Querido Fred:

La desvergüenza de Wilhelm de lanzar bulas de excomunión en nombre del Consejo General de la Internacional es realmente colosal. Le había escrito diciéndole que personalmente me mantendría al margen de este escándalo (la vieja cerda de Hatzfeldt no desea nada con más fervor que meterme en él), tanto más cuanto que estoy tan decididamente en contra de la camarilla de Lassalle como del «Partido Popular». Añadí que Wilhelm podía anunciar (esto contra Schweitzer) que en Basilea sólo se admitiría a representantes de miembros efectivos (según los acuerdos del Congreso de Bruselas). Así lo hizo en un párrafo del penúltimo número. Después de haberme solicitado en vano que emprendiera pasos oficiales contra S., ¡ha tenido la desvergüenza de meterme a la fuerza en este escándalo! Al recibir el último semanario, le escribí en el acto una carta de lo más grosera, en la que le recuerdo cuántas veces me ha comprometido ya, y le declaré directamente que lo desautorizaré públicamente en cuanto vuelva a cometer una insolencia semejante. (Insolencia que, además, miente descaradamente, pues el Consejo General jamás ha sometido a discusión el asunto de Schweitzer y demás, y menos aún a resolución alguna.) Ahora depende de cómo se presente S., que ha sido gravemente provocado. A Herr Wilhelm me lo «sacudiré» si me enreda por tercera vez en una porquería. Ese sujeto ni siquiera tiene la excusa de seguirnos a las duras y a las maduras. Hace sus estupideces por cuenta propia, nos traiciona cuando se le antoja y nos identifica con él en cuanto no sabe salir del atolladero de otro modo.

Desde hace unos 6 días tengo un fuerte carbunco en el brazo izquierdo, lo que con «este calor» no es nada agradable. Tuve además otra contrariedad «familiar». Observé, en efecto, desde hace algún tiempo, que mi mujer no sale con el dinero que le doy semanalmente, aunque los gastos no han aumentado en absoluto. Como no quiero volver a endeudarme de ninguna manera, y como el dinero que le di el lunes pasado ya se había «acabado» ayer nuevamente, le pedí explicaciones. Entonces salió a relucir la insensatez de las mujeres. En la lista de deudas que me había hecho para ti, había suprimido unas 75 libras, que ahora intentaba ir pagando poco a poco con el dinero de la casa. Pregunté: ¿por qué? Respuesta: ¡Había tenido miedo de soltar la gran suma total! ¡Las mujeres, evidentemente, necesitan siempre tutela!

Jennychen regresó ayer. Aunque ya ha pasado medio año, Frau Monroe aún no le ha pagado. ¡Los escoceses se aferran al cash!

Respecto al viaje, no sé qué hacer. Sabes que mi único propósito en este asunto es proporcionar a Jennychen una distracción casi indispensable para él. Pero la enfermedad de Kugelmann lo ha cambiado todo. Yo no iría a Karlsbad para ser su compañero de enfermedad, ni siquiera si hubiera proyectado un viaje para mí. ¡Y menos aún dejar a la niña con Frau Kugelmann como acompañante! De eso no puede salir absolutamente nada. Seguramente me escribirás tu opinión sobre lo que hay que hacer.

¡El descubrimiento de Herr Schweitzer de que el Comité de Ginebra se compone predominantemente de obreros es bueno! ¡Bakunin y Schweitzer, consejeros de Estado! La tambaleante situación de Bonaparte pronto provocará defecciones entre los generales. Entre Prusia y Rusia parece existir una querella no del todo «simulada».

El lunes le escribí a Meißner de forma sucinta y grosera.

Laura, Lafargue e hijo están ahora alojados en Dieppe. Mi carta al viejo Lafargue de París ha surtido el efecto deseado.

Salud
D
Mohr.

Tanto de las cartas de Liebknecht como de la de Fritzsche se desprende claramente que el amable Wilhelm ha dirigido a este último a mí por el dinero. La idea que los alemanes se hacen en general de nuestros recursos pecuniarios la ves también por la carta adjunta de Kugelmann, a propósito de Bracke. Esos tipos jamás han enviado ni un penique. El Consejo General debe 5 semanas de alquiler y le debe a su secretario. ¡Ideas singulares!

La historia de la biografía no necesito verla. Parece ser una especie de manía en Kugelmann.