Friedrich Engels

Karl Marx

Escrito hacia el 28 de julio de 1869.

["Die Zukunft" n.º 185 del 11 de agosto de 1869]

En Alemania se ha tomado la costumbre de ver en Ferdinand Lassalle al iniciador del movimiento obrero alemán. Y, sin embargo, nada más inexacto. Si hace seis, siete años, en todos los distritos fabriles, en todas las grandes ciudades, centros de la población trabajadora, el proletariado afluyó a él en masa, si sus viajes fueron marchas triunfales que los príncipes territoriales podían envidiarle, ¿acaso no había sido antes abonado el terreno en silencio para que diera frutos tan rápidamente brotados? Si los obreros prorrumpían en aclamaciones ante sus doctrinas, ¿ocurría esto porque esas doctrinas eran nuevas para ellos o porque ya desde mucho antes eran más o menos conocidas por los más conscientes de entre ellos?

La generación actual vive rápido y olvida rápido. El movimiento de los años cuarenta, que culminó en la revolución de 1848 y halló su término en la reacción de 1849 a 1852, ha caído ya en el olvido, junto con su literatura política y socialista. Por ello hay que recordar que antes de la revolución de 1848 y durante ella, existió entre los obreros, sobre todo en el oeste de Alemania, un partido socialista bien organizado que, aun cuando se disgregó tras el proceso de los comunistas de Colonia, continuó preparando calladamente, a través de sus miembros individuales, el terreno del que más tarde se apoderó Lassalle. Hay que recordar asimismo que existía un hombre que, además de la organización de ese partido, había hecho del estudio científico de la llamada cuestión social, es decir, de la crítica de la economía política, la tarea de su vida, y que ya antes de 1860 había publicado resultados significativos de sus investigaciones. Lassalle era una cabeza de gran talento y de formación polifacética, un hombre de gran energía y versatilidad casi ilimitada; estaba hecho del todo para desempeñar, en cualquier circunstancia, un papel político. Pero no fue el iniciador originario del movimiento obrero alemán, ni fue un pensador original. Todo el contenido de sus escritos era tomado en préstamo, y no sin malentendidos; tuvo un precursor y un superior intelectual, cuya existencia silenciaba, por cierto, mientras vulgarizaba sus escritos; y ese superior intelectual se llama Karl Marx.

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, donde cursó sus estudios de bachillerato. Estudió derecho en Bonn y posteriormente en Berlín, donde, sin embargo, la dedicación a la filosofía no tardó en apartarlo de la jurisprudencia. Tras cinco años de residencia en la «metrópoli de la inteligencia», regresó en 1841 a Bonn, con la intención de habilitarse allí. Por aquel entonces imperaba en Prusia la primera «Nueva Era». Federico Guillermo IV había declarado que amaba una oposición de convicciones firmes, y en varios lugares se intentó organizar una oposición así. De ese modo se fundó en Colonia la «Rheinische Zeitung»; en ella criticó Marx, con una audacia entonces insólita, las deliberaciones de la Dieta provincial renana, en artículos que causaron gran sensación. A fines de 1842 asumió él mismo la redacción y dio tanto quehacer a la censura que se le concedió el honor de enviar de Berlín un censor especial para la «Rheinische Zeitung». Como tampoco esto sirvió de nada, el periódico tuvo que pasar por una doble censura, sometiéndose cada número, además de a la censura ordinaria, en segunda instancia a la del presidente del gobierno de Colonia. Pero tampoco este recurso sirvió de nada contra la «obstinada malevolencia» de la «Rheinische Zeitung»; y a principios de 1843, el ministerio promulgó un decreto en virtud del cual la «Rheinische Zeitung» debía cesar al final del primer trimestre. Marx renunció de inmediato, ya que los accionistas pretendían hacer un intento de conciliación; pero éste también fracasó y el periódico dejó de aparecer.

La crítica de las deliberaciones de la Dieta renana obligó a Marx a estudiar cuestiones de interés material. Aquí se le presentaron nuevos puntos de vista, puntos de vista que no estaban previstos ni por la jurisprudencia ni por la filosofía. Enlazando con la filosofía del derecho de Hegel, Marx llegó a la convicción de que no era el Estado, presentado por Hegel como «coronación del edificio», sino más bien la «sociedad burguesa», tan madrastramente tratada por éste, la esfera en la que debía buscarse la clave para la comprensión del proceso de desarrollo histórico de la humanidad. Ahora bien, la ciencia de la sociedad burguesa es la economía política, y esta ciencia no podía ser estudiada a fondo en Alemania, sino sólo en Inglaterra o en Francia.

Tras su matrimonio con la hija del consejero de gobierno von Westphalen en Tréveris (hermana del que sería luego ministro prusiano del Interior, von Westphalen), Marx se trasladó, por tanto, en el verano de 1843 a París, donde se dedicó principalmente al estudio de la economía política y de la historia de la gran Revolución Francesa. Al mismo tiempo, editó con Ruge los «Deutsch-Französische Jahrbücher», de los cuales, sin embargo, sólo apareció un volumen. En 1845, expulsado de Francia por Guizot, se fue a Bruselas y permaneció allí, ocupado en los mismos estudios, hasta el estallido de la Revolución de Febrero. Cuán poco se conformaba con el socialismo en boga, incluso en su forma más docta, lo demostró con su crítica de la gran obra de Proudhon «Philosophie de la misère», que apareció en 1847 con el título de «Misère de la philosophie», Bruselas y París. En este escrito se encuentran ya muchos puntos esenciales de su teoría, expuesta ahora con detalle. También el «Manifiesto del Partido Comunista», Londres 1848, escrito antes de la Revolución de Febrero y adoptado por un congreso obrero en Londres, es sustancialmente obra suya.

Expulsado de nuevo por el gobierno belga bajo el influjo del pánico de la Revolución de Febrero, Marx regresó a París a invitación del gobierno provisional francés. La marea tormentosa de la revolución hizo pasar a segundo plano todas las ocupaciones científicas; se trataba ahora de intervenir en el movimiento. Después de que Marx, durante los primeros días de agitación, hubiera trabajado contra el desvarío de los agitadores que pretendían organizar a los obreros alemanes como cuerpos francos para republicanizar Alemania desde Francia, se dirigió con sus amigos a Colonia y fundó allí la «Neue Rheinische Zeitung», que se mantuvo hasta junio de 1849 y cuyo recuerdo sigue vivo en Renania. Quizá en ningún lugar se haya explotado con tanto éxito la libertad de prensa de 1848 como lo hizo entonces, en medio de una fortaleza prusiana, aquel periódico. Después de que el gobierno intentara en vano acabar con el periódico mediante persecuciones judiciales —Marx compareció dos veces ante los tribunales de assises por delitos de prensa y por incitación a la negativa al pago de impuestos, y fue absuelto en ambas ocasiones—, el periódico fue derribado durante los levantamientos de mayo de 1849, expulsándose a Marx con el pretexto de haber perdido su nacionalidad prusiana, y a los demás redactores bajo pretextos parecidos. Marx tuvo que ir de nuevo a París, de donde fue expulsado otra vez, dirigiéndose ya en el verano de 1849 a su actual domicilio, Londres.

En Londres se hallaba reunida por entonces toda la fine fleur |flor| de la emigración continental de todas las naciones. Se formaron comités revolucionarios de toda clase, combinaciones, gobiernos provisionales in partibus infidelium, hubo disputas y querellas de todo tipo, y los señores que en ellas participaron vuelven ahora la vista hacia aquel período, seguramente, como al más fracasado de su vida. Marx se mantuvo alejado de todas aquellas maquinaciones. Durante un tiempo continuó su «Neue Rheinische Zeitung» en forma de revista mensual (Hamburgo 1850); luego se retiró al British Museum y exploró, en su vertiente de economía política, la enorme y en gran parte aún desconocida biblioteca de aquel lugar. Al mismo tiempo escribía regularmente para la «New-York Tribune»; fue, por así decirlo, el redactor de política europea de este primer diario angloamericano hasta el estallido de la Guerra Civil americana.

El golpe de Estado del 2 de diciembre le movió a escribir un folleto, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», Nueva York 1852, que precisamente ahora aparece en nueva reimpresión (Hamburgo, Meißner) y que no poco contribuirá a la comprensión de la precaria situación en que ese mismo Bonaparte ha venido a caer justo ahora. El héroe del golpe de Estado es presentado aquí en su desnuda realidad, tal como aparece sin la gloria con que el éxito momentáneo le había rodeado. El filisteo que tiene a su Napoleón III por el más grande hombre del siglo y que ahora no puede explicarse cómo este genio prodigioso comete de pronto torpeza tras torpeza y un error político tras otro —dicho filisteo puede hallar consejo en el mencionado trabajo de Marx.

Del mismo modo que Marx no se puso nunca en primer plano durante toda su estancia en Londres, Karl Vogt le forzó, sin embargo, después de la campaña italiana de 1859, a una polémica que concluyó con la obra de Marx «Herr Vogt», Londres 1860. Por esa misma época apareció el primer fruto de sus estudios de economía política: «Zur Kritik der politischen Oekonomie», Berlín 1859, primer fascículo. Este fascículo contiene únicamente la teoría del dinero, expuesta desde puntos de vista completamente nuevos; la continuación se hizo esperar, porque el autor descubrió entretanto tanto material nuevo que consideró necesarios nuevos estudios.

En 1867 apareció por fin en Hamburgo: «El Capital. Crítica de la economía política», tomo primero. Esta obra contiene los resultados del estudio de toda una vida. Es la economía política de la clase obrera, reducida a su expresión científica. No se trata aquí{1} de frases agitatorias, sino de deducciones rigurosamente científicas. Cualquiera que sea la actitud que se adopte frente al socialismo, se habrá de reconocer, en todo caso, que aquí ha sido expuesto por primera vez de manera científica, y que precisamente a Alemania le estaba reservado realizar esa hazaña también en este campo. Quien ahora quiera aún combatir el socialismo tendrá que vérselas con Marx; si lo consigue, entonces, por supuesto, no necesitará mencionar a los dei minorum gentium |dioses de linaje inferior|.

Pero el libro de Marx ofrece también interés por otro lado. Es el primer escrito en que las relaciones efectivas que existen entre el capital y el trabajo se exponen de manera completa y panorámica, en su forma clásica tal como la han alcanzado en Inglaterra. Las investigaciones parlamentarias proporcionaron para ello un material abundante, que abarca un período de casi cuarenta años y que, incluso en Inglaterra, era casi desconocido, sobre las condiciones de los obreros en casi todas las ramas industriales, sobre el trabajo de mujeres y niños, sobre el trabajo nocturno, etc.; todo esto se ha hecho accesible aquí por primera vez. A ello se añade la historia de la legislación fabril en Inglaterra, la cual, partiendo de los modestos inicios de la primera ley de 1802, ha llegado ahora a limitar el tiempo de trabajo en casi todas las ramas de negocio explotadas fabril o domiciliariamente, a 60 horas semanales para mujeres y jóvenes menores de 18 años, y a 39 horas semanales para niños menores de 13 años. Por este lado, el libro es del máximo interés para cualquier industrial.

Durante largos años, Marx ha sido sin duda el escritor alemán “más calumniado”, cosa que nadie le podrá negar, como tampoco que él se defendió bravamente y que sus golpes dieron siempre en el blanco. Pero la polémica, en la que tanto “hizo”, no fue para él, en el fondo, sino un acto de legítima defensa. Su interés propio radicó siempre, al fin y al cabo, en su ciencia, que durante veinticinco años estudió y meditó con una escrupulosidad que no tiene par; una escrupulosidad que le impidió presentar ante el público sus conclusiones en forma sistemática antes de que, por la forma y el contenido, le satisficieran a él mismo, antes de que estuviera seguro de no haber dejado ningún libro sin leer, ninguna objeción sin ponderar, de haber agotado por completo cada punto. En esta época de epígonos, los pensadores originales son muy escasos; pero cuando un hombre no es solamente un pensador original, sino que posee además en su especialidad una erudición sin igual, merece doble reconocimiento.

Aparte de sus estudios, Marx se ocupa del movimiento obrero, como no podía esperarse otra cosa; es uno de los fundadores de la Asociación Internacional de Trabajadores, que en los últimos tiempos hizo tanto hablar de sí y que ya ha demostrado en más de un lugar de Europa que es una potencia. Creemos no equivocarnos al afirmar que también en esta sociedad, que en todo caso hace época en el movimiento obrero, el elemento alemán —gracias precisamente a Marx— ocupa la posición influyente que le corresponde.

{1}
En el manuscrito se inserta: no por propaganda política