29 de marzo de 1869.

Dear Fred, muchísimas gracias por el cheque y los sellos. Le pagué a Lucraft el martes pasado. ¿Has visto el breve informe en el Times del sábado pasado sobre la manifestación? En él se dice que una banda de alemanes («¡nuestra gente!») llevaba una bandera roja con la inscripción: «¡Proletarier aller Länder ver unr einiget Euch!», lo que en inglés significaría: «Ragamuffins of all regions, befoul yourselves!» Como bien suponías, estoy loco de catarro y tonto de catarro. Los niños partieron el viernes por la noche (para horror de los ingleses, good Friday). Hemos recibido carta de ellos esta mañana. Han llegado felizmente a París, pero tuvieron una travesía tormentosa. Aún no soy un inglés libre de nacimiento (Freeborn Briton). Uno se resiste a esas cosas mientras puede.

Nada más fino que el modo en que el honorable Wilhelm se escabulle del asunto de los ejemplares de Vogt. A instigación mía, Kugelmann le escribió al respecto. A la primera carta, ninguna respuesta; a una nueva carta, recibió el papelucho adjunto, que, en resumidas cuentas, viene a decir: Si yo (Liebknecht) anuncié 60 ejemplares y solo llegaron 6, entonces debe usted saber que yo miento siempre y el asunto queda zanjado con eso. Pero si fue K. Hirsch, de Berlín, quien le comunicó a usted la cifra [[naturalmente, no sabe que fui yo quien se la comunicó a Kugelmann]], entonces la cosa es distinta y hay que investigar el asunto. Kugelmann le contestó. Qué clase de embustes chapuceros urde este tipo se desprende también de una carta de Hirsch a Kugelmann. Karl (?) Hirsch le escribe, en efecto, a K.: «Liebknecht probablemente no desea otra cosa sino que usted haga circular los libros en cuestión en Hannover, para ilustrar al partido democrático de allí sobre las andanzas del señor Vogt, etc.» ¡De modo que Wilhelm le ocultó a Hirsch que yo había pedido información sobre el estado de las cosas y sobre el depósito seguro de los ejemplares aún disponibles!

Escribe Kugelmann: «El inminente combate verbal entre Liebknecht y Schweitzer me recuerda menos a Lutero y Eck que al Padre José y al rabino Judá. Y, sin embargo, casi me parece que el rabino y el monje, que ambos apestan.» En relación con este combate verbal, recibo (hoy) la carta adjunta de Bebel. El propio Wilhelm no se atreve —hasta que haya corrido más agua bajo el puente— a escribirme desde la carta de los 60 ejemplares. ¡Son unos tipos divinos! Primero se meten, de manera caprichosa, en una situación en la que una paliza es inevitable para ellos. ¡Luego debo aparecer yo como deus ex machina y rechazar con altanería la resolución propuesta por Schweitzer sobre la adopción del programa de la «Internacional», si la asamblea general schweitzeriana la aprueba! ¡Y esto después de que Wilhelm y compañía no han movido un solo dedo en asuntos de la «Internacional» desde el Congreso de Núremberg, no han hecho absolutamente nada, de modo que los pobres diablos de Lugau se vieron en la necesidad de dirigirse directamente a Londres! Considero a Bebel útil y capaz. Solo tuvo la extraña desgracia de encontrar en el señor Wilhelm a su «teórico». También en esto se muestra la negligencia y la dejadez de estos tipos: hasta ahora no me han comunicado un solo hecho para probar las acusaciones contra Schweitzer por alta traición, etc. ¡Menudos hombres de negocios!

El periódico de Lloyd, en su número del domingo hace 8 días, trae grandes elogios sobre nuestras resoluciones y sobre la «Asoc. Intern.» en general. He recibido una carta de Dietzgen, curtidor bien establecido en Siegburg. Te la enviaré en cuanto la haya contestado. Las Reflexiones de Dietzgen aparecerán en la editorial de Meißner, ante quien ha garantizado los costes de impresión, bajo el título: «El trabajo intelectual, expuesto por un trabajador manual, etc.».

Salut. Recuerdos a la señora Lizzy y a los dos compinches

D

KM