Londres, 15 de abril de 1869.
Querido Fred,
Jennychen llegó sana y salva el miércoles. A la vuelta tuvieron tal niebla en el mar, que el barco por un pelo encalla. De Wilhelm, nota adjunta. Ya ves, de entrada, su respuesta a mi pregunta sobre las «porquerías» que le reprocha a Schweitzer. De «política», solo las 2 cosas adjuntas de propaganda electoral. Tienes que devolvérmelas, pues Wilhelm, por su parte, pide que se las devuelvan, y esto parece constituir todo su «material de acusación» político.
Lafargue me ha enviado su traducción francesa del Manifiesto Comunista, que hemos de revisar. Te envío hoy por correo el manuscrito. De momento, la cosa no corre prisa. De ningún modo quiero que Lafargue se queme los dedos prematuramente. Pero si la cosa ha de imprimirse, tarde o temprano, en Francia, habría que reducir a unas pocas líneas algunas partes, como la relativa al socialismo alemán o verdadero, ya que allí no ofrecen interés.
Volviendo al carnero de Wilhelm. Le escribo bajo qué condiciones estás dispuesto a darle la «Guerra de los Campesinos». Él te escribe que Eccarius le ha comunicado (sin que él supiera nada del asunto) que tú quieres enviar la cosa, y que él no cumple las condiciones puestas por ti. Me escribe, además, que le debe a Eccarius 30 táleros por 2 trimestres y que yo debería adelantarlos, ya que él los devolverá «bajo palabra de honor» en un plazo – indeterminado –. No estoy en absoluto inclinado a esta operación, puesto que ya he prestado a mi amigo Dupont algo más de la mencionada suma.
Ludlow es barrister at law, uno de los principales colaboradores del Spectator, cooperativista, devoto, enemigo declarado de los comtistas. A causa de la colaboración de Beesly, Harrison, etc., se retiró públicamente de nuestro «Commonwealth». Ya antes me había enviado un par de sus pequeños folletos, es amigo de Jones Lloyd o Lloyd Jones, como quiera que se llame siempre el sastre. Le envié hace unos días, después de que cayera en mis manos el número correspondiente de la Fortnightly, my last available copy del «Capital». (Acuse de recibo adjunto N. I) Yo sabía, naturalmente, que lee alemán. Al mismo tiempo le envié una carta, en la que hago algunas bromas sobre su artículo, ya que primero hace propagar a Lassalle mis principios en Alemania y luego a mí los principios de Lassalle en Inglaterra. (Respuesta en adjunto N. II) Espero, a través de este medio, lograr aún una reseña de mi libro en un periódico inglés. Ludlow es asimismo gran admirador de Ricardo, lo que hoy en día, en que Mill lo ha echado todo a perder, es ya algo excepcional.
Encuentro hoy por casualidad que hay dos «Neveu de Rameau» en nuestra casa, por lo que te envío uno. Esta obra maestra única te proporcionará de nuevo un gran placer. «La desgarradura de la conciencia, consciente de sí misma y que se expresa», dice el viejo Hegel al respecto: «es la carcajada sarcástica sobre la existencia, así como sobre la confusión del todo y sobre sí misma; es, a la vez, el apagarse aún perceptible de toda esta confusión… Es la naturaleza de todas las relaciones que se desgarra a sí misma y el desgarramiento consciente de las mismas… En aquel lado del retorno al sí mismo, la vanidad de todas las cosas es su propia vanidad, o él es vano… pero como autoconciencia airada, sabe su propio desgarramiento, y en este saber del mismo se ha elevado inmediatamente por encima de él… Cada parte de este mundo llega aquí a que su espíritu sea expresado, o a que se hable de él con espíritu y se diga de él lo que es. La conciencia honesta (papel que Diderot se da a sí mismo en el diálogo) toma cada momento como una esencialidad permanente, y es la irreflexión inculta el no saber que precisamente hace lo contrario. Pero la conciencia desgarrada es la conciencia de la inversión, y precisamente de la inversión absoluta; el concepto es lo dominante en ella, que reúne los pensamientos que para la honestidad yacen muy lejos unos de otros, y cuyo lenguaje es, por tanto, ingenioso. El contenido del discurso del espíritu sobre y acerca de sí mismo es, pues, la inversión de todos los conceptos y realidades, el engaño universal de sí mismo y de los otros, y la desvergüenza de decir este engaño es, precisamente por ello, la mayor verdad… A la conciencia honesta y tranquila, que de manera honesta pone la melodía de lo Bueno y lo Verdadero en la igualdad de los tonos, es decir, en una sola nota, este discurso le parece como “un desvarío de sabiduría y locura, etc.”» (sigue cita de Diderot).
Más divertido que el comentario de Hegel es el del señor Jules Janin, que encuentras extractado en el apéndice del librito. Este «cardenal del mar» echa de menos en el «Rameau» de Diderot la punta moral, y por ello ha puesto las cosas en orden mediante el descubrimiento de que toda la perversidad de Rameau proviene de su disgusto por no ser un «geborner gentilhomme». La bazofia a lo Kotzebue que ha aplicado sobre esta piedra angular se representa melodramáticamente en Londres. De Diderot a Jules Janin es probablemente lo que los fisiólogos llaman la metamorfosis regresiva. ¡Espíritu francés antes de la Revolución francesa y bajo Luis Felipe!
Le preguntaré a Collet sobre la fuente de la sentencia de Brunnow. No me sorprendería en absoluto que apareciera en un Libro Azul inglés, en una carta de la legación inglesa en Atenas. Cosas semejantes de Brunnow he encontrado en un Libro Azul de 1839 sobre los asuntos sirio-egipcios.
Eichhoff me envía siempre a Schweitzer a granel. Así que probablemente llegue pronto. El señor Thornton ha publicado un libro voluminoso sobre «Capital y Trabajo». Aún no lo he visto, solo por extractos en el Daily News, que dice que el desaparecer del capital como poder separado del trabajo alborea en un futuro lejano.
Cuídate el ojo.
¡Salud!
Tu K. M.