Mánchester, 21 de abril de 1870.

Querido Mohr:

Adjuntas de vuelta las cartas suizas. En todo caso, los ginebrinos han estado algo dormilones, de lo contrario no les habría podido ocurrir la mala pata de que los bakuninistas tengan el derecho formal de su parte frente a ellos. Esto no puede impedir, naturalmente, que los ginebrinos hayan de conservar la razón; pero, por el momento, el Consejo General no tiene motivo alguno para inmiscuirse, puesto que los ginebrinos han apelado a la votación en las secciones y vosotros tenéis que esperar con vuestra decisión hasta que ésta se haya producido de una u otra manera. Los bakuninistas probablemente no se prestarán a este referéndum, ya que su règlement fédéral probablemente no dice nada al respecto, y con ello se pondrían en evidencia, al querer sacrificar la unidad en la Internacional, y con ella la Internacional misma, a un formalismo vacío. Ése sería entonces motivo suficiente para intervenir. En caso contrario, los ginebrinos tienen que procurar esta vez tener la mayoría en su plebiscito. Hasta entonces, el Consejo General podría a lo sumo suspender a ambos comités centrales y sustituirlos por uno provisional neutral (Becker y otros).

En el fondo, está claro que la Alianza, incluso si es tolerada por el Consejo General, no tiene cabida en una organización local como la Suiza Romanda, puesto que pretende corresponder con todos los países y tener allí subsecciones. Por consiguiente, o bien debe mantenerse al margen de ella o bien debe renunciar a su carácter internacional. Entre tanto, si el asunto se desarrolla ulteriormente en Suiza, probablemente se llegará al punto de que o bien salga por completo de la Internacional o pueda ser expulsada. Pero desde luego habría que inculcar a los señores ginebrinos que no se les puede ayudar si no se ayudan a sí mismos. Si Bakunin lograra atraer a su lado a la mayoría de los obreros de la Suiza Romanda, ¿qué podría hacer el Consejo General? El único punto asible es el de la abstinencia absoluta, total, de toda política, pero tampoco este asidero sería tan seguro. Los señores ginebrinos también podrían haberse guardado su dios en el bolsillo.

Tuyo,
F. E.