Querido Mohr:

Ayer al mediodía llegué de vuelta aquí desde Ostende. Arribé a Londres a las 6¼ de la mañana, encontré un tren para acá a las 7½ y proseguí el viaje, pues apenas había dormido en toda la noche y no servía para nada más. Pensaba, por lo demás, que te habías marchado con Jenny, y me enteré de lo contrario sólo al llegar aquí.

Esta demora de tu partida me resulta algo extraña; no puedo imaginar que el Congreso de Basilea sea el único culpable, y tengo que preguntarme si acaso no se tratará de una cuestión de dinero. Cuando pediste £75 te envié 100, con la idea de que pudieras emplear el resto para el viaje; pero como no lo dije expresamente, quizá se le haya dado otro destino, y si así fuera, telegrafíame mañana por la mañana (a ser posible antes de las 10) cuánto necesitas. Pues probablemente saldremos mañana por la noche hacia Dublín, y yo iré a la ciudad hacia las 11 o las 12 a despachar los asuntos de dinero, y entonces puedo solventar eso también.

Estuve unos días en Engelskirchen. La gente en Alemania se vuelve cada vez más estúpida. Cierto es que el movimiento obrero se les aproxima de manera amenazadora, y todos coquetean con él y tienen remedios secretos de todo tipo, pero su entendimiento no se ha agudizado por ello, sino todo lo contrario. Mi señor hermano, por ejemplo, quería resolver la cuestión social «amortizando el trabajo», exactamente igual que amortiza las instalaciones fabriles, los edificios, la maquinaria, etc., y ello, por ejemplo, cargando un groschen al precio de cada libra de hilado y con eso indemnizar a los obreros que han devenido viejos, enfermos e inválidos. El bonhomme se quedó del todo asombrado cuando le expuse cuán descaradamente ingenua y absurda era esa historia, y prometió finalmente leer tu libro.

Sobre las cajas de socorro minero prusianas me dio un artículo de la Engel’s statist. Zeitschrift, según el cual las infamias más escandalosas de los estatutos sajones no se dan allí, pero por lo demás todo es igual.

El hombre más grande de Alemania es, sin discusión, Strousberg. El tipo será en breve emperador alemán. En todas partes a donde uno va, todo el mundo habla sólo de Strousberg. El tipo, por lo demás, no es tan malo. Mi hermano, que mantuvo negociaciones con él, me lo ha descrito con gran viveza. Tiene mucho humor y algunos rasgos geniales, y es en cualquier caso infinitamente superior al Railwayking Hudson. Está comprando ahora todos los establecimientos industriales imaginables, y en todas partes reduce de inmediato la jornada de trabajo a 10 horas, sin rebajar el salario. A la vez tiene la clara conciencia de que acabará siendo un pobre diablo. Su principio fundamental es: estafar sólo a los accionistas, pero ser coulant con los proveedores industriales y con los demás industriales. En Colonia vi su retrato expuesto; nada mal, jovial. Su pasado es completamente oscuro; según unos es jurista de formación, según otros regentó un burdel en Londres.

Wilhelmchen ha caído ya tan bajo que ni siquiera se atreve a decir que Lassalle te plagiara, y además falsamente. Con eso le han cortado los testículos a toda la biografía, y por qué luego la sigue imprimiendo, sólo él puede saberlo. ¡Hasta ha hecho nombrar al miserable Felleisen, y no siquiera al Vorbote, como órgano de los imbéciles en Suiza! ¡Vaya una compañía espléndida! Comparad el debate sobre el partido obrero soc.-dem., dem.-soc., o s.d. + d.s. en el Congreso de Eisenach. ¡Y Rittinghausen, su profeta!

Del 18 Brumario, Wilhelm sigue sin decir palabra. ¡Ahí tendría también que «omitir» unas cuantas cosas que podrían «ofenderle» a él y a otros!

Con los mejores saludos de todos nosotros a todos vosotros.

Tuyo,
F. E.

Adjunto, retrato para hacerlo llegar al zoólogo Vogt. Liebknecht puede transmitírselo por medio de su amigo Vogt, vía Goegg. Es democrático por delante y socialista por detrás, es decir, enteramente ortodoxo dem.-soc.