Escrito el 9 de noviembre de 1869.
Del inglés.
[“The Diplomatic Review” del 2 de diciembre de 1868]

La carta del señor Gladstone del 11 de mayo de 1866 suspendió la ley bancaria de 1844 bajo las siguientes condiciones:

1. La tasa mínima de descuento debía elevarse al 10 por ciento.
2. Si el Banco excedía la limitación legalmente establecida de su emisión de billetes, la ganancia proveniente de esa emisión excedente debía ser transferida por el Banco al gobierno.

En consecuencia, el Banco elevó su tasa mínima de descuento al 10 por ciento (es decir, al 15 o 20 por ciento para los comerciantes y fabricantes ordinarios) y no violó la *letra* de la ley de 1844 en lo tocante a la *emisión de billetes*. Por las noches se recogían billetes de sus protectores y otros clientes en la City, que a la mañana siguiente volvían a ponerse en circulación. Sin embargo, se violó el espíritu de la ley, al permitirse, en conformidad con la carta del gobierno, que su *reserva* descendiera a cero, cuando, según las intenciones de la ley de 1844, *esta reserva* constituye los únicos activos disponibles del Banco frente a los pasivos de su Departamento Bancario.

La carta del señor Gladstone suspendió, por tanto, la ley bancaria de Peel de tal manera que se mantuvieron sus peores consecuencias, e incluso se las agravó artificialmente. Algo semejante no puede decirse ni de la carta de sir G. C. Lewis de 1857 ni de la carta de lord John Russell de 1847.

El Banco mantuvo la tasa mínima de descuento del 10 por ciento durante más de tres meses. En Europa se consideraba esta tasa como un indicio peligroso.

Después de que el señor Gladstone hubiera creado de este modo una atmósfera sumamente malsana de desconfianza hacia la *solvencia inglesa*, entra en escena lord Clarendon, el héroe del Congreso de París, y publica en el “Times” una carta aclaratoria dirigida a las embajadas inglesas en el continente. Con muchas palabras comunicó al continente que *no* era el *Banco de Inglaterra* el que se hallaba en quiebra (aunque, en realidad, de acuerdo con la ley de 1844, ése era precisamente el caso), sino, hasta cierto punto, la *industria y el comercio de Inglaterra*. El efecto inmediato de su carta no fue una *corrida* de los cockneys sobre el Banco, sino una *corrida* (en busca de dinero) que *Europa* emprendió *contra Inglaterra*. (Esta expresión fue empleada a la sazón por el señor Watkin en la Cámara de los Comunes.) Jamás se había visto algo semejante en la historia del comercio inglés. Se transportó oro de Londres a Francia, mientras simultáneamente la tasa mínima de descuento oficial era *en Londres del 10 por ciento y en París del 3 1/2 al 3 por ciento*. Esto demuestra que la salida de oro no fue una transacción comercial normal. Fue, exclusivamente, el resultado de la carta de lord Clarendon.

Después de haberse mantenido, pues, la tasa mínima de descuento del 10 por ciento durante más de tres meses, sobrevino la reacción inevitable. Del 10 por ciento, la tasa mínima descendió rápidamente al 2 por ciento, y ésta ha sido también, hasta hace pocos días, la tasa bancaria oficial. Mientras tanto, todos los *valores ingleses*, acciones ferroviarias, acciones bancarias, acciones mineras, toda clase de inversiones nacionales habían sufrido una extraordinaria depreciación y eran cuidadosamente evitadas. Incluso los consolidados bajaron. (Una vez, durante el pánico, el Banco *rehusó* la concesión de préstamos sobre consolidados.) Había llegado entonces la hora de las *inversiones en el extranjero*. En el mercado de Londres se contrataron empréstitos de gobiernos extranjeros en las condiciones más favorables. En primer término figuró *un empréstito ruso de 6 millones de libras esterlinas*. Este empréstito ruso, que algunos meses antes había fracasado lamentablemente en la Bolsa de París, fue acogido ahora en la Bolsa de Londres como un don del cielo. Apenas la semana pasada, Rusia ha lanzado un nuevo empréstito de 4 millones de libras esterlinas. En 1866, Rusia, exactamente igual que ahora (9 de noviembre de 1868), se derrumbaba casi bajo el peso de dificultades financieras que, a consecuencia de la revolución agraria que está experimentando, han adquirido un carácter sumamente aterrador.

Que se abran de par en par a Rusia las puertas del mercado monetario inglés es aún el menor servicio que la ley bancaria de Peel le presta a Rusia. Esta ley entrega a Inglaterra, el país más rico del mundo, *literalmente* a merced del *gobierno moscovita*, el gobierno más insolvente de Europa.

Supongamos que el gobierno ruso, a principios de mayo de 1866, hubiera depositado en el Departamento Bancario del Banco de Inglaterra, a nombre de una firma privada alemana o griega, de uno a un millón y medio de libras esterlinas. Mediante el retiro súbito e inesperado de esa suma, habría podido obligar al Departamento Bancario a suspender sus pagos de inmediato, aun cuando en el Departamento de Emisión hubiera habido más de trece millones de libras esterlinas en oro. La quiebra del Banco de Inglaterra habría podido, pues, ser forzada por un telegrama de San Petersburgo.

Aquello para lo que Rusia no estaba preparada en 1866, quizá esté en condiciones de hacerlo en 1876, si la ley bancaria de Peel no es derogada.