en Manchester  
[Londres] 28 de julio de 1870

Querido Fred,

Envié inmediatamente tu artículo al editor del «Pall Mall» (F. Greenwood), con la súplica de que lo devolviera en el acto si no quería imprimirlo. No dudo, en ese caso, de poder colocar la cosa en el «Times» o en el «Daily News».

El «Times» nos había dado todas las perspectivas, por medio de Eccarius, de imprimir nuestra Alocución (de la Internacional). No ha sucedido, probablemente a causa de un hit at Russia. Acto seguido (el lunes pasado) envié el asunto inmediatamente al «Pall Mall» y escribí también al editor, de acuerdo con su war correspondent (Thieblin, ahora en Luxemburgo), acerca de la military correspondence, pidiendo answer. No reply. La Alocución tampoco se imprimió. En consecuencia, en una breve y seca carta, hablando sólo de la military correspondence, le he escrito hoy, al enviar tu artículo, al editor del «Pall Mall»; es decir, le pregunté sencillamente si sí o si no.

El Consejo General decidió el martes pasado hacer una tirada de la Alocución en 1 000 copies. Espero hoy las pruebas de imprenta.

El canto de la Marsellesa en Francia es una parodia, como todo el segundo imperio. Pero al menos el perro siente que el «Partant pour la Syrie» ¡no serviría! En Prusia, en cambio, no hacen falta esas pamplinas. ¡«Jesús, mi confianza!», cantado por Guillermo I, con Bismarck a la derecha y Stieber a la izquierda, es la Marsellesa alemana! Como en 1812, etc. El filisteo alemán parece formalmente encantado de poder dar ahora rienda suelta sin reparo a su innata servilidad. ¡Quién hubiera imaginado que, 22 años después de 1848, una guerra nacional en Alemania poseyera semejante expresión teórica!

Afortunadamente, toda esta manifestación parte de la clase media. La clase obrera, con excepción de los partidarios directos de Schweitzer, no toma parte en ella. Afortunadamente, la guerra de clases está tan desarrollada en ambos países, Francia y Alemania, que ninguna guerra en el extranjero puede hacer retroceder seriamente la rueda de la historia.

En la publicación de la historia del treaty (sobre Bélgica), Bismarck también se ha excedido. ¡La respectability londinense misma no se atreve ya a hablar de la honradez de Prusia. ¡Macaire et Co.! Por lo demás, recuerdo haber leído, poco antes de 1866, en el periódico del digno Braß y en la «Kreuz-Zeitung», artículos en los que se denunciaba a Bélgica como «nido de jacobinos» (!) y se recomendaba su anexión a Francia. Por otra parte, la indignación moral de John Bull no es menos divertida. ¡Right of treaties! ¡The devil! ¡Después de que Palmerston erigió en máxima de Estado inglesa que, cuando se jura un tratado, no por eso se jura cumplirlo, y desde entonces Inglaterra ha actuado en consecuencia desde 1830! On all sides, nada más que guerra y libertinaje.

La «Kreuz-Zeitung» está bien con su exigencia a Inglaterra de que no suministre carbón a los franceses, es decir, que rompa el tratado comercial anglo-francés, es decir, que declare la guerra a Francia. El que el carbón pueda ser artículo de guerra fue alegado enérgicamente en su día por la oposición inglesa contra Pam. Él los despachó con bromas de mal gusto. Así pues, este punto no fue en absoluto pasado por alto al celebrarse el tratado. Urquhart escribió violentas denuncias sobre ello durante las negociaciones. Por consiguiente, si Inglaterra no declara la guerra de prime abord, tiene que suministrar carbón a los franceses. Pero en cuanto a una declaración de guerra, podría provocar un condenadamente serio choque entre los powers that be y el proletariado londinense. El estado de ánimo de los obreros aquí es decididamente contrario a tales «acciones principales y de Estado».

Por fin, carta de los rusos de Ginebra. Va adjunta. Devuélvemela pronto, digamos el lunes próximo, pues tengo que responder.

Por la carta adjunta de E. Oswald (es urquhartista, pero relativamente racionalizado continentalmente) verás que también del lado democrático se quiere hacer algo. Le he escrito que ya he firmado la Alocución de la Internacional, la cual, en la medida en que es puramente política, sostiene esencialmente los mismos puntos de vista. En nuevas cartas, de hoy y de ayer, insiste en que me presente en su meeting en su casa esta tarde. (Vive muy cerca de nosotros.) Me envía también un extracto de una carta de L. Blanc. Pero esto me es por ahora imposible. ¿Quién me garantiza que, donde está Louis Blanc, no esté también Karl Blind?

Voy ahora mismo a ver a Smith por lo de la casa.

Salut.

Tuyo,  
K. M.