Notes on the War. Engels 1870-71.

XIV

Los alemanes han sido de nuevo demasiado rápidos para MacMahon. El Cuarto Ejército, bajo el mando del príncipe heredero Alberto de Sajonia, que comprende al menos dos cuerpos de ejército (la Guardia prusiana y el 12.º o Cuerpo Real Sajón), cuando no más, ha avanzado de inmediato hasta el Mosa, asegurándose los pasos en algún punto entre Stenay y Verdun, y ha enviado a su caballería al otro lado. Los desfiladeros de las Argonas están en su poder. El jueves pasado, en St. Ménehould, hicieron 800 prisioneros de las Guardias Móviles, y el sábado, en Buzancy, derrotaron a una brigada de caballería francesa. En su camino, el jueves pasado lanzaron un fuerte reconocimiento contra Verdun, pero, al encontrar la plaza en condiciones de recibirlos, no persistieron en un ataque por la fuerza.

MacMahon, que entretanto había abandonado Reims los días 22 y 23 con un ejército que, según los informes franceses, contaba con 150.000 hombres, bien equipado, bien dotado de artillería, municiones y provisiones, no había llegado, en la tarde del 25, más allá de Rethel, a unas veintitrés millas de Reims. No sabemos a ciencia cierta cuánto tiempo permaneció allí ni cuándo partió. Pero el combate de caballería en Buzancy, situado en el camino de Stenay, a unas veinte millas más adelante, prueba que ni siquiera el sábado había llegado allí su infantería. Esta lentitud de movimientos contrasta vivamente con la actividad de los alemanes. Sin duda, se debe en gran medida a la composición de su ejército, que contiene o bien tropas más o menos desmoralizadas, o bien formaciones nuevas en las que predominan los jóvenes reclutas; algunas de ellas no son más que simples cuerpos de voluntarios con gran número de oficiales no profesionales. Es evidente que este ejército no puede tener ni la disciplina ni la cohesión del antiguo “Ejército del Rin”, y que será casi imposible mover de 120.000 a 150.000 hombres de esta clase con rapidez y orden. Luego están los trenes. Es cierto que la gran masa de los trenes pesados del Ejército del Rin escapó de Metz los días 14 y 15, pero cabe imaginar que no se encontraban en las mejores condiciones; cabe suponer que sus reservas de municiones y el estado de sus caballos no son todo lo deseable que fuera. Y, por último, podemos dar por sentado que la Intendencia francesa no ha mejorado desde el comienzo de la guerra, y que, en consecuencia, el aprovisionamiento de un gran ejército en un país extremadamente pobre no será tarea fácil. Pero aun cuando concedamos un amplio margen a todos estos obstáculos, nos veremos obligados a ver, además, en la dilación de MacMahon un síntoma evidente de indecisión. Su camino más corto para socorrer a Bazaine, una vez desechada la ruta directa por Verdun, era el de Stenay, y en esa dirección se lanzó. Pero antes de pasar de Rethel debía de saber que los alemanes se habían apoderado de los pasos del Mosa y que el flanco derecho de sus columnas en la carretera de Stenay no estaba seguro. Esta rapidez del avance alemán parece haber desbaratado sus planes. Se nos dice que el viernes aún se hallaba en Rethel, donde recibió nuevos refuerzos de París, y que se proponía dirigirse al día siguiente a Mézierès. Como no hemos tenido noticias fehacientes de combates importantes, esto parece muy probable. Ello implicaría un abandono casi completo de su plan de socorrer a Bazaine; pues un movimiento a través de la estrecha franja de territorio francés en la margen derecha del Mosa, entre Mézierès y Stenay, tropezaría con graves dificultades y peligros, ocasionaría nuevas demoras y daría a sus adversarios el tiempo suficiente para envolverlo por todos lados. Porque ya no cabe duda alguna de que se han enviado hacia el norte, con este fin, fuerzas más que suficientes del ejército del Príncipe Heredero. Todo lo que oímos acerca del paradero del Tercer Ejército apunta a un movimiento hacia el norte por las tres grandes rutas más a propósito para ello: Épernay, Reims, Rethel; Châlons, Vouziers; y Bar-le-Duc, Varennes, Grandpré. El hecho de que el combate de Saint Ménehould se telegrafiara desde Bar-le-Duc hace incluso posible que fuera una parte del Tercer Ejército la que derrotó allí a los Guardias Móviles y ocupó la ciudad.

Pero ¿cuál puede ser la intención de MacMahon si se dirige realmente a Mézierès? Dudamos de que él mismo tenga una idea muy clara de lo que se propone hacer. Ahora sabemos que su marcha hacia el norte le fue impuesta, al menos en cierta medida, por la insubordinación de sus hombres, que refunfuñaban por la “retirada” del campamento de Châlons a Reims y exigían con bastante energía que se les condujese contra el enemigo. Entonces se emprendió la marcha para socorrer a Bazaine. Hacia el final de la semana, MacMahon podía estar bastante convencido de que su ejército carecía de la movilidad necesaria para una marcha directa sobre Stenay, y de que era preferible tomar, de momento, el camino más seguro por Mézierès. Esto ciertamente aplazaría, y podría hacer impracticable, el proyectado socorro de Bazaine; pero ¿acaso tuvo MacMahon en algún momento una fe muy decidida en su capacidad para llevarlo a cabo? Lo dudamos. Además, el movimiento hacia Mézierès retrasaría, en todo caso, la marcha del enemigo sobre París, daría a los parisinos más tiempo para completar su defensa, ganaría tiempo para la organización de los ejércitos de reserva tras el Loira y en Lyon; y, en caso necesario, ¿no podría retirarse a lo largo de la frontera norte sobre el triple cinturón de fortalezas e intentar descubrir si entre ellas había algún “cuadrilátero”? Algunas ideas de esta índole, más o menos imprecisas, pueden haber inducido a MacMahon, que ciertamente no parece ser nada de un estratega, a cometer un segundo movimiento falso después de haber caído él mismo en uno primero; y así vemos cómo el último ejército que Francia tiene, y probablemente tendrá, sobre el terreno en esta guerra, marcha deliberadamente hacia su ruina, de la que sólo los más groseros errores del enemigo podrán salvarlo; y ese enemigo no ha cometido todavía ni uno solo.

Decimos el último ejército que probablemente tendrá Francia sobre el terreno en esta guerra. Hay que renunciar a Bazaine, a menos que MacMahon pueda socorrerlo, y eso es más que dudoso. El ejército de MacMahon, en el mejor de los casos, quedará disperso entre las fortalezas de la frontera norte, donde será inofensivo. Los ejércitos de reserva de los que ahora se habla serán levas bisoñas, mezcladas con cierto número de viejos soldados, y dirigidas inevitablemente por oficiales en su mayoría no profesionales; estarán armados con toda clase de armas; carecerán por completo de práctica con los fusiles de retrocarga, lo que equivale a decir que gastarán sus municiones antes de que realmente se necesiten; en una palabra, no estarán en condiciones de combatir a campo abierto, sino que sólo servirán para la defensa de las fortificaciones. Mientras los alemanes no sólo han vuelto a completar sus batallones y escuadrones, sino que siguen enviando división tras división de landwehr a Francia, los cuartos batallones franceses aún no están completos. Sólo sesenta y seis de ellos se han constituido en “régiments de marche” y se han enviado a París o a MacMahon; los treinta y cuatro restantes no estaban listos para emprender la marcha hace unos días. La organización del ejército fracasa por doquier; y una nación noble y gallarda ve ineficaces todos sus esfuerzos de autodefensa, porque ha permitido durante veinte años que sus destinos fueran guiados por un conjunto de aventureros que convirtieron la administración, el gobierno, el ejército, la marina —en realidad, toda Francia— en una fuente de lucro pecuniario para sí mismos.