Notas sobre la guerra. Engels 1870-71.

III

Por fin empieza a salir de las tinieblas el plan de campaña de los prusianos. Se recordará que, aunque en la orilla derecha del Rin se han efectuado inmensos transportes de tropas desde el este hacia el oeste y el sudoeste, muy poco se ha sabido de concentraciones en las inmediaciones de la frontera amenazada. Las fortalezas recibieron fuertes refuerzos de las tropas más próximas. En Sarrebruck, 500 hombres del 40.º de Infantería y tres escuadrones del 7.º de Lanceros (ambos del VIII Cuerpo) sostuvieron escaramuzas con el enemigo; cazadores bávaros y dragones de Baden prolongaban la línea de puestos avanzados hasta el Rin. Pero no parece que se hayan colocado grandes masas de tropas inmediatamente a retaguardia de esa cortina formada por unas pocas tropas ligeras. En ninguna de las escaramuzas se ha mencionado artillería. Tréveris se hallaba completamente vacío de tropas. En cambio, hemos oído hablar de grandes aglomeraciones en la frontera belga; de 30.000 jinetes en las cercanías de Colonia (donde todo el territorio de la orilla izquierda del Rin, hasta cerca de Aquisgrán, abunda en forraje); de 70.000 hombres delante de Maguncia. Todo esto parecía extraño; tenía el aspecto de una distribución casi culpable de las tropas, en contraste con la estrecha concentración de los franceses a un par de horas de marcha de la frontera. De pronto, caen algunos indicios de distintos sectores que parecen disipar el misterio.

El corresponsal del *Temps*, que se había aventurado hasta Tréveris, presenció los días 25 y 26 el paso por dicha ciudad, en dirección a la línea del Sarre, de un fuerte contingente de tropas de todas las armas. La débil guarnición de Sarrebruck fue considerablemente reforzada por la misma época, probablemente desde Coblenza, cuartel general del VIII Cuerpo. Las tropas que pasaron por Tréveris debían de pertenecer a algún otro cuerpo, procedentes del norte a través del Eifel. Finalmente, de fuente particular sabemos que el VII Cuerpo de Ejército se hallaba el 27 en marcha desde Aquisgrán, vía Tréveris, hacia la frontera.

Así pues, tenemos, como mínimo, tres cuerpos de ejército, o sea, unos 100.000 hombres, lanzados sobre la línea del Sarre. Dos de ellos son el VII y el VIII, ambos pertenecientes al Ejército del Norte a las órdenes del general Steinmetz (VII, VIII, IX y X Cuerpo). Podemos suponer con bastante seguridad que la totalidad de este ejército se halla ya concentrado entre Sarrebourg y Sarrebruck. Si los 30.000 jinetes (poco más o menos) se encontraban realmente en las cercanías de Colonia, también ellos tienen que haber marchado a través del Eifel y del Mosela hacia el Sarre. El conjunto de estas disposiciones indicaría que el ataque principal de los alemanes se efectuará con su ala derecha, a través del espacio entre Metz y Sarrelouis, hacia el valle del Alto Nied. Si la caballería de reserva ha tomado ese camino, esto se convierte en certeza.

Este plan presupone la concentración del conjunto del ejército alemán entre los Vosgos y el Mosela. El Ejército del Centro (príncipe Federico Carlos, con los cuerpos II, III, IV y XII) tendría que tomar posiciones, ya sea adosado al flanco izquierdo de Steinmetz, ya a retaguardia de éste como reserva. El Ejército del Sur (el príncipe heredero, con el V Cuerpo, la Guardia y los alemanes del sur) formaría el ala izquierda, en algún punto cerca de Dos Puentes. En cuanto al lugar donde se hallan todas estas tropas y cómo han de ser transportadas a sus posiciones, nada sabemos. Sólo sabemos que el III Cuerpo de Ejército empezó a pasar por Colonia, hacia el sur, por el ferrocarril de la orilla izquierda del Rin. Pero podemos presumir que la misma mano que trazó las disposiciones mediante las cuales de 100.000 a 150.000 hombres fueron rápidamente concentrados sobre el Sarre desde puntos distantes y aparentemente divergentes, habrá trazado también líneas de marcha convergentes similares para el resto del ejército.

Es éste, en verdad, un plan audaz, y probablemente resultará tan eficaz como el que más pudiera idearse. Está pensado para una batalla en la que el ala izquierda alemana, desde Dos Puentes hasta cerca de Sarrelouis, mantenga una lucha puramente defensiva, mientras que su derecha, avanzando desde Sarrelouis y al oeste de ella, apoyada por la totalidad de las reservas, ataca al enemigo con toda su fuerza y le corta sus comunicaciones con Metz mediante un movimiento de flanco de toda la caballería de reserva. Si este plan triunfa, y los alemanes ganan la primera gran batalla, el ejército francés corre el peligro no sólo de verse separado de su base más próxima —Metz y el Mosela—, sino también de ser empujado a una posición en la que los alemanes se interpongan entre él y París.

Los alemanes, que tienen sus comunicaciones con Coblenza y Colonia perfectamente seguras, pueden permitirse el lujo de arriesgar una derrota en esta posición; semejante derrota no tendría para ellos, ni mucho menos, consecuencias tan desastrosas. No obstante, el plan es audaz. Sería sumamente difícil hacer pasar a un ejército derrotado, sobre todo a su ala derecha, a salvo por los desfiladeros del Mosela y sus afluentes. Se perderían indudablemente muchos prisioneros y una gran parte de la artillería, y la reorganización del ejército al amparo de las fortalezas del Rin llevaría largo tiempo. Sería una locura adoptar semejante plan a menos que el general Moltke estuviera absolutamente seguro de contar con una fuerza tan abrumadora bajo su mando que la victoria fuera casi indudable, y, además, a menos que supiese que los franceses no estaban en condiciones de caer sobre sus tropas cuando éstas aún se hallaban en plena convergencia desde todos los lados hacia la posición elegida para la primera batalla. Si éste es realmente el caso, probablemente lo sabremos muy pronto, tal vez mañana mismo.

Entretanto, conviene recordar que en los planes estratégicos nunca se puede confiar hasta el punto de esperar el pleno efecto que de ellos se aguarda. Siempre surge aquí un contratiempo y allí otro; los cuerpos de ejército no llegan en el momento exacto en que se les necesita; el enemigo hace movimientos inesperados o ha tomado precauciones imprevistas; y, por último, los combates duros y encarnizados o el buen sentido de un general sacan a menudo al ejército derrotado de las peores consecuencias que una derrota puede acarrear: la pérdida de las comunicaciones con su base.

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