granadeo fuera ese. Si dos de esas plazas han resistido hasta ahora, ello redunda tanto más en honor de la guarnición y de los habitantes. Pero en cuanto al bombardeo de Estrasburgo, que precedió al asedio en regla, el caso es completamente distinto.

Estrasburgo, ciudad de más de 80.000 habitantes, rodeada de fortificaciones a la manera anticuada del siglo XVI, fue reforzada por Vauban, quien construyó una ciudadela fuera de la ciudad, más cerca del Rin, y la unió a las murallas de la ciudad mediante las líneas continuas de lo que entonces se llamaba un campamento atrincherado. Como la ciudadela domina la ciudad y es capaz de defenderse por sí sola una vez capitulada la ciudad, el camino más sencillo para tomar ambas sería atacar la ciudadela de inmediato, a fin de no tener que pasar por dos asedios sucesivos; pero, entonces, las obras de la ciudadela son mucho más fuertes y su situación en los terrenos pantanosos bajos cerca del Rin hace mucho más difícil la apertura de trincheras, de modo que las circunstancias pueden, y por lo general lo harán, aconsejar un ataque previo a la ciudad, con cuya caída una ulterior defensa de la ciudadela por sí sola perdería, a los ojos de un comandante débil, gran parte de su objeto, salvo en la medida en que pudiera asegurar mejores condiciones de rendición. Pero, en todo caso, si la ciudad sola es tomada, queda aún por reducir la ciudadela, y un comandante obstinado puede seguir resistiendo y mantener bajo su fuego la ciudad y los establecimientos del sitiador en ella.

En estas circunstancias, ¿de qué podía servir un bombardeo de la ciudad? Si todo hubiera ido bien, los habitantes podrían desmoralizar a la mayor parte de la guarnición y obligar al comandante a abandonar la ciudad y arrojarse, con la élite de sus soldados, de 3.000 a 5.000 hombres, en la ciudadela, para continuar allí la defensa y mantener la ciudad bajo su fuego. Y el carácter del general Uhrich (pues ése, y no Ulrich, es el nombre del valeroso y viejo soldado) era suficientemente conocido como para impedir que nadie supusiera que se dejaría intimidar para rendir tanto la ciudad como la ciudadela por más granadas que se lanzaran contra ellas. Bombardear una plaza que tiene una ciudadela independiente que la domina es de suyo un absurdo y una crueldad inútil. Ciertamente, las granadas perdidas o el lento granadeo de un asedio siempre causarán daños en una ciudad sitiada; pero eso no es nada comparado con la destrucción y el sacrificio de vidas civiles durante un bombardeo regular y sistemático de seis días como el que se ha infligido a la desdichada ciudad.

Los alemanes dicen que deben tomar la ciudad pronto, por razones políticas. Tienen la intención de conservarla al concertar la paz. Si ello es así, el bombardeo, cuya severidad no tiene parangón, fue no sólo un crimen, sino también una torpeza. ¡Excelente manera, en verdad, de granjearse las simpatías de una ciudad condenada a la anexión, incendiándola y matando con granadas explosivas a un gran número de habitantes! ¿Y ha adelantado la rendición en un solo día? No que nosotros podamos ver. Si los alemanes quieren anexionarse la ciudad y quebrar las simpatías francesas de los habitantes, su plan habría sido tomar la ciudad mediante un asedio en regla lo más breve posible, sitiar luego la ciudadela y colocar al comandante ante el dilema de tener que desatender algunos de los medios de defensa de que dispone o de hacer fuego sobre la ciudad.

Tal como están las cosas, las inmensas cantidades de granadas lanzadas sobre Estrasburgo no han hecho superflua la necesidad de un asedio en regla. El 29 de agosto hubo que abrir la primera paralela en el lado noroeste de la fortaleza, cerca de Schiltigheim, a una distancia de 500 a 650 yardas de las obras. El 3 de septiembre se abrió la segunda paralela (algunos corresponsales la llaman por error la tercera) a 330 yardas; el inútil bombardeo ha sido suspendido por orden del rey de Prusia, y puede que hasta el día 17 o 20 no se logre abrir una brecha practicable en las murallas. Pero todos los cálculos en este caso son aventurados. Es el primer ejemplo de un asedio en que se emplean contra la mampostería las granadas de percusión de la moderna artillería rayada. En sus ensayos durante el desmantelamiento de Jülich obtuvieron los prusianos resultados extraordinarios; se abrieron brechas en las obras de mampostería y se demolieron blocaos a grandes distancias, incluso con fuego indirecto (es decir, desde baterías desde las que no se veía el objeto batido); pero esto no pasó de ser un experimento de tiempos de paz, que habrá de confirmarse en la guerra real. Estrasburgo servirá para darnos una idea bastante exacta del efecto de la moderna artillería pesada rayada en las operaciones de sitio, y por esta razón merece que se siga su asedio con interés especial.