A Engels

8 de mayo de 1869.

Querido Fred,

En lo fundamental has explicado correctamente mi obstinado silencio, a saber, a partir del hígado. Sin embargo, se sumaron además diversos otros incidentes. D’abord se encontraba mi mujer muy indispuesta. Apenas mejoró un poco la cosa, el último martes, se marchó a París, pero llegó allí completamente sorda. París ha adoptado la mala costumbre de regirse enteramente por el tiempo de Londres. Si aquí llueve, allí también, etc. Zweitens vino Eichhoff y sigue aquí. Y vino con un trío, un ingeniero berlinés, ídem comerciante e ídem banquero. Se trata aquí, y con visos de éxito, de encontrar nombres para sacar a bolsa un banco ya concesionado en Prusia Oriental. Finalmente llegaron las massacres belges. Después de que las alocuciones, como verás por las hojas adjuntas, afluyeran de todos los rincones, fue por fin necesario que el Consejo Central hablara en este asunto realmente importante. Fui nombrado redactor de la alocución. Si rehusaba, el asunto caía en manos de Eccarius, que para semejantes documentos demostrativos viene como puño en ojo. Así pues, acepté. Si ya con el estado actual del hígado era en extremo penoso hacerlo en inglés —pues para estas cosas se requiere un cierto estilo retórico—, ¡encima luego el suplicio de hacerlo en francés después! Pero la necesidad no tiene ley, y lo hice en francés. Al principio quería enviar el asunto a los belgas en el original inglés, pero nuestro secretario belga Bernard (francés de nacimiento) declaró ante los patres conscripti reunidos (el último martes) que, si en Bélgica se dejaba traducir a los belgas, que sólo saben mitá inglés y ningún francés, más valdría dejar correr por completo el asunto. Así que tuve que ceder. Recibirás la cosa para disfrutarla en ambas lenguas. Al señor Eccarius, sin embargo, que además tiene un interés pecuniario en ello, le he dejado la traducción alemana, la cual me tiene sin cuidado. Ciertamente, escribir en francés, con o sin hígado, es cosa de niños cuando se sirve al público un francés como el del señor Urquhart en la «Diplomatic Review» que hoy viaja hacia ti. ¡Una jerigonza tal —incluso la muestra original del grand e illustre Gaudissart no fue nada en comparación!

Después de la partida de mi mujer habría podido acudir a ti inmediatamente, y seguro que habría ganado tiempo con ello, pues habría puesto antes en funcionamiento regular este maldito saco de carne. Pero Jennychen se alegró de tenerme por entero a su disposición durante la breve ausencia de mi mujer en París y de dejarse ir ella misma. ¡De ahí el quedarme aquí! A propósito de Jennychen, ella sostiene que tú lo sabes todo, y por eso desea saber de ti: Why did Mr. «Excelsior», of the Alpine Club, not marry «Lady Clara Vere de Vere»? Acerca del franchute —Borchardt hizo que su hija II preguntara por mí—, me he enterado sólo ahora, tras mucha pérdida de tiempo, de que es un lumpacius vagabundus que, ciertamente, tenía un puesto subordinado en el «Glowworm», un cochino periódico muy subordinado. Comunícalo al médico sacerdotal o sacerdotal médico.

No olvides informarme sobre el Dr. Heinemann —de Manchester—, Unterstieber en el «Hermann». En cuanto a Wilhelm: Eichhoff trajo a Eccarius honorarios de 10 £ (creo que Eichhoff lo ha pagado de su propio bolsillo) por «moinen Mill», pero me comunicó en confianza que la cosa, «moin Mill», está impresa, pero ahora está retenida por el impresor de Leipzig, ¡que exige exactamente el doble de los costes de impresión constatados por el señor Wilhelm! De modo que tus pasos fueron acertados con presciencia. Meißner me escribió hace más de 14 días que empezaría, ¡pero nothing of the sort! Esto es ya demasiado fuerte. Según el informe de Eichhoff, la especulación crediticia prevalece ahora tanto en Alemania, y el bummel financiero, que todo lo demás es absorbido por ello, en lo que atañe a las clases superiores. En cuanto a los obreros en Berlín, los declara los más miserables de toda Alemania. Incluso los allí importados se corromperían muy pronto por entero a causa del tono de la ciudad y los pequeños placeres «baratos». Bismarck, Duncker, Schulze-Delitzsch y el Dr. Max Hirsch se disputan la supremacía en esta esfera. El piojoso Mende de la vieja Hatzfeldt ha sido antes improvisador y declamador ambulante, un pedazo de animal perteneciente de lleno al lumpenproletariado. Hasenclever se ha dejado atrapar por Schweitzer. Eichhoff elogia mucho a Bebel. Harney —ahora subsecretario o algo por el estilo en el Home Department del Commonwealth de Massachusetts (estos dicen oficialmente todavía «Commonwealth», no «Republic») — en Boston, ha enviado 1 £ de cuota de miembro al Consejo Internacional, ídem una carta, en la que se interesa por ti con gran afecto. Dice ídem que le envíe una copia de «Das Kapital». Espera encontrar traductor y editor en Nueva York. Un francés que ha traducido diversos volúmenes de Hegel y Kant ha escrito a Lafargue que quiere poner el libro en francés, pero —¡qué ocurrencia quimérica!— por 60 £ de honorarios, poniendo él además al librero.

El aquí editado «International», el órgano bonapartista, ha tenido la desfachatez de hacer imprimir que el Consejo General de la «Internacional» ya no preside en Londres; la dirección, dice, ha pasado ahora, en París, a manos de una «persona altísimamente situada». Para la lista de suscripción en favor de los belgas sería muy bueno que vosotros también nos pudierais enviar algo de Manchester, y además pronto. A propósito. En el informe sobre el empleo de los niños agrícolas (dos volúmenes aparecidos hasta ahora, Informe I y Testimonios) los comisionados, en su resumen anticipado, presentan varios puntos sobre la expropiación de los trabajadores de las tierras comunales, completamente en mi sentido. Mis mejores saludos a Mrs. Lizzy, King Cole o Coal, y Jolymayer. D
Mohr.