Querido Fred:

No parto hasta mañana (retenido por asuntos de la Internacional), y no a Brighton, sino a Ramsgate, pues, según las informaciones obtenidas, hace demasiado calor en el primer lugar, aparte de que Arnold Winkelried Ruge convierte el lugar en inseguro.

L’Empire est fait, es decir, el Imperio alemán. A como dé lugar, ni por el camino previsto ni en la forma imaginada, parece que todas las trapacerías desde el Second Empire han conducido finalmente a realizar los “fines nacionales” de 1848: ¡Hungría, Italia, Alemania! Me parece que esta clase de movimiento no terminará hasta que haya una agarrada entre los prusianos y los rusos. Esto no es, en modo alguno, improbable. La prensa del partido moscovita (he visto varias cosas al respecto en casa de Borkheim) ha atacado al gobierno ruso por su actitud amistosa hacia Prusia con la misma violencia con que los periódicos franceses, en el sentido de Thiers, atacaron a Boustrapa en 1866 por sus zalamerías con Prusia. Sólo el zar, el partido germanorruso y el periódico oficial de San Petersburgo soplaron la trompeta contra Francia. Pero ellos tampoco esperaban en absoluto unos éxitos prusiano-alemanes tan decisivos. Creían, como Bonaparte en 1866, que las potencias beligerantes se debilitarían mutuamente en una larga lucha, de modo que la santa Rusia pudiera intervenir de manera imperiosa como árbitro supremo. ¡Pero ahora! Si Alejandro no desea ser envenenado, algo debe hacerse para aplacar al partido nacional. El prestigio de Rusia será, evidentemente, aún más “herido” por un Imperio germano-prusiano de lo que el prestigio del “Second Empire” lo fue por la Confederación Alemana del Norte. Rusia, pues, exactamente como hizo Bonaparte entre 1866 y 1870, trapicheará con Prusia para obtener concesiones por el lado turco, y todos estos trapicheos, a pesar de la religión rusa de los Hohenzollern, terminarán en guerra entre los trapicheros.

Por muy tonto que sea el Michel alemán, su recién fortalecido sentimiento nacional (—sobre todo ahora, cuando ya no se le puede hacer creer que debe tolerarlo todo para que primero se realice la unidad alemana—) difícilmente se dejará meter al servicio de Rusia, para lo cual ya no hay motivo alguno, ni siquiera pretexto. Qui vivra verra. Si nuestro hermoso Wilhelm vive aún algún tiempo, podremos aún presenciar sus proclamas a los polacos. Cuando Dios quiere hacer algo particularmente grande, dice el viejo Carlyle, siempre elige para ello a los hombres más estúpidos.

Lo que en este momento me preocupa es la situación de las cosas en la propia Francia. La próxima gran batalla difícilmente podrá tener otro resultado que la derrota de los franceses. ¿Y después? Si el ejército derrotado se arroja a París bajo la dirección de Boustrapa, se llegará a una paz de la especie más humillante para Francia, tal vez con la restauración de los Orléans. Si estalla una revolución en París, cabe preguntarse si tendrá los medios y los dirigentes para ofrecer una resistencia seria a los prusianos. No se puede ocultar que la farsa bonapartista de veinte años ha desmoralizado enormemente. Apenas estamos autorizados a contar con heroísmo revolucionario. ¿Qué opinas tú al respecto? Yo no entiendo nada de cuestiones militares, pero, con todo, me parece que rara vez se ha llevado una campaña más descabellada, más falta de plan, más mediocre que la de Badinguet. A esto se añade la bella escena inicial, todo el melodramatismo a lo Porte St. Martin del bajo imperio, el padre con el hijo en la boca del cañón, y la infamia con que lo “sublime” se amalgama: ¡el bombardeo de Saarbrücken! Ese tipo en carne y hueso. MacMahon insistió en el primitivo consejo de guerra de Metz en avanzar rápidamente, pero Lebœuf fue de opinión contraria.

A propósito. Por una carta de Viena (del primo de Eccarius, un anciano de 72 años) nos enteramos de que Bismarck estuvo allí enteramente en secreto. Enteramente conforme al espíritu del Lower Empire, esta guerra muestra en su sistema de comisariado y en su diplomacia la consigna: estafarse mutuamente y engañarse mutuamente, de modo que en Francia todo el mundo, desde el ministro hasta el escribiente, desde el mariscal hasta el soldado raso, desde el emperador hasta su limpiabotas, se queda estupefacto tan pronto como el verdadero estado de las cosas se revela bajo el fuego de los cañones.

El señor John Stuart Mill ha tributado grandes elogios a nuestra alocución. Ella ha causado, en general, mucho efecto en Londres. Entre otras cosas, la Peace Society, de los filisteos cobdenianos, se ha ofrecido por escrito a difundirla. A propósito de la alocución de Oswald: He hecho uso de tu permiso, pues en verdad me era desagradable figurar sin el “tú”. La alocución, con la demora, se vuelve naturalmente aún más tonta. Pero no nos importa, ya que sólo endosamos sus sentimientos generales, etc., hasta ahí, etc. Retirarla —pese a lo ridículo— no es posible ahora, pues Louis Blanc y los demás creerían que la culpa de ello la tienen las victorias prusianas. A propósito. El viejo Ruge le había escrito a Oswald hace 8 días que no podía firmar. ¿Por qué? ¡Está “convencido de que los prusianos proclamarán la república francesa en París”! ¿No reconoces ahí, en todo su esplendor, a la vieja bestia de la confusión constructiva?

Adjunto algunas cosas del profeta Urquhart.

Salud,
Tu K. M.

P.D. En el artículo de la Fortnightly Review (número de agosto) sobre “Our uncultivated lands” se encuentra lo siguiente sobre el suelo irlandés: “That her soil is fertile is proved upon the testimony etc etc and M. de Laveleye: the latter gentleman says etc etc.” (pág. 204). Puesto que Laveleye pasa entre los ingleses por una gran autoridad agronómica a causa de sus libros sobre la agricultura belga e italiana, este pasaje puede serte útil.