Informe del Consejo General

al Cuarto Congreso Anual, Basilea, septiembre de 1869

Ciudadanos:

Los delegados de las diferentes secciones os darán informes detallados sobre el progreso de nuestra Asociación en sus respectivos países. El informe de vuestro Consejo General se referirá principalmente a las escaramuzas entre el capital y el trabajo — nos referimos a las huelgas que durante el último año han perturbado el continente europeo, y de las que se decía que no habían brotado ni de la miseria del obrero ni del despotismo del capitalista, sino de las intrigas secretas de nuestra Asociación.

Pocas semanas después de la reunión de nuestro último Congreso, una huelga memorable de los tejedores de cintas y tintoreros de seda estalló en Basilea, ciudad que hasta nuestros días ha conservado muchos de los rasgos de una ciudad medieval, con sus tradiciones locales, sus estrechos prejuicios, sus patricios orgullosos de su bolsa y su dominación patriarcal del patrono sobre los obreros. Todavía hace pocos años, un fabricante de Basilea se jactaba ante un secretario de embajada inglés de que

«la posición del patrón y del obrero se hallaba aquí sobre un pie mejor que en Inglaterra», que «en Suiza el obrero que abandona a un buen patrón por salarios más elevados sería despreciado por sus propios compañeros de trabajo», y que «nuestra ventaja reside principalmente en la duración del tiempo de trabajo y la moderación de los salarios».

Veis, pues, el patriarcalismo, modificado por las influencias modernas, viene a reducirse a esto: que el patrón es bueno y sus salarios malos, que el obrero se siente como un vasallo medieval y es explotado como un moderno esclavo del salario.

Podemos apreciar mejor ese patriarcalismo por una investigación oficial suiza sobre el empleo de niños en las fábricas y el estado de las escuelas primarias públicas. Se comprobó que

«la atmósfera de las escuelas de Basilea es la peor del mundo; mientras que en el aire libre el ácido carbónico constituye solo 4 partes por 10.000, y en habitaciones cerradas no debería exceder de 10 partes, en las escuelas comunes de Basilea subía a 20-81 partes por la mañana y a 53-94 por la tarde». [1]

A lo cual un miembro del Gran Consejo de Basilea, el señor Thurneysei, replicó con flema:

«No os dejéis asustar. Los padres han pasado por aulas tan malas como las actuales, y, sin embargo, han salido con el pellejo sano». [2]

Se comprenderá ahora que una revuelta económica por parte de los obreros de Basilea no podía menos de señalar una época en la historia social de Suiza. Nada más característico que el punto de partida del movimiento. Existía una vieja costumbre de que los tejedores de cintas tuvieran unas horas de fiesta en la festividad de San Miguel. [3] Al reclamar los tejedores este pequeño privilegio a la hora acostumbrada en la fábrica de los señores Dubary e Hijos, uno de los patronos declaró, con voz áspera y gestos imperiosos: «Quien salga de la fábrica será despedido ahora y para siempre». [4] Al ver que sus protestas eran en vano, 104 de los 172 tejedores abandonaron el taller, pero sin creer en su despido definitivo, ya que patrón y obreros estaban obligados por contrato escrito a darse un preaviso de catorce días. Al regresar a la mañana siguiente, encontraron la fábrica rodeada de gendarmes que impedían la entrada a los rebeldes de la víspera, con los cuales se solidarizaron ahora todos los demás compañeros. [5] Viéndose así arrojados súbitamente del trabajo, los tejedores y sus familias fueron al mismo tiempo echados de las viviendas que alquilaban a sus patronos, quienes, para colmo, enviaron circulares a los tenderos [6] para impedir que los sin techo obtuvieran crédito para víveres. [7] La lucha así iniciada duró desde el 9 de noviembre de 1868 hasta la primavera de 1869. Los límites de nuestro informe no nos permiten entrar en detalles. Baste decir que surgió de un acto caprichoso y rencoroso de despotismo capitalista, de un cruel lock-out, que condujo a huelgas, interrumpidas de vez en cuando por compromisos, una y otra vez rotos por parte de los patronos, y que culminó en el vano intento del «Alto y Honorable Consejo de Estado» de Basilea de intimidar a los trabajadores mediante medidas militares y un cuasi estado de sitio.

Durante su sedición, los obreros fueron apoyados por la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero eso no fue todo. [8] Esa sociedad, decían los patronos, fue la que primero introdujo subrepticiamente el moderno espíritu de rebelión en la buena [9] y vieja ciudad de Basilea. Expulsar de nuevo a ese intruso maléfico de Basilea se convirtió, pues, en su gran preocupación. Se esforzaron mucho, aunque en vano, en imponer a sus súbditos, como condición de paz, el abandono de la misma. Salieron generalmente mal parados en su guerra contra la Internacional, y desahogaron su mal humor con extrañas piruetas. Poseyendo algunos establecimientos industriales filiales en Lörrach, en Baden, [10] estos republicanos indujeron al funcionario gran ducal [11] a suprimir la sección de la Internacional en aquel lugar, medida, sin embargo, que fue pronto revocada por el Gobierno de Baden. Cuando la Allgemeine Zeitung de Augsburgo, periódico de circulación mundial, pretendió informar sobre los acontecimientos de Basilea con espíritu imparcial, aquellos enfurecidos notables la amenazaron en cartas ridículas con retirar sus suscripciones. [12] A Londres enviaron expresamente un mensajero con la fantástica misión de averiguar las dimensiones de la «caja del tesoro» general de la Internacional. Cristianos ortodoxos como son, si hubieran vivido en los tiempos del cristianismo naciente, habrían espiado ante todo las cuentas bancarias de San Pablo en Roma.

Sus procedimientos torpemente salvajes les acarrearon algunas lecciones irónicas de sabiduría mundana por parte de los órganos capitalistas de Ginebra. [13] Sin embargo, pocos meses después, los toscos sacristanes de Basilea podrían haber devuelto el cumplido con interés usurario a los hombres de mundo de Ginebra.

En el mes de marzo estalló en Ginebra una huelga de los obreros de la construcción y una huelga de los tipógrafos, estando ambos gremios afiliados a la Internacional. La huelga de los constructores fue provocada por los patronos al dejar de lado una convención solemnemente acordada con sus obreros un año antes. La huelga de los tipógrafos no fue sino el desenlace de una querella de diez años que los obreros, durante todo ese tiempo, habían tratado en vano de resolver mediante cinco comisiones sucesivas. Como en Basilea, los patronos transformaron de inmediato sus disputas privadas con sus obreros en una cruzada estatal contra la Asociación Internacional de los Trabajadores. [14]

El Consejo de Estado de Ginebra envió policías a las estaciones de ferrocarril para recibir y aislar de todo contacto con los huelguistas a aquellos trabajadores extranjeros que los patronos pudieran ingeniarse para atraer con engaños. Permitió que la «Jeunesse Dorée», los prometedores vagos de «La Jeune Suisse», [15] armados de revólveres, asaltaran a trabajadores y trabajadoras en las calles y lugares públicos. Lanzó a sus propios matones policiales contra los obreros en diversas ocasiones, y señaladamente el 24 de mayo, cuando protagonizó en Ginebra, en pequeña escala, las escenas parisinas que Raspail ha estigmatizado como «Las orgías infernales de las porras». Cuando los obreros ginebrinos aprobaron en asamblea pública una petición al Consejo de Estado, pidiéndole que investigara esas orgías infernales de la policía, [16] el Consejo de Estado respondió con una repulsa burlona. [17] Evidentemente quería, a instancias de sus superiores capitalistas, [18] enfurecer al pueblo de Ginebra hasta provocar un motín, aplastar ese motín con la fuerza armada, barrer a la Internacional del suelo suizo y someter a los obreros a un régimen decembrista. Este plan fue frustrado por la acción enérgica y la influencia moderadora de nuestro Comité federal de Ginebra. Los patronos tuvieron que ceder al fin.

Y escuchad ahora algunas de las invectivas que los capitalistas ginebrinos y su prensa lanzaron contra la Internacional. En asamblea pública aprobaron una petición al Consejo de Estado, en la que aparece la frase siguiente: «El Comité de la Internacional en Ginebra arruina al cantón de Ginebra mediante decretos enviados desde Londres y París; quiere suprimir aquí toda industria y todo trabajo.» [19]

Uno de sus periódicos declaraba «que los dirigentes de la Internacional eran agentes secretos del Emperador [20] que, en el momento oportuno, muy probablemente se convertirían en acusadores públicos contra esta nuestra pequeña Suiza». [21]

Y esto de parte de los hombres que acababan de mostrarse tan apresurados en trasplantar de inmediato el régimen decembrista al suelo suizo, de parte de los magnates financieros, los verdaderos gobernantes de Ginebra y otras ciudades suizas, a quienes toda Europa sabe convertidos desde hace tiempo de ciudadanos de la república suiza en meros feudatarios del Crédit Mobilier francés y de otras asociaciones internacionales de estafa.

Las masacres con las que el Gobierno belga respondió en abril último a las huelgas de los pudeladores de Seraing y de los mineros de carbón del Borinage han sido expuestas por completo en el llamamiento del Consejo General a los obreros de Europa y de los Estados Unidos. [22] Considerábamos este llamamiento tanto más urgente cuanto que, con ese gobierno modelo de constitucionalismo, tales masacres de obreros no son un accidente, sino una institución. Al horrible drama militar sucedió una farsa judicial. En las actuaciones contra nuestro Comité General belga en Bruselas, cuyos domicilios fueron brutalmente allanados por la policía y muchos de cuyos miembros fueron puestos bajo arresto secreto, el juez de instrucción encuentra la carta de un obrero que pide 500 «Internationales», y de inmediato salta a la conclusión de que 500 hombres de combate iban a ser enviados al teatro de los acontecimientos. Los 500 «Internationales» eran 500 ejemplares de L'Internationale, el órgano semanal de nuestro Comité de Bruselas.

Un telegrama a París de un miembro de la Internacional, pidiendo cierta cantidad de pólvora, es desenterrado. [23] Después de una prolongada búsqueda, se da efectivamente con la peligrosa sustancia en Bruselas. Es polvo para matar alimañas. Por último, pero no lo último, la policía belga se vanagloriaba, en uno de sus registros domiciliarios, de haber dado con ese tesoro fantasma que obsesiona las grandes mentes del capitalista continental, a saber: el tesoro de la Internacional, cuyo fondo principal está bien guardado en Londres, pero cuyos ramales viajan continuamente a todas las sedes continentales de la Asociación. El investigador oficial belga creyó que estaba enterrado en cierta caja fuerte, escondida en un lugar oscuro. La agarra, la abre a la fuerza, y allí encontró… unos pedazos de carbón. Tal vez, al ser tocado por la mano de la policía, el oro puro de la Internacional se convierte de inmediato en carbón.

De las huelgas que, en diciembre de 1868, infestaron varios distritos algodoneros franceses, la más importante fue la de Sotteville-lès-Rouen. Los fabricantes del Departamento del Somme se habían reunido no mucho antes en Amiens, a fin de consultar cómo podrían subcotizar [24] a los fabricantes ingleses en el propio mercado inglés. Habiéndose asegurado de que, aparte de los derechos protectores, la relativa bajeza de los salarios franceses les había permitido hasta entonces principalmente defender a Francia de los algodones ingleses, infirieron naturalmente que una reducción aún mayor de los salarios franceses les permitiría invadir Inglaterra con algodones franceses. Los obreros algodoneros franceses, no lo dudaban, se sentirían orgullosos ante la idea de sufragar los gastos de una guerra de conquista que sus patronos habían resuelto tan patrióticamente librar al otro lado del Canal. Poco después se difundió el rumor de que los fabricantes algodoneros de Ruán y sus alrededores habían acordado, en cónclave secreto, la misma línea de política. Entonces se proclamó de repente una importante reducción de salarios en Sotteville-lès-Rouen, y por primera vez los tejedores normandos se alzaron contra las usurpaciones del capital. Actuaron bajo el ímpetu del momento. Ni antes habían formado un sindicato ni habían previsto medio alguno de resistencia. En su aflicción apelaron al comité de la Internacional en Ruán, el cual les encontró algún auxilio inmediato de los obreros de Ruán, de los distritos vecinos y de París. Hacia fines de diciembre de 1868, el Comité de Ruán se dirigió al Consejo General, en un momento de suma aflicción en todos los distritos algodoneros ingleses, de miseria sin igual en Londres y de depresión general en todos los ramos de la industria británica [25]. Este estado de cosas ha continuado en Inglaterra hasta el momento presente. A pesar de circunstancias tan sumamente desfavorables, el Consejo General pensó que el carácter peculiar del conflicto de Ruán incitaría a los obreros ingleses a la acción. Era esta una gran oportunidad para mostrar a los capitalistas que su guerra industrial internacional, librada mediante la reducción de salarios ora en este país, ora en aquel, sería frenada al fin por la unión internacional de las clases trabajadoras. Los obreros ingleses respondieron de inmediato a nuestro llamamiento con una primera contribución para Ruán, y el Consejo Sindical de Londres resolvió convocar, de acuerdo con el Consejo General, una reunión monstruo metropolitana en favor de sus hermanos normandos. Estas gestiones se detuvieron por la noticia del súbito cese de la huelga de Sotteville.

El fracaso de aquella revuelta económica quedó ampliamente compensado por sus resultados morales. Alistó a los obreros algodoneros normandos en el ejército revolucionario del trabajo, dio origen al nacimiento de sindicatos en Ruán, Elbeuf, Darnetal y los alrededores, y selló de nuevo el vínculo de fraternidad entre las clases obreras inglesa y francesa.

Durante el invierno y la primavera de 1869, la propaganda de nuestra Asociación en Francia quedó paralizada, a consecuencia de la violenta disolución de nuestra sección de París en 1868, las triquiñuelas policiales en los departamentos y el absorbente interés de las elecciones generales francesas.

Pasadas las elecciones, estallaron numerosas huelgas en las cuencas mineras del Loira, en Lyon y en muchos otros lugares. Los hechos económicos revelados durante estas luchas entre patronos y obreros impresionaron la mirada pública como otras tantas vistas disolventes de los abigarrados cuadros fantásticos de la prosperidad de la clase obrera bajo los auspicios del Segundo Imperio. Las reivindicaciones de reparación por parte de los obreros eran de carácter tan moderado y de naturaleza tan urgente que, tras alguna apariencia de airada resistencia, hubieron de ser concedidas, una y todas. El único rasgo extraño de aquellas huelgas fue su súbita explosión tras una aparente calma, y la rápida sucesión en que se siguieron unas a otras. Con todo, la razón de todo esto era simple y palpable. Habiendo probado con éxito sus fuerzas, durante las elecciones, contra su déspota público, los obreros se vieron naturalmente llevados a probarlas, después de las elecciones, contra sus déspotas privados. En una palabra, las elecciones habían agitado su ánimo. La prensa gubernamental, pagada, por supuesto, como lo está, para desfigurar y malinterpretar los hechos desagradables, atribuyó estos acontecimientos a una secreta consigna del Consejo General de Londres, el cual, decían, enviaba sus emisarios de un lugar a otro para enseñar a los obreros franceses, altamente satisfechos por lo demás, que era malo estar forzados a trabajar en exceso, mal pagados y brutalmente tratados. Un órgano de la policía francesa, publicado en Londres, el International —(véase su número del 3 de agosto)— se ha dignado revelar al mundo los motivos secretos de nuestra deletérea actividad.

«El rasgo más extraño —dice— es que las huelgas fueron ordenadas en países donde la miseria está lejos de hacerse sentir. Estas inesperadas explosiones, que ocurren tan oportunamente para ciertos vecinos nuestros que habían de temer ante todo la guerra, hacen que muchas gentes se pregunten si estas huelgas tuvieron lugar a petición de algún Maquiavelo extranjero, que hubiera sabido ganarse los favores de esta Asociación todopoderosa.» [26]

En el preciso momento en que este impreso policial francés nos imputaba el poner en aprietos al Gobierno francés mediante huelgas en el interior, a fin de desembarazar al conde Bismarck de la guerra en el exterior, un periódico prusiano [27] nos acusaba de poner en aprietos a la Confederación de la Alemania del Norte con huelgas, a fin de aplastar la industria alemana en beneficio de las manufacturas extranjeras.

Las relaciones de la Internacional con las huelgas francesas las ilustraremos con dos casos de carácter típico. En el primer caso, la huelga de St. Étienne y la consiguiente matanza de Ricamarie, el propio Gobierno francés no se atreverá ya a fingir que la Internacional tuviera nada que ver con él. En el caso de Lyon, no fue la Internacional la que lanzó a los obreros a las huelgas, sino que, por el contrario, fueron las huelgas las que lanzaron a los obreros a la Internacional.

Los mineros de St. Étienne, Rive-de-Giers y Firminy habían solicitado, con calma pero con firmeza, a los gerentes de las compañías mineras que redujeran la jornada de trabajo, que contaba 12 horas de duro trabajo subterráneo, y que revisaran la tarifa de salarios. Al fracasar su intento de un arreglo conciliatorio, se declararon en huelga el 11 de junio. Para ellos era, por supuesto, una cuestión vital asegurar la cooperación de los mineros que aún no se habían declarado en huelga para que se combinaran con ellos. [28] Para impedirlo, los gerentes de las compañías mineras solicitaron y obtuvieron del Prefecto del Loira un bosque de bayonetas. El 12 de junio, los huelguistas encontraron las minas de carbón bajo fuerte guardia militar. Para asegurarse del celo de los soldados que así les prestaba el gobierno, las compañías mineras pagaron a cada soldado un franco diario. Los soldados pagaron a las compañías atrapando, el 16 de junio, [29] a unos 60 mineros ansiosos por entablar conversación con sus hermanos en las minas de carbón. Estos prisioneros fueron escoltados a St. Étienne en la tarde del mismo día por un destacamento (150 hombres) del cuarto regimiento de línea. Antes de que estos esforzados guerreros se pusieran en marcha, un ingeniero de las minas Dorian les distribuyó 60 botellas de aguardiente, diciéndoles a la vez que debían vigilar atentamente a aquella banda de prisioneros, pues los mineros eran salvajes, bárbaros, hombres con la condena condicional. Con el aguardiente y con el sermón quedó así preparada una sangrienta colisión. Seguidos en su marcha por una multitud de mineros, con sus esposas e hijos, rodeados por ellos en un estrecho desfiladero en las alturas del Moncel, en el barrio de Ricamarie, intimados a entregar a los prisioneros, y ante su negativa, atacados por una lluvia de piedras, los soldados, sin previo aviso, dispararon con sus chassepots [30] a diestro y siniestro contra la multitud, matando a 15 personas, entre ellas dos mujeres y un niño, e hiriendo de gravedad a un número considerable. Las torturas de los heridos fueron horribles. Una de las víctimas fue una pobre muchacha de 12 años, Jenny Petit, cuyo nombre vivirá inmortal en los anales de la martiriología de la clase obrera. Alcanzada por dos balas por la espalda, una de las cuales se le alojó en la pierna, mientras la otra le atravesó la espalda, le rompió el brazo y le salió por el hombro derecho. «Les chassepots avaient encore fait merveille.»

Esta vez, sin embargo, el gobierno no tardó en descubrir que había cometido no sólo un crimen, sino un disparate. No fue aclamado como el salvador de la sociedad por la clase media. El consejo municipal de St. Étienne en pleno presentó su dimisión en un documento en el que denunciaba la canallada de las tropas e insistía en su retirada de la ciudad. [31] ¡La prensa francesa resonó con gritos de horror! Incluso periódicos tan conservadores como el Moniteur universel abrieron suscripciones para las víctimas. [32] El gobierno tuvo que retirar al odioso regimiento de St. Étienne. En circunstancias tan difíciles, fue una idea luminosa sacrificar en el altar de la indignación pública a un chivo expiatorio siempre a mano, [33] la Asociación Internacional de los Trabajadores. En el proceso judicial contra los llamados amotinados, el acta de acusación los dividió en 10 categorías, matizando muy ingeniosamente la oscuridad respectiva de su culpa. La primera clase, la más hondamente teñida, estaba compuesta por obreros [34] particularmente sospechosos de haber obedecido alguna consigna secreta venida del extranjero, emitida por la Internacional. Las pruebas fueron, por supuesto, abrumadoras, como lo mostrará el siguiente breve extracto de un periódico francés:

«El interrogatorio de los testigos no permitió establecer “claramente” la participación de la Asociación Internacional. Los testigos afirman únicamente la presencia, a la cabeza de las bandas, de algunos desconocidos, vistiendo blusas y gorras blancas. ¡Ninguno de los desconocidos ha sido arrestado, ni comparece en el banquillo. A la pregunta: ¿cree usted en la intervención de la Asociación Internacional?, un testigo responde: ¡Lo creo, pero sin prueba alguna!» [35]

Poco después de las matanzas de Ricamarie, abrieron la danza de las revueltas económicas en Lyon las obreras del devanado de la seda, en su mayoría mujeres. En su aflicción apelaron a la Internacional, [36] la cual, principalmente por medio de sus miembros en Francia y Suiza, les ayudó a triunfar. A pesar de todos los intentos de intimidación policial, proclamaron públicamente su adhesión a nuestra Sociedad, [37] e ingresaron formalmente en ella pagando las cotizaciones reglamentarias al Consejo General. En Lyon, como antes en Ruán, las obreras desempeñaron un noble y destacado papel en el movimiento. Otros oficios lioneses han seguido desde entonces la senda de las devanadoras de seda. Unos 10.000 nuevos miembros se ganaron así para nosotros en pocas semanas entre aquella heroica población que hace más de treinta años inscribió en su bandera la consigna del proletariado moderno: «¡Vivre en travaillant ou mourir en combattant!» [38]

Entretanto, el Gobierno francés continúa sus mezquinas vejaciones contra la Internacional. En Marsella se prohibió a nuestros miembros reunirse para la elección de un delegado a Basilea. La misma burda artimaña se puso en juego en otras ciudades. Pero los obreros del Continente, como en todas partes, empiezan por fin a comprender que el modo más seguro de obtener los propios derechos naturales es ejercerlos bajo el propio riesgo personal.

Los obreros austriacos, y especialmente los de Viena, aunque sólo entraron en su craso [39] movimiento después de los acontecimientos de 1866, ocuparon de inmediato un puesto ventajoso. Marcharon de inmediato bajo las banderas del socialismo y de la Internacional, a la cual, por medio de sus delegados en el reciente Congreso de Eisenach, se han afiliado ahora en masa.

Si en algún sitio ha mostrado la burguesía liberal su egoísmo instintivo, su inferioridad mental y su mezquino rencor contra la clase obrera, ha sido en Austria. Su ministerio, viendo el imperio distraído y amenazado por una lucha intestina de razas y nacionalidades, se abalanza sobre los obreros, los únicos que proclaman la fraternidad de todas las razas y nacionalidades. La propia burguesía, que ha conquistado su nueva posición no por heroísmo alguno propio, sino sólo por el señalado desastre del ejército austríaco, apenas capaz como es, y se sabe, de defender sus nuevas conquistas de los ataques de la dinastía, la aristocracia y el partido clerical, desperdicia no obstante sus mejores energías en el vil intento de privar a la clase obrera de los derechos de asociación, reunión pública, prensa libre y libre pensamiento. En Austria, como en todos los demás Estados de la Europa continental, la Internacional ha suplantado al *ci-devant spectre rouge*. [40]

Cuando el 13 de julio se perpetró una masacre de obreros en pequeña escala en Brünn, la ciudad algodonera de Moravia, el suceso fue atribuido a las instigaciones secretas de la Internacional, cuyos agentes, sin embargo, estaban desgraciadamente dotados del raro don de hacerse invisibles. [41]

Cuando algunos dirigentes de los obreros vieneses comparecieron ante el tribunal, el acusador público los estigmatizó como instrumentos del extranjero. Sólo que, para mostrar cuán concienzudamente había estudiado el asunto, cometió el pequeño error de confundir la Liga de la Paz y la Libertad, burguesa, con la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Si así se hostigaba al movimiento obrero en la Austria cisletana, en Hungría se le ha perseguido de manera desconsiderada. Sobre este punto han llegado al Consejo General los informes más fidedignos de Pest y Presburgo. Baste un ejemplo del trato dado a los obreros húngaros por las autoridades públicas. El señor von Wenckheim, ministro húngaro del Interior, se encontraba precisamente en Viena por asuntos públicos. [42]

Habiéndoseles prohibido durante meses las reuniones públicas e incluso los actos destinados a recaudar fondos para una caja de enfermedad, los obreros de Presburgo enviaron por fin delegados a Viena [43] para exponer allí mismo sus quejas al ilustre señor von Wenckheim. [44] Echando bocanadas de su cigarro, el ilustre los recibió con la siguiente invectiva intimidatoria: [45] «¿Sois obreros? ¿Trabajáis duro? [46] No tenéis que preocuparos de nada más. No necesitáis clubs públicos; y si os metéis en política, ya sabremos qué medidas tomar contra vosotros. No haré nada por vosotros. ¡Dejad que los obreros refunfuñen a sus anchas!». A la pregunta de los obreros de si el capricho de la policía seguiría prevaleciendo, el ministro liberal [47] respondió: «Sí, bajo mi responsabilidad». Tras una explicación algo prolongada pero inútil, los obreros abandonaron al ministro diciéndole: «Puesto que los asuntos de Estado influyen en la situación de los obreros, los obreros tienen que ocuparse de política, y ciertamente lo harán». [48]

En Prusia y el resto de Alemania, el año pasado se distinguió por la formación de sindicatos obreros en todo el país. En el reciente Congreso de Eisenach, los delegados de 150.000 [49] obreros alemanes, procedentes de la Alemania propiamente dicha, Austria y Suiza, han organizado un nuevo partido democrático social, con un programa que recoge literalmente los principios fundamentales de nuestros Estatutos. [50] Aunque la ley les prohíbe formar secciones de nuestra Asociación, no obstante se han adherido formalmente a ella al acordar [51] solicitar tarjetas individuales de membresía al Consejo General. En su congreso de Barmen, la Allgemeine Deutsche Arbeiterverein ha reafirmado también su adhesión a los principios de nuestra Asociación, pero declaró al mismo tiempo que la ley prusiana les prohibía unirse a nosotros. [52]

Nuevas ramas de nuestra Asociación han surgido en Nápoles, España y Holanda.

En Barcelona se publica ya un órgano español de nuestra Asociación, y en Ámsterdam uno holandés. [53]

Los laureles recogidos por el gobierno belga en los gloriosos campos de batalla de Seraing y Frameries parecen haber despertado realmente la celosa envidia de las grandes potencias. No es de extrañar, pues, que Inglaterra también tuviera este año que jactarse de su propia masacre de obreros. Los mineros del carbón de Gales, en la gran mina de Leeswood, cerca de Mold, en Denbighshire, habían recibido aviso repentino de una reducción de salarios por parte del gerente de aquellos trabajos, a quien desde hacía mucho tiempo tenían motivos para considerar un mezquino opresor incorregible. En consecuencia, recogieron ayuda de las hulleras vecinas y, además de agredirle, atacaron su casa y llevaron todos sus muebles a la estación de ferrocarril, imaginándose estos desdichados, en su ignorancia infantil, que así se deshacían de él para siempre. Por supuesto, se emprendieron acciones contra los alborotadores; pero uno de ellos fue rescatado por una multitud de 1.000 hombres y sacado de la ciudad. [54] El 28 de mayo, dos de los cabecillas debían ser conducidos ante los magistrados de Mold por la policía, bajo la escolta de un destacamento del 4.º Regimiento de línea, «The King's Own». Una multitud de mineros intentó rescatar a los prisioneros y, ante la resistencia de la policía y los soldados, les arrojaron piedras; los soldados —sin previo aviso— respondieron a la lluvia de piedras con una lluvia de balas de sus fusiles de retrocarga (fusiles Snider). [55] Cinco personas, dos de ellas mujeres, [56] resultaron muertas y muchas más heridas. Hasta aquí hay gran analogía entre las masacres de Mold y La Ricamarie, pero aquí cesa. En Francia, los soldados sólo eran responsables ante su comandante. En Inglaterra, tuvieron que pasar por una investigación de un jurado forense; pero este forense era un imbécil sordo y tonto, que tuvo que recibir las declaraciones de los testigos por una trompetilla acústica, y el jurado galés que lo apoyaba era un jurado de clase estrechamente prejuiciado. Declararon la masacre «homicidio justificable». [57]

En Francia, los alborotadores fueron condenados a penas de 3 a 18 meses de prisión, y poco después amnistiados. ¡En Inglaterra, fueron condenados a 10 años de trabajos forzados! En Francia, toda la prensa resonó con gritos de indignación contra las tropas. ¡En Inglaterra, la prensa sonreía a los soldados y fruncía el ceño a sus víctimas! Con todo, los obreros ingleses han ganado mucho perdiendo una ilusión grande y peligrosa. Hasta ahora se figuraban que sus vidas estaban protegidas por la formalidad del Acta de Disturbios (*Riot Act*) y la subordinación de los militares a las autoridades civiles. Ahora saben, por la declaración oficial del señor Bruce, el ministro liberal del Interior, en la Cámara de los Comunes —en primer lugar, que sin pasar por el proceso premonitorio de leer el Acta de Disturbios, cualquier magistrado rural, un cazador de zorras o un clérigo, tiene derecho a ordenar a las tropas que disparen sobre lo que le plazca considerar una multitud tumultuosa; y en segundo lugar, que el soldado puede hacer fuego por su propia cuenta, alegando defensa propia. [58] El ministro liberal se olvidó de añadir que, en estas circunstancias, todo hombre debería ser armado, a expensas públicas, con un fusil de retrocarga, en defensa propia contra el soldado.

La siguiente resolución fue aprobada en el reciente Congreso general de los *Trades Unions* ingleses en Birmingham:

«Que, así como las organizaciones locales del trabajo han desaparecido casi ante organizaciones de carácter nacional, creemos que la extensión del principio de libre comercio, que induce entre las naciones una competencia tal que el interés del obrero tiende a ser olvidado y sacrificado en la feroz carrera internacional entre capitalistas, exige que dichas organizaciones se extiendan aún más y se hagan internacionales. Y puesto que la Asociación Internacional de los Trabajadores se esfuerza por consolidar y extender los intereses de las masas trabajadoras, que son idénticos en todas partes, este Congreso recomienda cordialmente dicha Asociación al apoyo de los obreros del Reino Unido, especialmente de todos los cuerpos organizados, y les insta encarecidamente a afiliarse a ella, creyendo que la realización de sus principios conduciría también a una paz duradera entre las naciones de la tierra.»

Durante el pasado mayo, una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra parecía inminente. Por consiguiente, vuestro Consejo General envió un mensaje al Sr. Sylvis, presidente de la National Labour Union estadounidense, llamando a la clase obrera de los Estados Unidos a imponer la paz allí donde sus presuntos amos clamaban por la guerra.

La repentina muerte del Sr. Sylvis, ese valiente paladín de nuestra causa, justificará que concluyamos este informe, como homenaje a su memoria, con su respuesta a nuestra carta: [59]

«Su estimada del 12 del corriente, con el mensaje adjunto, me llegó ayer. Me alegra mucho recibir palabras tan amables de nuestros compañeros de trabajo del otro lado del océano: nuestra causa es común. Es la guerra entre la pobreza y la riqueza: el trabajo ocupa la misma condición baja, y el capital es el mismo tirano en todas partes del mundo. Por eso digo que nuestra causa es común. Yo, en nombre de los trabajadores de los Estados Unidos, les extiendo a ustedes, y por su medio a aquellos a quienes representan, y a todos los hijos e hijas del trabajo oprimidos y pisoteados en Europa, la diestra de la fraternidad. Adelante en la buena obra que han emprendido, hasta que el éxito más glorioso corone sus esfuerzos. Esa es nuestra determinación. Nuestra reciente guerra tuvo como resultado la edificación de la más infame aristocracia del dinero que existe sobre la faz de la tierra. Este poder del dinero está devorando rápidamente la sustancia del pueblo. Le hemos hecho la guerra, y estamos decididos a vencer. Si podemos, venceremos por medio de las urnas; si no, recurriremos a medios más enérgicos. Una pequeña sangría es a veces necesaria en casos desesperados.» [60]

Por orden del Consejo,

R. Applegarth, Presidente

Cowell Stepney, Tesorero

J. George Eccarius, Secretario General.

[La edición alemana añade: «Londres, 1 de septiembre de 1869. Oficina: 256, High Holborn, W.C.»]

2 Véase el Informe de la comisión que investiga el estado de las escuelas públicas en Suiza, citado de J. Ph. Becker, Die Internationale Arbeiter-Association und die Arbeiterbewegung in Basel im Winter 1868 auf 1869, Ginebra, 1869, p. 34.

3 En el folleto alemán esta frase reza así: «Según una vieja costumbre, los obreros de Basilea se toman un cuarto de día libre el último día de la Feria de Otoño». La siguiente frase comienza de este modo: «Cuando, el 9 de noviembre de 1868, los tejedores reclamaron…»

4 Véase «Bericht über die Arbeiterbewegung in Basel», Der Vorbote, núm. 12, diciembre de 1868, p. 177.

5 En lugar de «con quienes todos sus compañeros hicieron ahora causa común», el folleto alemán tiene dos frases separadas: «Incluso los tejedores que no se habían tomado el cuarto de día libre tampoco quisieron entrar. La consigna general era: “Todos o ninguno”».

6 El folleto alemán dice «carniceros, panaderos, tenderos de ultramarinos».

7 J. Ph. Becker, op. cit., p. 5.

8 Esta frase se omite en el folleto alemán.

9 En el folleto alemán se ha añadido la palabra «Imperial».

10 El folleto alemán dice «en Lörrach, un pueblo fronterizo de Baden situado cerca de Basilea».

11 El alemán tiene «magistrado local».

12 Allgemeine Zeitung, núms. 9 y 13, 9 y 13 de enero de 1869.

13 El folleto alemán dice «los capitalistas de Ginebra».

14 Véase L’Égalité, núms. 10, 11 y 13, 27 de marzo, 3 y 17 de abril de 1869.

15 Las palabras «los holgazanes esperanzados de La Jeune Suisse» se omiten en el folleto alemán.

16 «Adresse au Conseil d’État de la République de Genève. Genève, le 31 mai 1869», L’Égalité, núm. 20, 5 de junio de 1869.

17 E. Morhardt, «Genève, le 2 mai (lisez juin) 1869. Le Chancelier de la République et Canton de Genève», L’Égalité, núm. 20, 5 de junio de 1869.

18 Las palabras «a instancias de sus superiores capitalistas» se omiten en el folleto alemán.

19 L’Égalité, núm. 11, 3 de abril de 1869.

20 El folleto alemán dice «el emperador Napoleón».

21 L’Égalité, núm. 13, 17 de abril de 1869.

22 Véase este volumen, pp. 47-52.

23 El folleto alemán tiene el verbo stiebert, acuñado a partir de Stieber (sabueso, detective) —una alusión al jefe de la policía prusiana Stieber.

24 En el texto alemán esta palabra se da entre corchetes inmediatamente después del verbo alemán unterkaufen.

25 «British» se omite en el folleto alemán.

26 «La Dictature universelle», L’International, núm. 2345, 3 de agosto de 1868.

27 El folleto alemán dice «un periódico de los fabricantes renano-prusianos».

28 El folleto alemán dice «los mineros que continuaron trabajando».

29 La fecha se omite en el folleto alemán.

30 Las palabras «con sus chassepots» se omiten en el folleto alemán.

31 «Massacres de Saint-Étienne», La Liberté, núm. 105, 27 de junio de 1869.

32 Le Moniteur universel, núm. 172, 21 de junio de 1869.

33 Las palabras «siempre a mano» se omiten en el folleto alemán.

34 El folleto alemán dice «5 obreros».

35 «L’Internationalomanie», L’Internationale, núm. 33, 29 de agosto de 1869 (cursivas de Marx en la cita).

36 A. Richard, «Aux membres du Conseil général des sections belges. 6 juillet 1869», L’Internationale, núm. 26, 11 de julio de 1869.

37 «Déclaration au Conseil général de Londres. Lyon, 6 juillet 1869», L’Internationale, núm. 26, 11 de julio de 1869.

38 «Vivir trabajando o morir luchando». En el folleto alemán, la frase en francés va seguida de su traducción alemana entre paréntesis.

39 La palabra «clase» se omite en el folleto alemán.

40 Viejo espectro rojo (véase A. Romieu, Le spectre rouge de 1852, Bruselas, 1851).

41 El folleto alemán dice: «cuyos agentes poseían gorros mágicos».

42 El folleto alemán dice «con la delegación húngara».

43 En el folleto alemán se han añadido las siguientes palabras: «entre los cuales se encontraba el conocido agitador Niemtzik».

44 El folleto alemán dice «ante el ministro del Interior».

45 En lugar de «Resoplando y echando humo de su cigarro … con el apóstrofe intimidatorio», el folleto alemán dice: «Fue difícil conseguir audiencia de tan alto caballero, y cuando por fin se abrió la sala ministerial, el ministro recibió a los trabajadores de una manera bastante irrespetuosa».

46 En el folleto alemán se han añadido las siguientes palabras: «preguntó el ministro, resoplando de su cigarro y retorciéndolo en la boca».

47 La palabra «liberal» se omite en el folleto alemán.

48 Véase Volksstimme, núm. 9, 8 de agosto de 1869.

49 El folleto alemán dice «más de 150.000».

50 «Programm und Statuten der social-demokratischen Arbeiter-Partei», Demokratisches Wochenblatt, núm. 33, 14 de agosto de 1869.

51 El folleto alemán dice «resolvieron».

52 Esta frase se omite en el folleto alemán.

53 La Federación y De Werkman.

54 Esta frase se omite en el folleto alemán.

55 Las palabras entre corchetes se omiten en el folleto alemán.

56 El folleto alemán dice «y un niño».

57 Véase «Riot at Mold», The Bee-Hive, núm. 400, 12 de junio de 1869.

58 Marx se refiere al discurso de Bruce en la Cámara de los Comunes el 7 de junio de 1869, publicado en The Times, núm. 26442, 8 de junio de 1869.

59 En el folleto alemán la respuesta lleva la data: «Filadelfia, 26 de mayo de 1869».

60 La respuesta de Sylvis del 26 de mayo de 1869 a la carta del Consejo General se publicó en The Bee-Hive, núm. 400, 12 de junio de 1869.