VIII

¿Dónde está MacMahon? La caballería alemana, en su incursión hasta las puertas de Lunéville y Nancy, no parece haber dado con él; de lo contrario, habríamos tenido noticia de encuentros. Por otra parte, si hubiera llegado sano y salvo a Nancy, restableciendo con ello sus comunicaciones con el ejército de Metz, tan consolador hecho se habría anunciado inmediatamente desde el cuartel general francés. La única conclusión que podemos sacar de este silencio absoluto sobre su paradero es la siguiente: que ha considerado demasiado peligroso seguir la carretera directa de Saverne a Lunéville y Nancy; y que, para no exponer su flanco derecho al enemigo, ha tomado una ruta más tortuosa, más al sur, cruzando el Moselle por Bayon o aún más arriba. Si esta conjetura es correcta, habría muy pocas probabilidades de que llegue a alcanzar Metz; y, en ese caso, habría que preguntarse si, para el Emperador o para quien mande en Metz, no sería mejor que el ejército se replegara de una vez sobre Châlons-sur-Marne, el punto más cercano donde podrá efectuarse una conjunción con MacMahon. Nos inclinamos, por tanto, a dar crédito a la noticia de una retirada general de la línea francesa en esa dirección.

Entre tanto, oímos hablar de enormes refuerzos para el ejército francés. El nuevo Ministro de la Guerra asegura a la Cámara que en cuatro días se enviarán al frente dos cuerpos de ejército, de 35.000 hombres cada uno. ¿Dónde están? Sabemos que los ocho cuerpos del Ejército del Rhine, junto con las tropas destinadas al Báltico y la guarnición de Argelia, agotaban por completo todos los batallones del ejército francés, incluidos los infantes de marina. Sabemos que 40.000 hombres, del cuerpo de Canrobert y de la expedición al Báltico, se encuentran en Paris. Sabemos, por el discurso del general Dejean en la Cámara, que los cuartos batallones, lejos de estar listos, necesitaban ser completados, y que esto habría de hacerse incorporando en ellos hombres de la Garde Mobile. ¿De dónde, pues, van a salir esos 70.000 hombres? Sobre todo si, como es muy probable, el general Montauban de Palikao no se desprenderá de los 40.000 hombres de Paris mientras pueda evitarlo. No obstante, si sus palabras tienen algún sentido, esos dos cuerpos deben ser las tropas de Paris y el cuerpo de Canrobert, que hasta ahora siempre se había contado como parte del Ejército del Rhine; y en tal caso, siendo el único refuerzo real la guarnición de Paris, el total general en campaña se elevaría de veinticinco a veintiocho divisiones, de las cuales al menos siete han sufrido graves pérdidas.

Luego oímos que el general Trochu ha sido nombrado jefe del 12.º Cuerpo que se forma en Paris, y el general Vendez (?) jefe del 13.º Cuerpo que se forma en Lyons. El ejército constaba hasta ahora de la Guardia y de los cuerpos números 1 a 7. De los números 8, 9, 10 y 11 nunca habíamos oído hablar; ahora se nos presentan de repente los cuerpos 12 y 13. Hemos visto que no existen tropas de las que se pueda formar ninguno de esos cuerpos; salvo siempre el 12, si con él se quiere designar a la guarnición de Paris. Resulta un pobre ardid querer levantar la confianza pública creando ejércitos imaginarios sobre el papel; y, sin embargo, no cabe dar otra interpretación a la pretendida creación de cinco cuerpos de ejército, cuatro de los cuales hasta ahora no han existido.

No hay duda de que se están haciendo intentos para organizar un nuevo ejército; pero ¿con qué materiales se cuenta? Está, en primer lugar, la gendarmería, con la que se puede formar un regimiento de caballería y otro de infantería; tropas excelentes, pero que no pasarán de 3.000 hombres y habrá que reunirlas de todas las partes de Francia. Otro tanto ocurre con los aduaneros, de quienes se espera sacar material para veinticuatro batallones; dudamos que lleguen a completar la mitad de esa cifra. Vienen luego los veteranos de las clases de 1858 a 1863, cuyos hombres solteros han sido llamados de nuevo a filas por una ley especial. Éstos pueden proporcionar un contingente de 200.000 hombres, y constituirán el refuerzo más valioso del ejército. Con menos de la mitad de ellos se podrán completar los cuartos batallones, y con el resto formar batallones nuevos. Pero aquí empieza la dificultad: ¿de dónde van a salir los oficiales? Habrá que tomarlos del ejército en operaciones, y aunque esto pueda lograrse mediante una considerable promoción de sargentos a subtenientes, no por ello dejará de debilitar los cuerpos de donde se saquen. El total de estas tres clases dará, a lo sumo, un aumento de 220.000 a 230.000 hombres, y se necesitarán, en circunstancias favorables, por lo menos catorce o veinte días antes de que siquiera una parte de ellos pueda estar lista para incorporarse al ejército activo. Pero, por desgracia para ellos, las circunstancias no son favorables. Ahora se admite que no sólo la intendencia, sino toda la administración del ejército francés, fue completamente ineficaz, incluso para abastecer al ejército en la frontera. ¿En qué estado se hallarán, pues, el apresto y el equipo de estas reservas que nadie esperó nunca que hiciesen falta en campaña? Es, en verdad, muy dudoso que, fuera de los cuartos batallones, se logre tener listas nuevas formaciones antes de un par de meses. Tampoco ha de olvidarse que ni uno solo de esos hombres ha manejado jamás un fusil de retrocarga, y que todos ellos desconocen por completo las nuevas tácticas que esa arma ha inaugurado. Y si la actual línea francesa, según ellos mismos reconocen ahora, dispara precipitadamente y al azar y despilfarra sus municiones, ¿qué harán esos batallones de nueva formación frente a un enemigo cuya serenidad y precisión en el fuego parecen verse muy poco afectadas por el estrépito de la batalla?

Quedan la Garde Mobile, la leva en masa de todos los hombres solteros hasta los treinta años, y la Guardia Nacional sedentaria. En cuanto a la Garde Mobile, lo poco que de ella tuvo alguna vez una organización formal parece haberse deshecho tan pronto como fue enviada a Châlons. No había disciplina alguna, y los oficiales, en su mayoría completamente ignorantes de sus deberes, parecen haber ido perdiendo autoridad cada día; ni siquiera había armas para los hombres, y ahora todo parece estar en completa disolución. El general Dejean lo reconoció indirectamente al proponer que se completasen las filas de los cuartos batallones con hombres de la Garde Mobile. Y si esta, la porción en apariencia organizada de la leva en masa, resulta por completo inútil, ¿qué será del resto? Aun cuando hubiese oficiales, equipo y armas para ellos, ¿cuánto se tardaría en convertirlos en soldados? Pero no hay nada preparado para la emergencia. Todo oficial apto para su puesto ya está empleado; los franceses no cuentan con esa reserva casi inagotable de oficiales que suministran los “voluntarios de un año”, de los cuales unos 7.000 ingresan cada año en los ejércitos alemanes, y casi todos ellos abandonan el servicio en condiciones de asumir las funciones de oficial. El equipo y las armas parecen igualmente ausentes; se dice incluso que habrá que sacar de los almacenes los viejos fusiles de chispa. Y en estas circunstancias, ¿qué valen para Francia esos 200.000 hombres? Está muy bien que los franceses invoquen a la Convención, a Carnot, con sus ejércitos de frontera creados de la nada, etcétera. Pero, aunque estamos lejos de decir que Francia está irremediablemente vencida, no olvidemos que en los éxitos de la Convención desempeñaron un papel considerable los ejércitos aliados. En aquella época, los ejércitos que atacaban a Francia contaban por término medio con 40.000 hombres cada uno; eran tres o cuatro, y cada cual operaba fuera del alcance de los demás, uno en el Schelde, otro en el Moselle, el tercero en Alsace, etc. A cada uno de estos pequeños ejércitos opuso la Convención ingentes masas de levas más o menos bisoñas que, operando sobre los flancos y la retaguardia del enemigo, a la sazón enteramente dependiente de sus almacenes, lo obligaron en conjunto a mantenerse bastante cerca de la frontera; y, una vez convertidas en verdaderos soldados por cinco años de campaña, consiguieron finalmente arrojarlo al otro lado del Rhine. Pero, ¿cabe suponer ni por un momento que semejantes tácticas serán eficaces contra el inmenso ejército de invasión actual, el cual, aunque formado por tres cuerpos separados, ha sabido siempre mantenerse unido dentro de una distancia de apoyo mutuo, o que este ejército dejará tiempo a los franceses para desarrollar sus recursos, hoy aletargados? Y desarrollarlos en alguna medida sólo es posible si los franceses están dispuestos a hacer lo que nunca han hecho antes: abandonar Paris y su guarnición a su suerte y continuar la lucha con la línea del Loire como base de operaciones. Quizá nunca se llegue a eso, pero si Francia no está dispuesta a afrontarlo, más vale que no hable de leva en masa.