Me parece que la situación es esta: Alemania ha sido llevada por Badinguet * a una guerra por su existencia nacional Si Badinguet la derrota, el bonapartismo se fortalecerá en el curso de” los próximos años y durante un largo período, quizá por generaciones, Alemania estará debilitada. En este caso ya no se podrá hablar de un movimiento inde- pendiente de la clase obrera alemana porque la lucha para restaurar la existencia nacional absorberá todas las fuerzas y en el mejor de los casos los obreros alemanes se arrastrarán a la cola de los franceses. Si Alemania triunfa cl bonapartismo francés será aplastado de alguna ma- nera, se acabarán las interminables discordias sobre la unidad alemana, los obreros alemanes podrán organizarse en escala nacional en forma muy

* Napoleón III. (Ed.

diferente de lo que ha ocurrido hasta ahora, y los obreros franceses,

coste es ante todo y por sobre todo un problema de existencia nacional, y por ello se han volcado inmediatamente en ella. Para mí es imposible que en tales circunstancias un partido político alemán predique un obs- truccionismo total a la manera de Wilhelm? y anteponga a lo princi- pal todo tipo de argumentos secundarios.

A esto se agrega el hecho de que Badinguet nunca habria podido «Conducir esta guerra sin el chovinismo de la mayoría de la población francesa: la burguesía, la pequeña burguesía, los campesinos y el pro- letariado haussmannista *” de la construcción, de predisposición imperia- lista, proveniente del campesinado, que creó Bonaparte en las grandes ciudades. Mientras este chovinismo no sea derrotado, la paz entre Ale- mania y Francia es imposible. Podría haberse esperado que esto lo haría la revolución proletaria, pero puesto que la guerra ya: ha comenzado, a los alemanes no les queda otro remedio que hacerlo ellos mismos, y rápidamente.

Ahora vienen los argumentos secundarios. La impotencia de la burguesía alemana es la culpable de que esta guerra haya sido ordenada por Lehmann ***, Bismarck y Cía., y que tengamos que glorificarlos mo- mentáneamente si la conducen con éxito. Esto es por cierto muy desa- gradable, pero no se puede cambiar. Pero magnificar el antibismarckismo al punto de trasformarlo en el único principio conductor, sería absurdo. En primer lugar, igual que en 1866, Bismarck nos está haciendo un po- quito de nuestro trabajo, a su manera y sin proponérselo, pero de todos modos lo está haciendo. Nos está desbrozando el terreno mejor que antes. Y además, ya no estamos en 1815. Los alemanes del sur están ahora obligados a entrar al Reichstag y esto contribuirá a desarrollar un con- trapeso del prusianismo. Luego están los deberes nacionales que recae- rán sobre Prusia y que, como escribías, impedirán de entrada la alianza con Rusia. En general, no tiene sentido hacer tabla rasa, a la manera de Liebknecht, con todo lo que ha ocurrido desde 1866. Pero nosotros conocemos a nuestros típicos alemanes del sur. Con estos locos nada se puede hacer.