Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

XII

Los dos hechos más recientes de la guerra son estos: que el Príncipe heredero avanza más allá de Châlons y que MacMahon ha trasladado todo su ejército desde Reims, sin que se sepa exactamente a dónde. Según los informes franceses, MacMahon encuentra que la guerra progresa con demasiada lentitud; para acelerar su decisión se dice que ahora marcha de Reims en auxilio de Bazaine. Esto, en verdad, precipitaría las cosas casi hasta una crisis final.

En nuestra publicación del miércoles calculábamos las fuerzas de MacMahon entre 130.000 y 150.000 hombres, sobre la base de que todas las tropas de París se le habían unido. Estábamos en lo cierto al suponer que en Châlons tenía los restos de sus propias tropas y de las de De Failly; también en que las dos divisiones de Douay estaban en Châlons, a donde, según sabemos ahora, llegaron tras un viaje en ferrocarril que dio un gran rodeo, pasando por París; asimismo, que los infantes de marina y otras partes del cuerpo del Báltico estaban allí. Pero ahora nos enteramos de que todavía hay tropas de línea en los fuertes que rodean París; que una parte de los hombres de MacMahon y de Frossard, sobre todo caballería, han regresado a París para ser reorganizados, y que MacMahon apenas cuenta en el campamento con 80.000 soldados regulares. Podemos, por tanto, rebajar nuestro cálculo en 25.000 hombres por lo menos, y fijar entre 110.000 y 120.000 hombres el máximo de las fuerzas de MacMahon, de los cuales una tercera parte se compondría de reclutas bisoños. Y se dice que con este ejército ha partido para socorrer a Bazaine en Metz.

Ahora bien, el oponente siguiente e inmediato de MacMahon es el ejército del Príncipe heredero. El día 24 ocupaba con sus puestos avanzados el antiguo campamento de Châlons, hecho que nos fue telegrafiado desde Bar-le-Duc. De ello podemos concluir que en esa población se encontraba entonces el cuartel general. El camino más corto de MacMahon hacia Metz pasa por Verdún. De Reims a Verdún, por un camino vecinal casi recto, hay por lo menos setenta millas; por la carretera principal, vía St. Ménehould, son más de ochenta millas. Esta última carretera, además, atraviesa el campamento de Châlons, es decir, las líneas alemanas. De Bar-le-Duc a Verdún la distancia es inferior a cuarenta millas.

De este modo, no solo puede el ejército del Príncipe heredero caer sobre el flanco de la marcha de MacMahon si este utiliza cualquiera de las rutas mencionadas hacia Verdún, sino que puede situarse tras el Mosa y unirse a los otros dos ejércitos alemanes entre Verdún y Metz, mucho antes de que MacMahon pueda desembocar desde Verdún hasta la orilla derecha del Mosa. Y todo esto seguiría inalterado aunque el Príncipe heredero hubiese avanzado hasta Vitry-le-François, o necesitara un día más para concentrar sus tropas desde su dilatado frente de marcha; tan grande es la diferencia de distancia en su favor.

Dadas estas circunstancias, cabe dudar de que MacMahon vaya a utilizar alguna de las rutas señaladas; de que no se retire en seguida de la esfera de acción inmediata del Príncipe heredero y elija el camino de Reims por Vouziers, Grandpré y Varennes hacia Verdún, o por Vouziers hacia Stenay, donde cruzaría el Mosa, y luego marche hacia el sudeste, a Metz. Pero ello equivaldría únicamente a asegurar una ventaja momentánea para hacer más cierta todavía la derrota final. Estas dos rutas son aún más tortuosas y concederían al Príncipe heredero todavía más tiempo para unir sus fuerzas con las que ya están ante Metz, y oponer así tanto a MacMahon como a Bazaine una superioridad numérica aplastante.

Así pues, sea cual fuere el camino que MacMahon elija para acercarse a Metz, no puede sacudirse al Príncipe heredero, al cual, además, no se le puede negar la posibilidad de combatirle bien por separado, bien en conjunción con los otros ejércitos alemanes. De esto se desprende que la maniobra de MacMahon en auxilio de Bazaine sería un grave error mientras no se haya deshecho por completo del Príncipe heredero. Para llegar a Metz, su camino más corto, más rápido y más seguro es atravesar directamente el Tercer Ejército alemán. Si marchara derecho contra él, lo atacara dondequiera que lo encontrase, lo derrotara y lo empujara durante unos días en dirección sudeste, interponiendo su ejército victorioso como una cuña entre él y los otros dos ejércitos alemanes —del mismo modo que el Príncipe heredero le ha mostrado cómo hacerlo—, entonces, y solo entonces, tendría alguna oportunidad de llegar a Metz y liberar a Bazaine. Pero si se hubiera sentido lo bastante fuerte para hacerlo, podemos estar seguros de que ya lo habría hecho. Así pues, la retirada de Reims cobra un aspecto distinto. No es tanto un movimiento en auxilio de Bazaine frente a Steinmetz y Federico Carlos, como una maniobra para librar a MacMahon del Príncipe heredero. Y desde este punto de vista, es la peor que podía hacerse. Abandona todas las comunicaciones directas con París a merced del enemigo. Aleja a las últimas fuerzas disponibles de Francia del centro hacia la periferia, y las sitúa intencionadamente más lejos del centro de lo que ya está el enemigo. Tal maniobra podría ser excusable si se emprendiera con fuerzas muy superiores; pero aquí se emprende con fuerzas desesperadamente inferiores y ante la casi certeza de la derrota. ¿Y qué acarreará esa derrota? Dondequiera que ocurra, empujará a los restos del ejército vencido lejos de París, hacia la frontera septentrional, donde podrán ser arrojados a territorio neutral u obligados a capitular. MacMahon, si realmente ha emprendido la maniobra en cuestión, está situando deliberadamente a su ejército exactamente en la misma posición en que la marcha de flanco de Napoleón alrededor del extremo sur del bosque de Turingia en 1806 colocó al ejército prusiano en Jena. Un ejército numérica y moralmente más débil es colocado deliberadamente en una posición en la que, tras una derrota, su única línea de retirada pasa por una estrecha franja de territorio que conduce a territorio neutral o al mar. Napoleón obligó a los prusianos a capitular llegando a Stettin antes que ellos. Las tropas de MacMahon pueden tener que rendirse en esa pequeña franja de territorio francés que se adentra en Bélgica entre Mézières y Charlemont-Givet. En el mejor de los casos, podrán escapar a las fortalezas septentrionales de Lille, etc., donde, en todo caso, serán inofensivas. Y entonces Francia quedará a merced del invasor.

El plan entero parece tan descabellado que solo puede explicarse como surgido de necesidades políticas. Tiene más bien todo el aspecto de un coup de désespoir. Da la impresión de que hay que hacer algo, arriesgar cualquier cosa, antes de permitir que París llegue a comprender plenamente la situación real. Es el plan no de un estratega, sino de un ‘algérien’, acostumbrado a combatir contra irregulares; el plan no de un soldado, sino de un aventurero político y militar, como los que se han salido con la suya en Francia durante estos últimos diecinueve años. Las frases que se atribuyen a MacMahon para justificar esta decisión concuerdan plenamente con ello. “¿Qué dirían?” si no marchara en ayuda de Bazaine? Sí, pero “¿qué dirían?” si se metiera en una posición peor que aquella en que se ha metido Bazaine? Es el Segundo Imperio en toda su línea. Mantener las apariencias, ocultar la derrota, eso es lo más necesario. Napoleón se lo jugó todo a una carta y la perdió; y ahora MacMahon va de nuevo a jugar al va banque, cuando las apuestas están diez a una en su contra. Cuanto antes se vea Francia libre de estos hombres, mejor para ella. Es su única esperanza.

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