El presente trabajo fue escrito en Londres en el verano de 1850, teniendo aún fresco el recuerdo de la reciente contrarrevolución; apareció en los números 5 y 6 de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, editada por Karl Marx, Hamburgo, 1850. Mis amigos políticos en Alemania desean que se reimprima, y accedo a su deseo porque, muy a mi pesar, la obra sigue siendo oportuna hoy.

No pretende proporcionar material procedente de investigación independiente. Por el contrario, todo el material sobre las revueltas campesinas y sobre Thomas Müntzer procede de Zimmermann. Su libro, pese a algunas lagunas aquí y allá, sigue siendo la mejor recopilación de datos objetivos. Además, el viejo Zimmermann amaba su tema. El mismo instinto revolucionario que le llevó a defender en todo el libro a la clase oprimida hizo de él más tarde uno de los mejores elementos de la extrema izquierda en Francfort.

Si, a pesar de todo, la exposición de Zimmermann carece de cohesión interna; si no consigue mostrar las controversias político-religiosas de la época como reflejo de las luchas de clases contemporáneas; si en estas luchas de clases no ve más que opresores y oprimidos, malvados y buenos, y el triunfo final de los malvados; si su descripción de las condiciones sociales que determinaron tanto el estallido como el resultado de la lucha es extremadamente deficiente, la culpa fue de la época en que surgió el libro. Por el contrario, para su tiempo, está escrito con bastante realismo y constituye una excepción digna de elogio entre las obras idealistas alemanas de historia.

Mi propia exposición, aunque solo esboza el curso histórico de la lucha en sus trazos más escuetos, intentaba explicar el origen de la Guerra Campesina, la posición de los diversos partidos que intervinieron en ella, las teorías políticas y religiosas con que esos partidos procuraban aclararse a sí mismos su posición y, por último, el resultado de la lucha como consecuencia lógica de las condiciones sociales de vida históricamente dadas de esas clases; es decir, intentaba mostrar la estructura política de la Alemania de entonces, las revueltas contra ella y las teorías políticas y religiosas de la época no como causas, sino como resultados del estadio de desarrollo de la agricultura, la industria, los caminos y vías fluviales, el comercio de mercancías y el dinero que imperaban entonces en Alemania. Esta, la única concepción materialista de la historia, no es obra mía, sino de Marx, y se encuentra también en sus trabajos sobre la Revolución francesa de 1848-49, publicados en la misma Revue, y en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

El paralelo entre la revolución alemana de 1525 y la de 1848-49 era demasiado obvio para ser ignorado del todo en aquel momento. Sin embargo, a pesar de la uniformidad en el desarrollo de los acontecimientos, en que diversos levantamientos locales fueron aplastados uno tras otro por un mismo ejército de los príncipes, a pesar de la semejanza a menudo ridícula en el comportamiento de los burgueses de las ciudades en ambos casos, la diferencia también era clara y nítida.

«¿Quién se benefició de la Revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién se benefició de la Revolución de 1848? Los grandes príncipes, Austria y Prusia. Detrás de los pequeños príncipes de 1525 estaban los pequeños burgueses, que ataban a los príncipes a sí mismos mediante impuestos. Detrás de los grandes príncipes de 1850, detrás de Austria y Prusia, están los modernos grandes burgueses, que rápidamente logran someterlos a su yugo por medio de la deuda nacional. Y detrás de los grandes burgueses están los proletarios.»*

Lamento tener que decir que en este párrafo se ha hecho demasiado honor a la burguesía alemana. Tanto en Austria como en Prusia ha tenido, en efecto, la oportunidad de «someter rápidamente» a la monarquía «a su yugo por medio de la deuda nacional», pero en ninguna parte ha hecho jamás uso de esa oportunidad.

Como consecuencia de la guerra de 1866, Austria cayó en el regazo de la burguesía como un regalo. Pero no sabe gobernar, es impotente e incapaz de nada. Solo puede hacer una cosa: atacar salvajemente a los trabajadores en cuanto empiezan a moverse. Sigue en el timón únicamente porque los húngaros la necesitan.

¿Y en Prusia? Cierto, la deuda nacional ha aumentado a pasos agigantados, el déficit se ha vuelto permanente, los gastos del Estado crecen de año en año, la burguesía tiene mayoría en la cámara y sin ella no se pueden aumentar los impuestos ni emitir empréstitos. Pero ¿dónde está su poder sobre el Estado? Solo hace pocos meses, cuando de nuevo había un déficit, la burguesía ocupó una posición inmejorable. Con solo resistir un poco más, hubiera podido arrancar concesiones de largo alcance. ¿Qué hace? Considera concesión suficiente que el gobierno le permita depositar a sus pies cerca de 9 millones, no un año, ¡oh no!, sino todos los años y para siempre jamás.

No quiero culpar a los pobres nacional-liberales* de la Cámara más de lo que merecen. Sé que han sido abandonados por los que están detrás de ellos, por la masa de la burguesía. Esta masa no quiere gobernar. Todavía lleva a 1848 en los huesos.

Más adelante se discutirá por qué la burguesía alemana muestra tan asombrosa cobardía.

En otros aspectos, la afirmación anterior se ha confirmado plenamente. A partir de 1850, la cada vez más clara relegación a un segundo plano de los pequeños Estados, que ahora solo sirven de palanca para las intrigas prusianas o austríacas; la lucha cada vez más violenta entre Austria y Prusia por la supremacía; y, por último, el arreglo impuesto por la fuerza en 1866, por el cual Austria conserva sus propias provincias, mientras Prusia subyuga, directa o indirectamente, todo el Norte, y los tres Estados del Sudoeste* quedan por el momento en la calle.

En toda esta grandiosa representación, solo lo siguiente tiene importancia para la clase obrera alemana:

Primero, que mediante el sufragio universal los obreros han obtenido el poder de estar directamente representados en la asamblea legislativa.

Segundo, que Prusia ha dado un buen ejemplo al engullirse tres coronas más por la gracia de Dios. Ni siquiera los nacional-liberales creen que, después de esta operación, siga poseyendo la misma corona inmaculada por la gracia de Dios que antes se atribuía.

Tercero, que actualmente solo hay en Alemania un adversario serio de la revolución: el gobierno prusiano.

Y cuarto, que los austríaco-alemanes tendrán por fin que decidir qué quieren ser, alemanes o austríacos; a quién prefieren pertenecer, a Alemania o a sus apéndices transleitanos extrapeninsulares.* Es evidente desde hace mucho tiempo que han de renunciar a una u otra cosa, pero los demócratas pequeñoburgueses lo han disimulado constantemente.

En cuanto a los demás puntos importantes relacionados con 1866, que desde entonces han sido debatidos hasta el hastío entre los nacional-liberales, por un lado, y el Partido Popular,* por otro, la historia de los próximos años debería demostrar que esos dos puntos de vista se hostilizan tan encarnizadamente solo porque son los polos opuestos de una misma y única estrechez de miras.

El año 1866 no ha cambiado casi nada en las relaciones sociales de Alemania. Las pocas reformas burguesas —unificación de pesos y medidas, libertad de circulación, libertad de trabajo, etc., todo ello dentro de los límites aceptables para la burocracia— no llegan siquiera a lo que la burguesía de otros países de Europa occidental disfruta desde hace mucho tiempo, y dejan intacto el principal abuso, el sistema burocrático de concesiones.* Para el proletariado, todas las leyes sobre libertad de circulación, derecho de naturalización, abolición de pasaportes, etc., se convierten de todos modos en completamente ilusorias por las prácticas policiales habituales.

Mucho más importante que la grandiosa representación de 1866 es el crecimiento de la industria y el comercio alemanes, de los ferrocarriles, los telégrafos y la navegación a vapor oceánica desde 1848. Por mucho que este progreso quede rezagado respecto al de Inglaterra, o incluso al de Francia, durante el mismo período, no tiene precedentes en Alemania y ha logrado más en veinte años de lo que antes se había conseguido en todo un siglo. Solo ahora ha sido Alemania arrastrada, de manera seria e irrevocable, al comercio mundial. El capital de los industriales se ha multiplicado con rapidez; la posición social de la burguesía ha subido en consecuencia. El signo más seguro de la prosperidad industrial —la estafa— se ha generalizado enormemente y ha uncido a condes y duques a su carro triunfal. El capital alemán construye ahora ferrocarriles rusos y rumanos —¡ojalá no se vaya a pique!—, mientras que hace solo quince años los ferrocarriles alemanes mendigaban ante los empresarios ingleses. ¿Cómo es posible, entonces, que la burguesía tampoco haya conquistado el poder político, que se comporte tan cobardemente frente al gobierno?

La desgracia de la burguesía alemana es llegar demasiado tarde, como es la manera favorita de los alemanes. El período de su florecimiento se produce en un momento en que la burguesía de los demás países de Europa occidental se encuentra ya en decadencia política. En Inglaterra, la burguesía solo pudo llevar a su verdadero representante, Bright, al gobierno mediante una ampliación del derecho de sufragio cuyas consecuencias están llamadas a poner fin a toda dominación burguesa. En Francia, donde la burguesía como tal, como clase en su conjunto, ostentó el poder solo dos años, 1849 y 1850, bajo la república, solo pudo proseguir su existencia social abdicando de su poder político en Luis Bonaparte y el ejército. Y habida cuenta de la interacción enormemente acrecentada de los tres países europeos más avanzados, ya no es posible hoy que la burguesía se instale cómodamente en el poder político en Alemania después de que esa dominación haya pasado ya sus días en Inglaterra y Francia.

Una peculiaridad de la burguesía, en contraste con todas las clases dominantes anteriores, es que en su desarrollo hay un punto de inflexión a partir del cual toda nueva expansión de sus medios de poder, y por tanto principalmente de su capital, solo contribuye a hacerla cada vez más inepta para la dominación política. «Detrás de los grandes burgueses están los proletarios.»* A medida que la burguesía desarrolla su industria, su comercio y sus medios de comunicación, en esa misma medida acrecienta el número del proletariado. En un momento determinado —que no se alcanza necesariamente en todas partes al mismo tiempo o en el mismo estadio de desarrollo— comienza a notar que su doble proletario la está sobrepasando. A partir de ese instante, pierde la fuerza necesaria para una dominación política exclusiva; busca en torno suyo aliados con quienes compartir su dominación, o a quienes cederla por completo, según lo exijan las circunstancias.

En Alemania, ese punto de inflexión para la burguesía llegó ya en 1848. Y, a decir verdad, entonces la burguesía alemana no estaba tan asustada por el proletariado alemán como por el francés. La batalla de junio de 1848 en París mostró a la burguesía lo que podía esperar; el proletariado alemán estaba lo bastante inquieto como para demostrarle que la semilla para la misma cosecha ya había sido sembrada también en suelo alemán; a partir de aquel día se cortó el filo a toda acción política burguesa. La burguesía buscó aliados a su alrededor, se vendió a ellos sin reparar en el precio… y aún hoy no ha dado un solo paso adelante.

Estos aliados son todos de naturaleza reaccionaria. Ahí están la monarquía con su ejército y su burocracia; la gran nobleza feudal; los pequeños hidalgos rurales, e incluso los curas. Con todos ellos pactó y transigió la burguesía, con tal de salvar su querida piel, hasta que al final no le quedó nada que ofrecer a cambio.

Y cuanto más se desarrollaba el proletariado, más cobraba conciencia de sí mismo como clase y actuaba como clase, tanto más pusilánimes se volvían los burgueses. Cuando la estrategia asombrosamente mala de los prusianos triunfó sobre la estrategia asombrosamente peor de los austríacos en Sadowa, era difícil decir quién exhaló un suspiro de alivio más profundo: el burgués prusiano, que también fue derrotado en Sadowa, o el austríaco.

En 1870, nuestros grandes burgueses actúan exactamente igual que los burgueses medios en 1525. En cuanto a los pequeñoburgueses, artesanos y tenderos, siempre serán los mismos. Esperan abrirse paso a fuerza de engaños hasta la gran burguesía; temen verse empujados al proletariado. Flotando entre el miedo y la esperanza, pondrán a salvo su precioso pellejo durante la lucha y se unirán al vencedor cuando la lucha haya terminado. Tal es su naturaleza.

La actividad social y política del proletariado ha seguido el ritmo del auge industrial desde 1848. El papel que los obreros alemanes desempeñan hoy en sus sindicatos, sociedades cooperativas, asociaciones políticas y en reuniones, elecciones y en el llamado Reichstag, basta por sí solo para probar la transformación que Alemania ha experimentado de manera imperceptible en los últimos veinte años. Redunda en honor de los obreros alemanes el hecho de que sólo ellos hayan logrado enviar obreros y representantes obreros al parlamento, mientras que ni los franceses ni los ingleses lo han conseguido hasta ahora.

Pero ni siquiera el proletariado ha superado aún el paralelo con 1525. La clase que depende exclusivamente de un salario durante toda su vida dista todavía mucho de ser la mayoría del pueblo alemán. Por eso, también se ve obligada a buscar aliados. Éstos sólo pueden encontrarse entre los pequeñoburgueses, el lumpenproletariado de las ciudades, los pequeños campesinos y los obreros agrícolas.

De los pequeñoburgueses ya hemos hablado más arriba. Son extremadamente poco fiables, salvo después de obtenida una victoria, cuando sus gritos en las cervecerías no conocen límites. Sin embargo, entre ellos hay muy buenos elementos que se unen a los obreros por propia voluntad.

El lumpenproletariado, esa escoria de elementos corrompidos de todas las clases, con sede en las grandes ciudades, es el peor de todos los aliados posibles. Esta chusma es absolutamente venal y absolutamente desvergonzada. Si los obreros franceses, en cada revolución, inscribían en las casas: «Mort aux voleurs!», ¡Muerte a los ladrones!, e incluso fusilaban a algunos, no lo hacían por reverencia a la propiedad, sino porque con razón consideraban necesario, ante todo, mantener a raya a esa pandilla. Todo dirigente obrero que utilice a estos canallas como guardias o se apoye en ellos se demuestra con ese solo acto traidor al movimiento.

Los pequeños campesinos —pues los campesinos más grandes pertenecen a la burguesía— son de otra índole. O bien son campesinos feudales que aún tienen que prestar servicios de corvea a su gracioso señor. Ahora que la burguesía ha faltado a su deber de liberar a esta gente de la servidumbre, no será difícil convencerles de que sólo pueden esperar la salvación de la clase obrera.

O bien son arrendatarios. En este caso, la situación es en gran parte la misma que en Irlanda. Las rentas se elevan tanto que en años de cosechas medianas el campesino y su familia apenas logran subsistir; cuando las cosechas son malas, está al borde de la inanición, no puede pagar la renta y, en consecuencia, queda enteramente a merced del terrateniente. La burguesía nunca hace nada por esta gente, a menos que se vea obligada a ello. ¿De quién, pues, han de esperar la salvación sino de los obreros?

Quedan los campesinos que cultivan sus propias pequeñas parcelas de tierra. En la mayoría de los casos están tan cargados de hipotecas que dependen del usurero tanto como el arrendatario del terrateniente. También para ellos no queda sino un magro salario, sumamente incierto, además, por haber años buenos y años malos. Esta gente es la que menos puede esperar nada de la burguesía, porque precisamente la burguesía, los usureros capitalistas, les chupan la sangre. Aun así, la mayoría de estos campesinos se aferra a su propiedad, aunque en realidad no les pertenece a ellos sino al usurero. No obstante, habrá que hacerles comprender que sólo podrán liberarse del usurero cuando un gobierno que dependa del pueblo haya convertido todas las hipotecas en deudas con el Estado, reduciendo así los tipos de interés. Y esto sólo puede lograrlo la clase obrera.

Dondequiera que predominen las fincas medianas y grandes, los obreros agrícolas constituyen la clase más numerosa del campo. Tal es el caso en todo el Norte y el Este de Alemania, y allí es donde los obreros industriales de las ciudades encuentran sus aliados más numerosos y más naturales. De la misma manera que el capitalista se enfrenta al obrero industrial, el terrateniente o el gran arrendatario se enfrenta al obrero agrícola. Las mismas medidas que ayudan al uno tienen que ayudar también al otro. Los obreros industriales sólo pueden liberarse transformando el capital de los burgueses, es decir, las materias primas, las máquinas y las herramientas y los medios de subsistencia que necesitan para trabajar en la producción, en propiedad de la sociedad, es decir, en su propia propiedad, utilizada por ellos en común. Del mismo modo, los obreros agrícolas sólo pueden ser rescatados de su horrible miseria cuando, ante todo, su principal objeto de trabajo, la tierra misma, sea sustraída a la propiedad privada de los grandes campesinos y de los señores feudales aún más grandes, convertida en propiedad pública y cultivada por asociaciones cooperativas de obreros agrícolas por cuenta común. Y aquí llegamos a la famosa resolución del Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Basilea, de que es interés de la sociedad transformar la propiedad territorial en propiedad común, nacional. Esta resolución se adoptó principalmente para los países donde existe gran propiedad territorial y, en consecuencia, se explotan grandes fincas con un amo y muchos obreros. Este estado de cosas predomina todavía en gran parte en Alemania, y por eso, después de Inglaterra, la resolución era de lo más oportuna precisamente para Alemania. El proletariado agrícola, los obreros agrícolas: ésa es la clase de la que se recluta el grueso de los ejércitos de los príncipes. Es la clase que, gracias al sufragio universal, envía ahora al parlamento al gran número de señores feudales y junkers; pero es también la clase más cercana a los obreros industriales de las ciudades, que comparte sus condiciones de vida y está sumida en una miseria aún mayor que ellos. Esta clase es impotente porque está dividida y dispersa, pero su poder latente es tan bien conocido por el gobierno y la nobleza que dejan que las escuelas se vengan abajo deliberadamente para mantenerla en la ignorancia. Es la tarea inmediata y más urgente del movimiento obrero alemán infundir vida a esta clase y atraerla al movimiento. El día en que la masa de los obreros agrícolas haya aprendido a comprender sus propios intereses, un gobierno reaccionario —feudal, burocrático o burgués— se hará imposible en Alemania.