Karl Marx

Las matanzas belgas

Según la hoja volante.

Del inglés.

A los trabajadores de Europa y de los Estados Unidos

En Inglaterra apenas pasa una semana sin huelgas —y huelgas de grandiosa envergadura—. Si el gobierno, en tales ocasiones, soltara a sus soldados contra la clase obrera, este país de las huelgas se convertiría pronto en el país de las matanzas, pero no por mucho tiempo. Tras unas cuantas pruebas semejantes de fuerza física, el poder de turno desaparecería. También en los Estados Unidos, durante los últimos años, las huelgas han aumentado sin cesar en número y extensión y, a veces, han cobrado incluso el carácter de motines. Sin embargo, no se ha derramado sangre. En algunos de los grandes estados militares del continente europeo, la era de las huelgas puede datarse desde el final de la Guerra de Secesión norteamericana. Mas tampoco aquí se ha derramado sangre. No hay más que un país en el mundo civilizado donde toda huelga es aprovechada con avidez y fruición como pretexto para masacrar oficialmente a la clase obrera. El país así singularmente agraciado es
Bélgica
, el estado modelo del constitucionalismo continental, el pequeño paraíso confortable, bien cercado, del terrateniente, del capitalista y del clérigo. La Tierra no completa su revolución anual con más seguridad que el gobierno belga su matanza anual de obreros. La matanza de este año sólo se distingue de la del año anterior por el número más horripilante de víctimas, por las atrocidades más espantosas de un ejército por lo demás ridículo, por el alborozo más estruendoso de la prensa clerical y capitalista y por la futilidad más desvergonzada del pretexto que esgrimen los carniceros del gobierno.

Ahora está demostrado, incluso por los informes que la prensa capitalista publicó imprudentemente, que la huelga perfectamente legal de los pudeladores de las ferrerías Cockerill en Seraing sólo fue transformada en motín por un fuerte destacamento de caballería y gendarmería lanzado de repente sobre la plaza para provocar al pueblo. Del 9 al 12 de abril, estos bravos guerreros no sólo se abalanzaron con sables y bayonetas sobre obreros inermes —mataron e hirieron indistintamente a pacíficos transeúntes, irrumpieron violentamente en domicilios privados y hasta se divirtieron lanzando repetidos y furiosos ataques contra los viajeros encerrados en la estación ferroviaria de Seraing. Pasados estos días de horror, se difundió el rumor de que el señor
Kamp
, alcalde de Seraing, era agente de la sociedad anónima Cockerill, que el ministro belga del Interior, un tal señor
Pirmez
, es el mayor accionista de una mina de carbón vecina igualmente en huelga, y que Su Alteza Real el príncipe de Flandes ha invertido 1.500.000 francos en las fábricas Cockerill. De ahí la conclusión verdaderamente asombrosa de que la matanza de Seraing habría sido una suerte de golpe de Estado de las sociedades anónimas, urdido en secreto entre la firma Cockerill y el ministro belga del Interior con el simple propósito de aterrorizar a sus subordinados descontentos. No obstante, esta calumnia quedó pronto rotundamente desmentida por los sucesos posteriores en el Borinage, un distrito carbonífero donde el ministro belga del Interior, el susodicho señor
Pirmez
, no parece ser el capitalista dirigente. Cuando en ese distrito una huelga abarcó a casi todos los mineros, se concentraron numerosas tropas que en Frameries iniciaron su campaña con una descarga de fusilería que mató a nueve mineros e hirió gravemente a veinte. Tras este pequeño preludio heroico, se proclamó la ley de motines, cómicamente llamada en francés “les sommations préalables”, y luego se continuó con la matanza.

Varios políticos atribuyen estos hechos increíbles a móviles de un elevado patriotismo. Dicen que, mientras el gobierno belga negociaba con el vecino francés ciertas cuestiones delicadas, era deber del gobierno demostrar el heroísmo de su ejército. De ahí aquella astuta distribución de las fuerzas que primero demostró, en Seraing, el ímpetu irresistiblemente impetuoso de la caballería belga, y luego, en Frameries, la fuerza inquebrantable de la infantería belga. Para infundir miedo al extranjero, ¿qué medio más infalible que esas batallas domésticas, imposibles de perder, y esos campos de batalla caseros, donde los cientos de obreros muertos, mutilados y hechos prisioneros arrojan un brillo tan glorioso sobre esos guerreros invulnerables que salen indemnes hasta el último hombre?

Otros políticos, en cambio, sospechan que los ministros belgas se han vendido a las Tullerías y que periódicamente representan estos terribles espectáculos de una parodia de guerra civil, para dar a Luis Bonaparte un pretexto para salvar la sociedad en Bélgica, tal como la salvó en Francia. Pero ¿se ha acusado alguna vez al exgobernador Eyre de haber organizado la matanza de negros en Jamaica para arrebatar aquella isla a Inglaterra y ponerla en manos de los Estados Unidos? Sin duda, los ministros belgas son excelentes patriotas según el modelo de Eyre. Tal como él fue el instrumento sin escrúpulos de los plantadores antillanos, ellos son el instrumento sin escrúpulos de los capitalistas belgas.

El capitalista belga se ha granjeado buena fama en el mundo por su excéntrica pasión por lo que él denomina la
libertad del trabajo
(la liberté du travail). Tan prendado está de la libertad de sus obreros, sin distinción de edad ni sexo, de trabajar para él todas las horas de su vida, que siempre ha rechazado con la mayor indignación toda ley fabril que menoscabe esa libertad. Ya la sola idea de que un vulgar obrero pudiera ser tan depravado como para aspirar a un fin más elevado que el de enriquecer a su señor y amo, su superior natural, lo hace estremecerse. No sólo quiere que su obrero siga siendo un miserable siervo, agobiado de trabajo y mal pagado, sino que, como todo esclavista, quiere que su obrero sea un reptil rastrero, sumiso, moralmente esclavizado y religiosamente humilde, de corazón contrito. De ahí su furia demencial contra las huelgas. Una huelga es para él una blasfemia, una revuelta de esclavos, la señal de un diluvio social. Revestid ahora a tales hombres —crueles por cobardía— con el poder estatal indiviso, incontrolado y, por tanto, absoluto, como de hecho sucede en Bélgica, y ya no os sorprenderá que en semejante país el sable, la bayoneta y el fusil se utilicen como instrumentos legítimos y normales para bajar los salarios y disparar las ganancias. Pero ¿a qué otros fines podría servir realmente el ejército belga? Cuando, a instancias de la Europa oficial, se declaró a Bélgica país neutral, se le debería haber prohibido, por supuesto, el costoso lujo de un ejército, a excepción, tal vez, de un puñado de soldados de parada indispensables para el juego de marionetas real. Sin embargo, Bélgica alberga, dentro de sus 536 millas cuadradas de superficie, un ejército permanente más numeroso que el del Reino Unido o los Estados Unidos. La misión de campaña de este ejército neutralizado se calcula, fatalmente, según sus
razias
contra la clase obrera.

Fácilmente se comprende que la
Asociación Internacional de los Trabajadores
no fuera un huésped bienvenido en Bélgica. Excomulgada por el
clero
, calumniada por la prensa respetable, pronto entró en conflicto con el gobierno. Éste no omitió esfuerzo para desembarazarse de ella, intentando hacerla responsable de las huelgas en las minas de carbón de Charleroi en 1867–1868, huelgas que, según la invariable regla belga, terminaron en matanzas oficiales y en la persecución judicial de las víctimas. No sólo fracasó esta maquinación del gobierno, sino que, gracias a las activas gestiones de la Asociación, todos los obreros acusados de Charleroi fueron declarados
inocentes
y, en consecuencia, el gobierno belga
culpable
. Encolerizados por esta derrota, los ministros belgas desahogaron sus corazones angustiados con violentas denuncias contra la
Asociación Internacional de los Trabajadores
desde la tribuna de la Cámara de Diputados, y declararon con grandilocuencia que jamás permitirían que el congreso general de la Internacional se reuniera en Bruselas. A pesar de esta amenaza, el congreso se celebró en Bruselas. Mas, al fin, la
Internacional
ha de sucumbir, sin duda, a la omnipotencia belga de 536 millas cuadradas. Su culpable complicidad en los últimos acontecimientos salta a la vista. Los emisarios del Comité Central de Bruselas para Bélgica y de otros comités locales han sido convictos de diversos actos abominables. Han intentado apaciguar a los obreros en huelga y prevenirlos contra las trampas gubernamentales. En algunas localidades han logrado incluso evitar el derramamiento de sangre. Finalmente, esos emisarios de mal agüero han realizado observaciones sobre el terreno, las han hecho certificar por testigos presenciales, las han consignado minuciosamente en actas y han denunciado públicamente los caprichos sanguinarios de los defensores del orden. Mediante el sencillo procedimiento del encarcelamiento, los emisarios fueron transformados de acusadores en acusados. Acto seguido, los domicilios de los miembros del comité de Bruselas fueron brutalmente asaltados, sus documentos confiscados y algunos de ellos detenidos bajo la acusación de pertenecer a una sociedad
“fundada con el propósito de atentar contra la vida y la propiedad de las personas”
. En otras palabras: se les acusó de pertenecer a una
sociedad de thugs
, denominada
Asociación Internacional de los Trabajadores
. Acosado por las capuchinadas de los clericales y los feroces aullidos de la prensa capitalista, este gobiernillo fanfarrón, después de haberse revolcado en un baño de sangre, se afana temerosamente por ahogarse en un mar de ridiculeces.

El Comité Central belga en Bruselas ya ha anunciado su intención de iniciar una investigación completa de las matanzas de Seraing y del Borinage y de publicar el resultado. Por nuestra parte, difundiremos sus revelaciones en diversas lenguas por todo el mundo, para abrir los ojos del mundo sobre la fanfarronada favorita del capitalista belga: La liberté, pour faire le tour du monde, n'a pas besoin de passer par ici (la Belgique).

El gobierno belga, que tras las revoluciones de 1848/49 logró una prórroga de vida convirtiéndose en el agente de policía política de los gobiernos reaccionarios del continente, se halaga quizás creyendo que hoy puede desviar nuevamente el peligro amenazante haciendo ostensiblemente el papel de gendarme del capital contra el trabajo. Mas esto es un gran error. En vez de detener la catástrofe, no hará sino acelerarla. Al convertir a Bélgica, para las masas populares del mundo entero, en palabra clave y hazmerreír, desaparece el último obstáculo que aún se opone a las apetencias de los déspotas que quisieran borrar su nombre del mapa de Europa.

El Consejo General de la
Asociación Internacional de los Trabajadores
exhorta a los trabajadores de Europa y de los Estados Unidos a organizar colectas de dinero para aliviar los sufrimientos de las viudas, las esposas y los hijos de las víctimas belgas, sufragar los costes de defensa de los trabajadores acusados y apoyar la investigación proyectada por el comité de Bruselas.

Por orden del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores:

R. Applegarth, Presidente

R. Shaw
, Secretario para América

Bernard
, Secretario para Bélgica

Eugène Dupont
, Secretario para Francia

Karl Marx
, Secretario para Alemania

Jules Johannard
, Secretario para Italia

A. Zabicki
, Secretario para Polonia

H. Jung
, Secretario para Suiza

Cowell Stepney
, Tesorero

J. G. Eccarius
, Secretario del Consejo General

Londres, 4 de mayo de 1869

Todas las donaciones para las víctimas de las matanzas belgas deben enviarse a la oficina del Consejo General: 256, High Holborn, Londres, W. C.