Manchester, 1 de julio de 1869

Querida madre:

Hoy es el primer día de mi libertad, y no puedo emplearlo mejor que escribiéndote enseguida. Ayer, por fin, he llegado a un acuerdo con G. Ermen en todos los puntos principales. El borrador del contrato, tal como su abogado lo había redactado, era tal que nunca lo habría firmado. Yo me comprometía a no hacerle competencia durante 5 años, es decir, a no fabricar ni vender hilados de algodón blanqueados, teñidos o aprestados. Eso era en regla. Pero su abogado lo había dispuesto de manera que, si yo quebrantaba esta o aquella estipulación, tendría que pagar de antemano una multa que para los distintos casos ascendía desde £100 hasta £1000. De modo que, en esas multas, habría tenido que devolver a G. E. más que las £1750 que se me pagaron, sin hablar siquiera de las costas procesales. Mi abogado me aconsejó decididamente no aceptarlo en absoluto, y así tachamos toda esta historia, casi la mitad del borrador entero.

Luego había otro punto, a saber, la continuación de la firma E. & E. por Gottfried. Mi abogado me dijo que si yo le permitía esto expresamente, en caso de quiebra podría ser considerado aún como asociado y ser hecho responsable. Exigí, pues, que mi consentimiento expreso para ello quedara limitado también a 5 años, y sólo mientras él mismo fuera socio activo en el negocio durante ese tiempo. Mi Gottfr[ied], que al principio tenía mucha prisa con las negociaciones, pronto alargó mucho el asunto, e incluso dejó una vez el borrador en casa durante 3 semanas sin decir nada, de modo que no recibí el segundo borrador del contrato (que es entre G. E., Anton E. y yo y regula el arreglo a mi salida) hasta hace unas 3 semanas, y no pude empezar a negociarlo hasta hace 8 días debido a las formalidades habituales de los abogados. Además, en los últimos días me pareció que G. E. me rehuía mucho, como si quisiera dilatar el asunto hasta que yo estuviera fuera del negocio, esperando entonces poder arreglarlo más fácilmente conmigo. Ayer por la mañana, por fin, pasamos a la negociación, y allí G. cedió en todos los puntos, mientras que yo le concedí, durante los 5 años, no hilar ni doblar ningún hilado de algodón por debajo del número 40; en cambio, me quedó la libertad de comerciar con tales hilados siempre que estuvieran en estado crudo. Esta concesión no tiene para mí ninguna importancia práctica y le hice, por tanto, el favor.

Con esto queda resuelto el asunto, salvo algunas cuestiones formales jurídicas, y creo que en 3 semanas podrá estar todo cerrado, pero estoy preparado para que dure hasta agosto, pues el balance ha de estar terminado antes y los abogados siempre lo dilatan todo terriblemente. Ayer por la tarde fui con Gottfried a la fábrica y vi el almacén y el inventario; después fuimos a su casa, donde me sirvió una botella de un magnífico Scharzhofberger. Está tan contento como yo de haber liquidado el asunto y ser ahora dueño único y absoluto del negocio, y de no tener ningún altercado conmigo, pues 1) si yo me hubiera asociado con mis hermanos, como dice mi abogado, también aquí podríamos haber llevado la firma E. & E. a la vez que podíamos prohibírselo a él, 2) en general tiene un miedo terrible a la competencia, y 3) ahora resulta que todavía me necesita mucho durante algún tiempo si no quiere que se cometan graves errores en el negocio, razón por la cual me ha invitado a ir al escritorio cuantas veces quiera y me ha pedido que dé información a la gente de vez en cuando, a lo que naturalmente accedí.

Ha contratado a un joven de Stuttgart como corresponsal, que no lleva allí más que 3 semanas y, naturalmente, está muy verde. Bastantes apuros pasará. Con Charles, G. tampoco ha terminado aún; su plazo de preaviso vence dentro de 8 días; tengo curiosidad por ver si llegan a un acuerdo. Charles tenía desde hace 5 años la promesa de obtener de él la procura, pero nunca la recibió, y ahora exige una indemnización de £1000 por ello, que G. nunca le dará. Tampoco parece querer conservar a Anton como socio. Al menos, el segundo borrador del contrato disuelve la asociación con él exactamente del mismo modo que conmigo, y G. no se tomaría esta molestia si no se lo propusiera realmente. Por un lado, G. ha comprendido que A. en el negocio práctico, es decir, para ganar dinero, no vale absolutamente nada, y por otro, Anton saca continuamente mucho dinero a espaldas de G. y se lo envía a su Julie, de modo que G. teme que un día pueda empezar a sacar dinero directamente del banco mientras él —Anton— tenga el derecho de firma. Cuando Anton ingresó, G. le adelantó £500 que representaban el capital de Anton; pero monsieur Anton, que debía dejar anualmente en el negocio £250 de su beneficio, no sólo no lo ha hecho, sino que ya hace tiempo que ha despilfarrado las £500.

Mi nueva libertad me resulta extraordinariamente grata. Desde ayer soy un tipo completamente distinto, y diez años más joven. En lugar de ir a la oscura ciudad, esta mañana, con este tiempo maravilloso, he pasado un par de horas en el campo, y en mi escritorio, en una habitación confortablemente dispuesta, donde se pueden abrir las ventanas sin que el humo deje por todas partes manchas negras, con flores en la ventana y unos árboles delante de la casa, se trabaja de una manera completamente distinta que en mi lúgubre cuarto del almacén con vistas a un patio de taberna. Vivo a diez minutos del Club, lo bastante lejos, fuera del barrio alemán y de las comunes habitaciones amuebladas, para estar seguro de que no me veré asediado de visitas. Por la tarde, a las 5 o 6, ceno en casa; la cocina es muy buena, y luego suelo ir un par de horas al Club a leer periódicos, etc. Pero todo esto no podré organizarlo debidamente hasta que no tenga que andar corriendo a la ciudad por el balance, etc.

Y ahora, adiós, querida madre; saluda muy cordialmente a todos, y si tenéis planes de viaje, comunicádmelos para que, en lo posible, pueda arreglarme según ellos; tal como estoy ahora, no tenéis que guardarme ninguna consideración.

De todo corazón, tu hijo
Friedrich