Friedrich Engels

Acerca de la disolución de la asociación obrera lassalleana

Escrito a finales de septiembre de 1868.

[«Demokratisches Wochenblatt» n.º 40 del 3 de octubre de 1868]

«El gobierno sabe, y la burguesía también sabe, que todo el actual movimiento obrero alemán sólo es tolerado, sólo vive mientras al gobierno le plazca. Mientras al gobierno le sirva que este movimiento exista, que surjan a la oposición burguesa adversarios nuevos e independientes, tanto tiempo tolerará este movimiento. A partir del instante en que este movimiento desarrolle a los obreros como un poder autónomo, en que por ello se torne peligroso para el gobierno, la cosa cesa de inmediato. La manera en que a los progresistas se les ha puesto fin a la agitación en la prensa, en las asociaciones y en las asambleas, sirva de advertencia a los obreros. Las mismas leyes, decretos y medidas que allí se han aplicado pueden aplicarse cualquier día contra ellos y acabar con su agitación; y se aplicarán, tan pronto como esa agitación se vuelva peligrosa. Es de la mayor importancia que los obreros vean claro en este punto, que no caigan en la misma ilusión que la burguesía bajo la Nueva Era, cuando también era sólo tolerada, pero ya creía estar en la silla. Y si alguien se imaginara que el gobierno actual libraría a la prensa, al derecho de asociación y de reunión de las cadenas actuales, pertenece precisamente a la gente con la que ya no cabe hablar. Y sin libertad de prensa, sin derecho de asociación y de reunión no es posible ningún movimiento obrero.»

Estas palabras se encuentran en las págs. 50 y 51 de un folleto: «La cuestión militar prusiana y el partido obrero alemán», de Friedrich Engels, Hamburgo 1865. Por aquel entonces se hizo el intento de colocar a la Asociación General de Trabajadores Alemanes —a la sazón la única agrupación organizada de obreros socialdemócratas en Alemania— bajo el ala protectora del ministerio Bismarck, dando a los obreros la perspectiva de que el gobierno otorgaría el sufragio universal. El «derecho de sufragio universal, igual y directo» había sido, en efecto, predicado por Lassalle como el único medio infalible para la conquista del poder político por la clase obrera; ¿qué tiene de extraño que se mirara por encima del hombro cosas tan subordinadas como la libertad de prensa, el derecho de asociación y de reunión, por las que también la burguesía abogaba o al menos pretendía abogar? Si la burguesía se interesaba por ellas, ¿no era precisamente una razón para que los obreros se mantuvieran alejados de la agitación por tales cosas? Contra esta concepción se dirigió el mencionado opúsculo. Los dirigentes de la Asociación General de Trabajadores Alemanes lo sabían mejor, y el autor sólo tuvo la satisfacción de que los lassalleanos de su ciudad natal, Barmen, lo declararan a él y a sus amigos proscritos.

¿Y cómo están las cosas hoy? El «sufragio universal, directo e igual» existe desde hace dos años. Ya se han elegido dos Reichstag. Los obreros, en vez de sentarse al timón del Estado y decretar la «ayuda estatal» según la receta de Lassalle, llevan al Reichstag a duras penas media docena de diputados. Bismarck es canciller federal, y la Asociación General de Trabajadores Alemanes ha sido disuelta.

Pero por qué el sufragio universal no trajo a los obreros el prometido reino milenario, también podían ya informarse al respecto en Engels. En el citado folleto, pág. 48, se dice:

«Y en lo que atañe incluso al sufragio universal y directo, basta con ir a Francia para convencerse de las elecciones tan mansas que con él pueden conseguirse cuando se dispone de una numerosa y estúpida población rural, una burocracia bien organizada, una prensa bien amordazada, asociaciones suficientemente reprimidas por la policía y ninguna asamblea política. ¿Cuántos representantes obreros lleva el sufragio universal a la cámara francesa? Y sin embargo, el proletariado francés tiene, respecto al alemán, una concentración mucho mayor y una experiencia más larga en la lucha y en la organización.

Esto nos lleva a otro punto. En Alemania, la población rural es el doble de fuerte que la urbana, es decir, 2/3 viven de la agricultura, 1/3 de la industria. Y dado que en Alemania la gran propiedad territorial es la regla y el pequeño campesino parcelario la excepción, esto significa, en otras palabras: si 1/3 de los obreros se hallan bajo el mando de los capitalistas, 2/3 se hallan bajo el mando de los señores feudales. Quienes no cesan de arremeter contra los capitalistas, pero no dirigen ni una palabra de ira contra los feudales, que se tomen esto a pecho. Los feudales explotan en Alemania al doble de obreros que la burguesía. Pero esto no es ni mucho menos todo. La economía patriarcal de los antiguos feudos genera una dependencia consustancial del jornalero agrícola o del morador respecto a su “señor clemente”, que le dificulta enormemente al proletariado agrícola la entrada en el movimiento de los obreros urbanos. Los curas, el embrutecimiento sistemático en el campo, la mala instrucción escolar, el aislamiento de la gente respecto a todo el mundo, ponen el resto. El proletariado agrícola es aquella parte de la clase obrera a la que más difícilmente y más tarde se le aclaran sus propios intereses, su propia posición social; en otras palabras, aquella parte que por más tiempo permanece como instrumento inconsciente en manos de la clase privilegiada que la explota. ¿Y qué clase es ésta? En Alemania, no la burguesía, sino la nobleza feudal. Ahora bien, incluso en Francia, donde casi sólo existen campesinos libres poseedores de su tierra, donde la nobleza feudal ha sido despojada hace mucho de todo poder político, el sufragio universal no ha llevado a los obreros a la cámara, sino que casi los ha excluido por completo de ella. ¿Cuál sería el resultado del sufragio universal en Alemania, donde la nobleza feudal es todavía un poder social y político real y donde por cada obrero industrial hay dos jornaleros rurales? La lucha contra la reacción feudal y burocrática —pues entre nosotros ambas son hoy inseparables— equivale en Alemania a la lucha por la emancipación espiritual y política del proletariado rural, y mientras el proletariado rural no sea arrastrado al movimiento, mientras tanto el proletariado urbano en Alemania no podrá ni conseguirá nada en absoluto, mientras tanto el sufragio universal para el proletariado no será un arma, sino una trampa.

Quizás esta muy franca, pero necesaria, disquisición aliente a los feudales a abogar por el sufragio universal y directo. Tanto mejor.»

La Asociación General de Trabajadores Alemanes no sólo ha sido disuelta bajo el imperio del sufragio universal, sino precisamente porque impera el sufragio universal. Engels le había predicho que sería reprimida tan pronto como se volviera peligrosa. En su última asamblea general, la asociación había acordado: 1. abogar por la conquista de la plena libertad política y 2. cooperar con la Asociación Internacional de los Trabajadores. Estas dos resoluciones entrañan una ruptura completa con todo el pasado de la asociación. Con ellas, la asociación salió de su anterior posición sectaria y entró en el amplio terreno del gran movimiento obrero. Pero en las altas esferas parece haberse imaginado que esto iba en cierto modo contra lo pactado. En otros tiempos eso no habría importado mucho; pero, ¡desde la introducción del sufragio universal, cuando hay que guardar cuidadosamente al proletariado rural y de las pequeñas ciudades de tales intentos de subversión! El sufragio universal fue el último clavo en el ataúd de la Asociación General de Trabajadores Alemanes.

Cabe en honor de la asociación el que haya sucumbido precisamente a causa de esta ruptura con el lassalleanismo estrecho de miras. Cualquiera que sea lo que ocupe su lugar, estará edificado en consecuencia sobre una base mucho más general y de principios que la que podían ofrecer las pocas frases eternamente repetidas de Lassalle sobre la ayuda estatal. A partir del instante en que los miembros de la asociación disuelta comenzaron a pensar en lugar de creer, desapareció el último obstáculo que se oponía a la fusión de todos los obreros socialdemócratas alemanes en un gran partido.