Karl Marx: La guerra civil en Francia

Primer Manifiesto[1]

23 de julio de 1870

[Comienzo de la guerra franco-prusiana]

En el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, de noviembre de 1864, decíamos:

«Si la emancipación de la clase obrera requiere su concurrencia fraternal, ¿cómo van a cumplir esa gran misión con una política exterior que persiga fines criminales, que juegue con los prejuicios nacionales y derroche en guerras piráticas la sangre y el tesoro de los pueblos?»

Y definíamos la política exterior que la Internacional se proponía en estos términos:

«Vindicar las simples leyes de la moral y la justicia, que deben regir las relaciones de los individuos particulares, como las leyes supremas del trato entre las naciones.»

No es de extrañar que Luis Bonaparte, que usurpó el poder explotando la lucha de clases en Francia y lo perpetuó mediante guerras periódicas en el exterior, tratara, desde el primer momento, a la Internacional como a un enemigo peligroso. En vísperas del plebiscito[A] ordenó una redada contra los miembros del Comité Administrativo de la Asociación Internacional de los Trabajadores en toda Francia, en París, Lyon, Ruan, Marsella, Brest, etc., bajo el pretexto de que la Internacional era una sociedad secreta dedicada a un complot para asesinarlo, pretexto cuya plena absurdidad quedó pronto al descubierto por sus propios jueces. ¿Cuál era el verdadero crimen de las secciones francesas de la Internacional? Habían dicho al pueblo francés pública y enérgicamente que votar el plebiscito equivalía a votar el despotismo en el interior y la guerra en el exterior. Fue, de hecho, obra suya que, en todas las grandes ciudades, en todos los centros industriales de Francia, la clase obrera se alzara como un solo hombre para rechazar el plebiscito. Desgraciadamente, la balanza la inclinó la profunda ignorancia de los distritos rurales. Las bolsas, los gabinetes, las clases dominantes y la prensa de Europa celebraron el plebiscito como una victoria señalada del emperador francés sobre la clase obrera francesa; y fue la señal del asesinato, no de un individuo, sino de naciones.

La trama guerrera de julio [19] de 1870[B] no es más que una edición corregida del golpe de Estado de diciembre de 1851. A primera vista, la cosa parecía tan absurda que Francia se negaba a creer en su auténtica seriedad. Prefería creer al diputado que denunciaba la charla bélica ministerial como una mera maniobra bursátil. Cuando, el 15 de julio, se anunció por fin oficialmente la guerra al Cuerpo Legislativo, toda la oposición se negó a votar los créditos preliminares; incluso Thiers la calificó de «detestable»; todos los periódicos independientes de París la condenaron y, cosa asombrosa, la prensa provincial se sumó casi unánimemente.

Entretanto, los miembros parisinos de la Internacional se habían puesto de nuevo manos a la obra. En Le Réveil del 12 de julio publicaron su manifiesto «A los obreros de todas las naciones», del que extraemos los siguientes pasajes:

«Una vez más —dicen—, bajo el pretexto del equilibrio europeo, del honor nacional, la paz del mundo se ve amenazada por ambiciones políticas. ¡Obreros franceses, alemanes, españoles! ¡Unamos nuestras voces en un solo grito de reprobación contra la guerra!

[...]

»La guerra por una cuestión de preponderancia o de dinastía no puede ser, a ojos de los obreros, más que una criminal absurdidad. En respuesta a las proclamas guerreras de quienes se eximen del impuesto de sangre y hallan en las desgracias públicas una fuente de nuevas especulaciones, protestamos nosotros, que queremos paz, trabajo y libertad.

[...]

»¡Hermanos de Alemania! Nuestra división solo conduciría al triunfo completo del despotismo a ambos lados del Rin...

»¡Obreros de todos los países! Cualquiera que sea por el momento el resultado de nuestros esfuerzos comunes, nosotros, los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que no conocemos fronteras, os enviamos, como prenda de indisoluble solidaridad, los buenos deseos y los saludos de los obreros de Francia.»

A este manifiesto de nuestra sección de París siguieron numerosas proclamas francesas similares, de las que aquí solo podemos citar la declaración de Neuilly-sur-Seine, publicada en La Marseillaise del 22 de julio:

«¿Es justa la guerra? ¡No! ¿Es nacional la guerra? ¡No! Es meramente dinástica. En nombre de la humanidad, de la democracia y de los verdaderos intereses de Francia, nos adherimos plena y enérgicamente a la protesta de la Internacional contra la guerra.»

Estas protestas expresaban el verdadero sentir de los trabajadores franceses, como pronto demostró un curioso incidente. La Banda del 10 de diciembre, organizada originariamente bajo la presidencia de Luis Bonaparte, fue disfrazada con blusas [es decir, para aparecer como obreros comunes] y lanzada a las calles de París, a fin de representar las contorsiones de la fiebre guerrera; entonces los verdaderos obreros de los arrabales (faubourgs) [barrios obreros] se echaron a la calle con manifestaciones públicas de paz tan arrolladoras que Pietri, el prefecto de Policía, consideró prudente poner fin de inmediato a toda ulterior política callejera, alegando que el auténtico pueblo de París había dado ya suficiente desahogo a su reprimido patriotismo y a su exuberante entusiasmo bélico.

Cualesquiera que sean los incidentes de la guerra de Luis Bonaparte con Prusia, el toque a muerto del Segundo Imperio ha sonado ya en París. Terminará, como empezó, en una parodia. Pero no olvidemos que son los gobiernos y las clases dominantes de Europa quienes permitieron a Luis Bonaparte representar durante dieciocho años la feroz farsa del Imperio restaurado.

Del lado alemán, la guerra es una guerra de defensa; pero ¿quién puso a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién permitió a Luis Bonaparte hacerle la guerra? ¡Prusia! Fue Bismarck quien conspiró con ese mismo Luis Bonaparte para aplastar la oposición popular en el interior y anexionar Alemania a la dinastía de los Hohenzollern. Si la batalla de Sadowa se hubiera perdido en vez de ganarse, batallones franceses habrían invadido Alemania como aliados de Prusia. Después de su victoria, ¿soñó Prusia un solo instante con oponer una Alemania libre a una Francia esclavizada? Todo lo contrario. Mientras conservaba cuidadosamente todas las bellezas nativas de su viejo sistema, añadió a ellas todas las artimañas del Segundo Imperio: su despotismo real y su simulacro de democratismo, sus tramoyas políticas y sus chanchullos financieros, su fraseología altisonante y sus vulgares prestidigitaciones. El régimen bonapartista, que hasta entonces solo florecía en una orilla del Rin, tenía ahora su falsificación en la otra. De semejante estado de cosas, ¿qué otra cosa podía resultar sino la guerra?

Si la clase obrera alemana permite que la presente guerra pierda su carácter estrictamente defensivo y degenere en una guerra contra el pueblo francés, tanto la victoria como la derrota resultarán igualmente desastrosas. Todas las miserias que cayeron sobre Alemania después de sus guerras de independencia revivirán con redoblada intensidad.

Los principios de la Internacional están, sin embargo, demasiado difundidos y demasiado firmemente arraigados en la clase obrera alemana para que haya que temer tan triste desenlace. Las voces de los obreros franceses hallaron eco en Alemania. Un mitin de masas de obreros, celebrado en Brunswick el 16 de julio, expresó su plena adhesión al manifiesto de París, rechazó la idea de un antagonismo nacional con Francia y coronó sus resoluciones con estas palabras:

«Somos enemigos de todas las guerras, pero sobre todo de las guerras dinásticas. ... Con profundo dolor y pesar nos vemos obligados a soportar una guerra defensiva como un mal inevitable; pero llamamos, al mismo tiempo, a toda la clase obrera alemana a hacer imposible la repetición de tan inmensa desgracia social, vindicando para los pueblos mismos el poder de decidir sobre la paz y la guerra, y haciéndolos dueños de sus propios destinos.»

En Chemnitz, una reunión de delegados en representación de cincuenta mil obreros sajones adoptó por unanimidad una resolución en este sentido:

«En nombre de la democracia alemana, y especialmente de los obreros que forman el Partido Demócrata-Socialista, declaramos que la presente guerra es exclusivamente dinástica. ... Nos alegra estrechar la mano fraternal que nos tienden los obreros de Francia. ... Conscientes de la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: Proletarios de todos los países, uníos, jamás olvidaremos que los obreros de todos los países son nuestros amigos y los déspotas de todos los países, nuestros enemigos.»

La sección de Berlín de la Internacional ha respondido asimismo al manifiesto de París:

«Nosotros —dicen— nos adherimos de corazón y de mano a vuestra protesta. ... Solemnemente prometemos que ni el son de las trompetas, ni el estruendo de los cañones, ni la victoria ni la derrota, nos apartarán de la obra común por la unión de los hijos del trabajo de todos los países.»

¡Así sea!

En el trasfondo de esta lucha suicida se cierne la figura sombría de Rusia. Es un signo ominoso que la señal para la guerra actual se haya dado en el preciso momento en que el gobierno moscovita acababa de terminar sus líneas férreas estratégicas y ya concentraba tropas en dirección al Prut.[C] Cualquiera que sea la simpatía que los alemanes puedan justamente reclamar en una guerra de defensa contra la agresión bonapartista, la perderían al instante si permitieran que el gobierno prusiano llamara o aceptara la ayuda del cosaco. Recuerden que, tras su guerra de independencia contra el primer Napoleón, Alemania permaneció postrada a los pies del zar durante generaciones.

La clase obrera inglesa tiende la mano de la solidaridad a los trabajadores franceses y alemanes. Está profundamente convencida de que, cualquiera que sea el sesgo que tome la horrible guerra que se cierne, la alianza de las clases obreras de todos los países acabará por matar la guerra. El hecho mismo de que, mientras la Francia y la Alemania oficiales se precipitan a una contienda fratricida, los obreros de Francia y de Alemania se envíen mutuamente mensajes de paz y de buena voluntad; este gran hecho, sin parangón en la historia del pasado, abre la perspectiva de un futuro más luminoso. Demuestra que, en contraste con la vieja sociedad, con sus miserias económicas y su delirio político, está surgiendo una sociedad nueva, cuya regla internacional será la Paz, porque su regla nacional será en todas partes la misma: ¡el Trabajo! La pionera de esa nueva sociedad es la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Capítulo 2: [Ocupación prusiana de Francia]