Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

IX

El ejército francés comenzó a pasar a la margen izquierda del Mosela. Esta mañana (domingo), partidas de reconocimiento anunciaron la presencia de las vanguardias prusianas. Cuando la mitad del ejército había cruzado, los prusianos atacaron con grandes fuerzas y, después de un combate de cuatro horas, fueron rechazados con pérdidas considerables.

Tal fue la versión del despacho del Emperador que el señor Reuter proporcionó el lunes por la noche. Contenía, sin embargo, un error importante, pues el Emperador había manifestado expresamente que las partidas de reconocimiento no anunciaron la presencia del enemigo, aunque este se hallaba cerca y en fuerza. Pero, aparte de esto, nada podía ser aparentemente más claro y expeditivo que este parte. Uno tiene todo el asunto nítidamente ante los ojos: los franceses, afanosamente ocupados en esa operación arriesgada que es el paso de un río; los astutos prusianos, que siempre saben sorprender a sus adversarios en desventaja, cayendo sobre ellos tan pronto como la mitad ha llegado a la otra orilla; luego, la valerosa defensa de los franceses, que corona sus esfuerzos sobrehumanos, finalmente, con una impetuosa arremetida que rechaza al enemigo con pérdidas considerables. Es de lo más gráfico, y sólo falta una cosa: el nombre del lugar donde todo esto ocurrió.

Del parte no podemos menos que suponer que este paso del río, y este intento de interrumpirlo tan victoriosamente derrotado, tuvieron lugar en campo abierto. Pero ¿cómo podía ser esto, cuando los franceses disponían de todos los puentes del interior de Metz para cruzar, puentes perfectamente seguros frente a cualquier interferencia hostil, cuando, además, había espacio de sobra para construir más puentes de pontones, en lugares igualmente seguros, en las cinco o seis millas de río que cubren los fuertes en torno a Metz? Sin duda, el Estado Mayor francés no pretende hacernos creer que, despreciando temerariamente todas esas ventajas, condujo al ejército fuera de Metz, construyó sus puentes a cielo abierto y pasó el río a la vista y al alcance del enemigo, simplemente para provocar esa “batalla ante Metz” que se nos había prometido durante toda una semana.

Y si el paso del Mosela se efectuó por puentes situados dentro de las obras de Metz, ¿cómo podían los prusianos atacar a las tropas francesas que aún estaban en la margen derecha, mientras éstas permanecieran, como podían haber hecho, dentro de la línea de fuertes destacados? La artillería de esos fuertes habría hecho pronto el lugar demasiado caliente para cualquier tropa atacante.

Todo el asunto parece imposible. Lo menos que podía haber hecho el Estado Mayor francés era dar el nombre de la localidad, para que hubiéramos podido seguir en el mapa las distintas fases de esta gloriosa batalla. Pero ese nombre no lo darán. Por fortuna para nosotros, los prusianos no son tan misteriosos; afirman que el combate tuvo lugar cerca de Pange, en el camino a Metz. Miramos el mapa, y todo se aclara. Pange no está sobre el Mosela, sino a ocho millas de él, sobre el Nied, a unas cuatro millas fuera de los fuertes destacados de Metz. Si los franceses estaban cruzando el Mosela y ya tenían la mitad de sus tropas al otro lado, no tenían, en sentido militar, motivo alguno para mantener fuerzas considerables en Pange o cerca de allí. Si se dirigieron allá, fue por razones no militares.

Napoleón, una vez obligado a abandonar Metz y la línea del Mosela, no podía muy bien, sin un combate y, a ser posible, una victoria real o fingida, emprender una retirada que debía continuar por lo menos hasta Châlons. La ocasión era favorable. Mientras la mitad de sus tropas cruzaba, la otra desembocaría de entre los fuertes al este de Metz, rechazaría a las tropas avanzadas prusianas, provocaría todo el combate general que pareciera conveniente, atraería al enemigo hasta ponerlo al alcance de los cañones de los fuertes, y luego, con un vistoso avance de todo el frente, lo arrojaría a una distancia segura de las obras. Un plan semejante no podía fracasar del todo; tenía que conducir a algo que pudiera presentarse como una victoria; restablecería la confianza en el ejército, quizás incluso en París, y haría parecer menos humillante la retirada hacia Châlons.

Esta interpretación explica ese parte de Metz, aparentemente simple pero en realidad absurdo. Cada palabra de ese parte es correcta en cierto sentido, mientras que el conjunto, a primera vista, está calculado para evocar una impresión totalmente falsa. Esta interpretación explica igualmente cómo ambas partes pudieron reclamar la victoria. Los prusianos hicieron retroceder a los franceses hasta ponerlos al abrigo de sus fuertes, pero, habiendo avanzado demasiado cerca de esos fuertes, tuvieron que retirarse a su vez. Y esto es todo en cuanto a la célebre “batalla ante Metz”, que lo mismo hubiera dado no librar, pues su influencia en el curso de la campaña será nula. Se observará que el conde de Palikao, al hablar en la Cámara, fue mucho más cauto.

“No ha habido —dijo— lo que ustedes llamarían una batalla, sino combates parciales, en los cuales todo hombre con inteligencia militar debe ver que los prusianos han sufrido un revés y se han visto obligados a abandonar la línea de retirada del ejército francés.”

La última afirmación del mariscal parece haber sido cierta sólo momentáneamente, pues el grueso de los franceses en retirada ha sido ciertamente hostigado con dureza por los prusianos en Mars-la-Tour y Gravelotte.

Era, en efecto, más que hora de que Napoleón y su ejército abandonaran Metz. Mientras se demoraban en torno al Mosela, la caballería alemana pasó el Mosa por Commercy y destruyó el ferrocarril de allí a Bar-le-Duc; apareció también en Vigneulles, amenazando el flanco de las columnas que se retiraban de Metz a Verdún. Hasta dónde se atreven a arriesgar estos jinetes lo vemos por la forma en que un escuadrón suyo entró en Nancy, exigió una contribución de 50.000 francos y obligó a los habitantes a destruir el ferrocarril. ¿Dónde está la caballería francesa? ¿Dónde están los cuarenta y tres regimientos adscritos a los ocho cuerpos de ejército y los doce regimientos de caballería de reserva que figuran en el état del Ejército del Rin?

El único obstáculo en el camino de los alemanes es ahora la fortaleza de Toul, y ésta no tendría importancia alguna si no dominara el ferrocarril. Los alemanes, con toda seguridad, necesitan el ferrocarril, y por lo tanto no cabe duda de que tomarán el medio más rápido para reducir Toul, la cual, siendo una fortaleza anticuada sin fuertes destacados, está completamente expuesta al bombardeo. Probablemente oiremos pronto que se ha rendido después de ser bombardeada por cañones de campaña durante unas doce horas, quizá menos.

Si es cierto, como dicen los periódicos franceses, que MacMahon, habiendo abandonado su ejército, se hallaba en Nancy dos días después de la batalla de Woerth, podemos suponer que su cuerpo está totalmente desorganizado y que la infección ha contagiado también a las tropas de De Failly. Los alemanes marchan ahora hacia el Marne, casi en una línea de frente igual con los dos ejércitos franceses, y teniendo a uno de ellos en cada flanco. La línea de marcha de Bazaine va de Metz por Verdún y St. Ménehould a Châlons; la de los alemanes, de Nancy por Commercy y Bar-le-Duc a Vitry; la de las tropas de MacMahon (pues aun cuando el mariscal mismo se haya reunido con el Emperador en Châlons, tiene que haber sido sin su ejército) en algún punto al sur, pero, sin duda, también dirigida hacia Vitry. La reunión de los dos ejércitos franceses se hace así más dudosa cada día; y a menos que las tropas de Douay hayan sido enviadas desde Belfort por Vesoul y Chaumont a Vitry a tiempo, es posible que tengan que reincorporarse al ejército por la vía de Troyes y París, pues Vitry pronto será intransitable en tren para los soldados franceses.

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