El sábado 6 de agosto fue la jornada decisiva de la primera fase de la campaña. Los primeros despachos del lado alemán, por su extremada modestia, más ocultaron que revelaron la importancia de los resultados alcanzados ese día. Sólo gracias a las noticias posteriores y más completas, y a algunas confesiones bastante embarazosas en los informes franceses, estamos en condiciones de juzgar el cambio total de la situación militar operado el sábado.

Mientras MacMahon era derrotado en la vertiente oriental de los Vosgos, las tres divisiones de Frossard y al menos un regimiento del cuerpo de Bazaine, el 69º —en total cuarenta y dos batallones—, fueron desalojados de las alturas al sur de Saarbrücken y más allá de Forbach por la división de Kameke, del 7º cuerpo (westfaliano), y las dos divisiones de Barnekow y Stülpnagel, del 8º cuerpo (renano) —en total treinta y siete batallones—. Como los batallones alemanes son más fuertes, el número de los empeñados parece haber sido bastante igual, pero los franceses tenían la ventaja de la posición. A la izquierda de Frossard se hallaban las siete divisiones de infantería de Bazaine y Ladmirault, y a su retaguardia las dos divisiones de la Guardia. Con la excepción de un regimiento, según se ha dicho arriba, ni un solo hombre de todas ellas acudió en apoyo del infortunado Frossard. Éste tuvo que retroceder tras una viva derrota y ahora se halla en plena retirada hacia Metz; y lo mismo hacen Bazaine, Ladmirault y la Guardia. Los alemanes los persiguen y el domingo se encontraban en St. Avold, con toda la Lorena abierta ante ellos hasta Metz.

Entre tanto, MacMahon, De Failly y Canrobert están retirándose, no hacia Bitche, como se dijo al principio, sino hacia Nancy; y el cuartel general de MacMahon se hallaba el domingo en Saverne. Por consiguiente, estos tres cuerpos no sólo han sido derrotados, sino también rechazados en una dirección divergente de la línea de retirada del resto del ejército. La ventaja estratégica que se proponía el ataque del Príncipe Heredero, y que ayer explicábamos, parece haberse alcanzado así, al menos parcialmente. Mientras el Emperador se retira hacia el oeste, MacMahon se dirige mucho más hacia el sur, y difícilmente habrá llegado a Lunéville cuando los otros cuatro cuerpos se hayan concentrado al amparo de Metz. Pero de Sarreguemines a Lunéville hay sólo unas pocas millas más que de Saverne a Lunéville. Y no es de esperar que, mientras Steinmetz sigue de cerca al Emperador y el Príncipe Heredero trata de sujetar firmemente a MacMahon en los desfiladeros de los Vosgos, el Príncipe Federico Carlos, que el domingo se encontraba en Blieskastel con su vanguardia cerca de Sarreguemines, permanezca de brazos cruzados. Toda la Lorena septentrional es un magnífico terreno para la caballería, y Lunéville, en tiempo de paz, fue siempre el cuartel general de una gran parte de la caballería francesa acantonada en aquella región. Con la gran superioridad, tanto en cantidad como en calidad, de la caballería por parte de los alemanes, resulta difícil suponer que no lancen de inmediato grandes masas de esa arma hacia Lunéville, con la intención de interceptar las comunicaciones entre MacMahon y el Emperador, destruir los puentes ferroviarios de la línea Estrasburgo-Nancy y, si es posible, los puentes del Meurthe. Incluso es posible que logren interponer un cuerpo de infantería entre los dos cuerpos separados del ejército francés, obligar a MacMahon a retirarse aún más al sur y a tomar una ruta todavía más tortuosa para restablecer su enlace con el resto del ejército. De que ya se ha hecho algo en ese sentido parece claro por la confesión del Emperador de que el sábado sus comunicaciones con MacMahon estaban interrumpidas; y el temor a consecuencias más graves se expresa ominosamente en el informe de que se proyecta el traslado del cuartel general francés a Châlons.

Cuatro de los ocho cuerpos del ejército francés han sido así, más o menos completamente, derrotados y siempre en detalle, mientras que de uno de ellos, el Séptimo (Félix Douay), se desconoce por completo el paradero. La estrategia que hizo posibles tales desatinos es digna de los austriacos en sus tiempos de mayor desamparo. No es Napoleón quien nos viene a la memoria, sino Beaulieu, Mack, Gyulay y sus semejantes. ¡Imagínese a Frossard teniendo que combatir en Forbach todo el día mientras a su izquierda, y a no más de diez millas o cosa así de la línea del Sarre, siete divisiones se quedaban de mironas! Esto sería inexplicable a menos que supongamos que frente a ellas había fuerzas alemanas suficientes para impedirles apoyar a Frossard o ayudarlo con un ataque independiente. Y esta, la única exculpación posible, sólo es admisible si, como siempre hemos dicho, el ataque decisivo de los alemanes estaba destinado a ser realizado por su extrema derecha. La apresurada retirada hacia Metz confirma nuevamente este punto de vista; tiene un inconfundible aire de ser una tentativa oportuna de retirarse de una posición en la que las comunicaciones con Metz ya estaban amenazadas. No sabemos qué tropas alemanas pudieron haber tenido enfrente, y quizá flanqueando, a Ladmirault y Bazaine; pero no debemos olvidar que de las siete o más divisiones de Steinmetz sólo tres han entrado en combate.

Entretanto, ha aparecido otro cuerpo del norte de Alemania: el 6º, o de la Alta Silesia. Pasó por Colonia el pasado jueves y ahora se encontrará ya sea con Steinmetz o con Federico Carlos, a quien The Times se empeña en colocar en la extrema derecha, en Tréveris, en el mismo número que contiene el telegrama según el cual se ha trasladado de Homburg a Blieskastel. La superioridad de los alemanes, tanto por el número como por la moral y la posición estratégica, tiene que ser ahora tal que, por un tiempo, pueden hacer impunemente casi cuanto se les antoje. Si el Emperador se propone mantener sus cuatro cuerpos de ejército en el campo atrincherado de Metz —y no le queda otra opción que ésa o una retirada ininterrumpida hacia París—, eso no detendrá el avance alemán más de lo que la tentativa de Benedek, en 1866, de reagrupar su ejército al amparo de Olmütz detuvo el avance prusiano sobre Viena. ¡Benedek!

¡Vaya comparación para el vencedor de Magenta y Solferino! Y, sin embargo, viene más al caso que ninguna otra. Al igual que Benedek, el Emperador tenía sus tropas concentradas en una posición desde la que podía moverse en cualquier dirección, y eso desde una quincena entera antes de que el enemigo estuviera concentrado. Al igual que Benedek, Luis Napoleón se las arregló para que cuerpo tras cuerpo fuera batido en detalle por fuerzas superiores en número o en dotes de mando. Pero aquí, tememos, termina el parecido. A Benedek, tras una semana de derrotas diarias, le quedó suficiente fuerza para el supremo esfuerzo de Sadowa. Según todas las apariencias, Napoleón tiene sus tropas separadas, de forma casi irremediable, tras dos jornadas de combates, y ni siquiera puede permitirse intentar una batalla general.

Ahora, suponemos, tocará a su fin la proyectada expedición de tropas al Báltico, si es que alguna vez fue más que una finta. Cada batallón hará falta en la frontera oriental. De los 376 batallones del ejército francés, 300 estaban en los seis cuerpos de línea y uno de la Guardia que, según sabemos, se hallaban entre Metz y Estrasburgo. El séptimo cuerpo de línea (Douay) pudo haber sido enviado al Báltico o a unirse al ejército principal, lo que explicaría otros cuarenta. El resto, treinta y seis batallones, difícilmente puede haber bastado para Argelia y otras diversas tareas en el interior. ¿Con qué recursos cuenta el Emperador para obtener refuerzos? Con los 100 cuartos batallones que se están formando y con la Garde Mobile. Pero ambos constan, los primeros en su mayor parte, y los segundos por completo, de reclutas bisoños. Ignoramos para cuándo podrán estar listos los cuartos batallones para marchar; tendrán que marchar, estén listos o no. Lo que es en este momento la Garde Mobile lo vimos la semana pasada en el campamento de Châlons. Unos y otros son, sin duda, buena materia prima para soldados, pero todavía no son soldados; todavía no son tropas para resistir la embestida de hombres que se están habituando a recibir el fuego de las ametralladoras. Por otro lado, en unos diez días los alemanes tendrán de 190.000 a 200.000 hombres de los cuartos batallones, etc., para recurrir a la flor de su ejército, además de por lo menos un número igual de tropas de la landwehr, todas aptas para el servicio en el campo.