Notes on the War. Engels 1870-71.

Las derrotas francesas

Un gran ejército, acorralado, vende cara su vida. Primero hicieron falta tres batallas para enseñar a las tropas de Bazaine que estaban realmente encerradas en Metz, y luego treinta y seis horas de combates desesperados, día y noche, el miércoles y el jueves pasados, para convencerlas —si es que entonces quedaron convencidas— de que no había salida posible a través de las redes en que los prusianos las habían atrapado. Ni siquiera la batalla del martes bastó para obligar a MacMahon a rendirse. Fue preciso librar una nueva batalla —al parecer la mayor y más sangrienta de toda la serie— el jueves, y que él mismo resultara herido, para que se diera cuenta de su verdadera situación. El primer relato de los combates cerca de Beaumont y Carignanc parece haber sido sustancialmente correcto, con la salvedad de que la vía de retirada del cuerpo francés empeñado en Beaumont, que discurría por la orilla izquierda del Mosa hacia Sedan, no fue cortada por completo. Una parte de esas tropas parece haber escapado por la orilla izquierda hacia Sedan —al menos, el jueves hubo de nuevo combates en esa misma orilla. Luego parece haber cierta duda sobre la fecha del combate de Nouart, que el Estado Mayor de Berlín se inclina a pensar que tuvo lugar el lunes. Ello haría concordar mejor, ciertamente, los telegramas alemanes, y, de ser así, el movimiento envolvente que se atribuyó al 5.º Cuerpo francés se vendría igualmente abajo.

El resultado de los combates del martes fue desastroso para los cuerpos franceses empeñados. Más de veinte cañones, once ametralladoras y 7.000 prisioneros constituyen unos resultados casi equivalentes a los de Woerth, pero conseguidos con mucha mayor facilidad y con sacrificios mucho menores. Los franceses fueron rechazados en ambas orillas del Mosa hasta los alrededores inmediatos de Sedan. En la orilla izquierda, su posición después de la batalla parece haber estado delimitada al oeste por el río Bar y el Canal de las Ardenas, que corren ambos por el mismo valle y desembocan en el Mosa a la altura de Villers, entre Sedan y Mézières; al este, por el barranco y el riachuelo que van de Raucourt al Mosa, junto a Remilly. Teniendo así seguros ambos flancos, el grueso de sus fuerzas ocuparía la meseta intermedia, dispuesto a hacer frente a un ataque desde cualquier dirección. En la orilla derecha, el río Chiers, que confluye con el Mosa unas cuatro millas aguas arriba de Sedan, frente a Remilly, debió de ser cruzado por los franceses después de la batalla del martes. Hay tres barrancos paralelos que corren de norte a sur desde la frontera belga; el primero y el segundo hacia el Chiers, el tercero y más grande justo delante de Sedan, hacia el Mosa. En el segundo de ellos, cerca de su punto más alto, se encuentra la aldea de Cernay; en el tercero, más arriba, donde lo cruza la carretera de Bouillon, en Bélgica, Givonne; y más abajo, donde la carretera de Stenay y Montmédy atraviesa el barranco, Bazeilles. Estos tres barrancos, en la batalla del jueves, debieron de constituir otras tantas posiciones defensivas sucesivas para los franceses, quienes naturalmente defenderían la última y más fuerte con la mayor tenacidad. Este sector del campo de batalla se asemeja al de Gravelotte; pero, mientras que allí los barrancos podían ser —y de hecho fueron— flanqueados por la meseta de la que arrancaban, aquí la proximidad de la frontera belga hacía muy arriesgado cualquier intento de flanqueo y casi obligaba a un ataque frontal directo.

Mientras los franceses se establecían en esta posición y concentraban a las tropas que no habían tomado parte en la batalla del martes (entre otros, probablemente el 12.º Cuerpo, incluidos los *Mobiles* de París), los alemanes dispusieron de un día para concentrar su ejército; y cuando atacaron el jueves tenían sobre el terreno la totalidad del Cuarto Ejército (Guardias, 4.º y 12.º Cuerpos) y tres cuerpos (5.º, 11.º y uno bávaro) del Tercero; una fuerza moralmente, si no numéricamente, superior a la de MacMahon. El combate comenzó a las siete y media de la mañana y, a las cuatro y cuarto, cuando telegrafió el rey de Prusia, proseguía aún, ganando los alemanes terreno en todas direcciones. Según los informes belgas, las aldeas de Bazeilles, Remilly, Villers y Cernay estaban en llamas, y la capilla de Givonne se hallaba en poder de los alemanes. Esto indicaría que, en la orilla izquierda del Mosa, las dos aldeas que en caso de retirada apoyaban las alas francesas habían sido tomadas o se habían hecho insostenibles; mientras que, en la orilla derecha, la primera y la segunda líneas de defensa habían sido conquistadas, y la tercera, entre Bazeilles y Givonne, estaba al menos a punto de ser abandonada por los franceses. En estas circunstancias, no cabe duda de que al caer la noche los alemanes serían dueños del campo y los franceses estarían rechazados sobre Sedan. Lo confirman, en efecto, telegramas de Bélgica que anuncian que MacMahon estaba completamente cercado y que miles de soldados franceses estaban cruzando la frontera y siendo desarmados.

En estas circunstancias, a MacMahon solo le quedaban dos alternativas: la capitulación o una arremetida a través de territorio belga. El ejército derrotado, encerrado en Sedan y sus alrededores —esto es, en un territorio que a lo sumo no era mayor de lo que necesitaba para acampar—, no podía de ningún modo sostenerse; y aun cuando hubiera podido mantener abiertas sus comunicaciones con Mézières, situada a unas diez millas al oeste, seguiría estando cercado en una franja de territorio muy estrecha e incapaz de resistir. De modo que MacMahon, incapaz de abrirse paso combatiendo entre las filas enemigas, tenía que pasar a territorio belga o rendirse. Dadas las circunstancias, MacMahon, incapacitado por sus heridas, se vio libre del dolor de una decisión. Correspondió al general De Wimpffen anunciar la rendición del ejército francés. Es difícil que esta conclusión no se haya visto acelerada por la noticia —suponiendo que les llegaran noticias— del rechazo decisivo sufrido por Bazaine en su intento de escapar de Metz. Los alemanes habían previsto su intención y estaban preparados para hacerle frente en todos los puntos. No solo Steinmetz, sino también el príncipe Federico Carlos (según se desprende de los cuerpos mencionados, el 1.º y el 9.º) estaban al acecho, y sólidos atrincheramientos reforzaban aún más la barrera que rodeaba Metz.

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