La Asociación Internacional de los Trabajadores, 1868

El Cuarto Informe Anual del Consejo General

Aprobado por el Consejo General el 1 de septiembre de 1868

El año 1867-68 señalará una época en la historia de la Asociación. Tras un período de desarrollo pacífico, ha asumido dimensiones lo bastante poderosas como para provocar las amargas denuncias de las clases dominantes y las demostraciones hostiles de los gobiernos. Ha entrado en la fase de la lucha.

El gobierno francés tomó, por supuesto, la delantera en los procedimientos reaccionarios contra las clases trabajadoras. Ya el año pasado tuvimos que señalar algunas de sus maniobras solapadas. Se entrometió en nuestra correspondencia, confiscó nuestros Estatutos y los documentos del Congreso. Después de muchas gestiones infructuosas para recuperarlos, fueron devueltos al fin sólo bajo la presión oficial de Lord Stanley, el ministro inglés de Asuntos Exteriores.

Pero el Imperio se ha quitado este año la máscara y ha intentado aniquilar directamente a la Asociación Internacional mediante golpes policiales y procesos judiciales. Engendrado por la lucha de clases, de la que las jornadas de junio de 1848 son la expresión más grandiosa, no podía sino adoptar alternativamente las actitudes de salvador oficial de la burguesía y de protector paternal del proletariado. El creciente poder de la Internacional, que se había manifestado en las huelgas de Roubaix, Amiens, París, Ginebra, etc., redujo a nuestro supuesto patrón a la necesidad de poner nuestra Sociedad a su propio servicio o de destruirla. Al principio, se mostró muy dispuesto a llegar a un acuerdo en condiciones muy moderadas. Habiendo sido confiscado en la frontera francesa el manifiesto de los parisinos leído en el Congreso de Ginebra, nuestro Ejecutivo de París exigió al ministro del Interior las razones de esta confiscación. El Sr. Rouher invitó entonces a uno de los miembros del Comité a una entrevista, en el curso de la cual se declaró dispuesto a autorizar la entrada del manifiesto a condición de que se insertaran algunas modificaciones. Ante la negativa del delegado del Ejecutivo de París, añadió:

«Aun así, si introdujeran ustedes algunas palabras de gratitud al Emperador, que tanto ha hecho por las clases trabajadoras, se podría ver qué se podía hacer».

La insinuación del Sr. Rouher, el subemperador, fue recibida con un rechazo rotundo. Desde ese momento, el Gobierno imperial buscó un pretexto para suprimir la Asociación. Su cólera se vio acrecentada por la agitación antichovinista de nuestros miembros franceses tras la guerra alemana. Poco después, cuando el pánico feniano alcanzó su punto culminante, el Consejo General dirigió al Gobierno inglés una petición exigiendo la conmutación de la pena de las tres víctimas de Manchester, y calificando su ejecución en la horca como un acto de venganza política. Al mismo tiempo, celebró mítines públicos en Londres en defensa de los derechos de Irlanda. El Imperio, siempre deseoso de ganarse el favor del Gobierno británico, consideró propicio el momento para echar mano a la Internacional. Hizo practicar registros nocturnos, hurgó ávidamente en la correspondencia privada, y anunció con gran estrépito que había descubierto el centro de la conspiración feniana, de la cual se denunciaba a la Internacional como uno de los órganos principales. Sin embargo, todas sus laboriosas investigaciones terminaron en nada. El propio fiscal acabó por abandonar su escrito de acusación con disgusto. Una vez que fracasó miserablemente el intento de convertir a la Asociación Internacional en una sociedad secreta de conspiradores, lo siguiente que se hizo fue procesar a nuestra sección de París como sociedad no autorizada de más de 20 miembros. Los jueces franceses, amaestrados por la disciplina imperialista, se apresuraron, por supuesto, a ordenar la disolución de la Asociación y el encarcelamiento de su Ejecutivo de París. El tribunal tuvo la ingenuidad de declarar en el preámbulo de su sentencia que la existencia del Imperio francés era incompatible con una asociación de trabajadores que osara proclamar la verdad, la justicia y la moral como sus principios rectores. Las consecuencias de estos procesos se hicieron sentir en los departamentos, donde las mezquinas vejaciones de parte de los prefectos sucedieron a las condenas de París. Esta chicana gubernamental, sin embargo, lejos de aniquilar a la Asociación, le ha dado un nuevo impulso al obligar al Imperio a abandonar sus aires de protectorado hacia las clases trabajadoras.

En Bélgica, la Asociación Internacional ha realizado inmensos progresos. Los señores del carbón de la cuenca de Charleroi, habiendo llevado a sus mineros a motines mediante exacciones incesantes, soltaron contra aquellos hombres desarmados a la fuerza armada, que masacró a muchos de ellos. Fue en medio del pánico así creado que nuestra sección belga tomó la causa de los mineros, reveló su miserable condición económica, acudió al socorro de las familias de los muertos y heridos, y procuró asistencia jurídica a los prisioneros, que finalmente fueron todos absueltos por el jurado. Tras el asunto de Charleroi, el éxito de la Internacional en Bélgica estaba asegurado. El ministro de Justicia belga, Jules Bara, denunció a la Asociación Internacional en la Cámara de Diputados e hizo de su existencia el principal pretexto para la renovación de la ley contra los extranjeros. Incluso se atrevió a amenazar con que impediría la celebración del Congreso de Bruselas. El Gobierno belga debería comprender por fin que los Estados pequeños ya no tienen razón de ser en Europa salvo si son asilos de la libertad.

En Italia, el progreso de la Asociación se ha visto impedido por la reacción que siguió de cerca a la emboscada de Mentana; una de las primeras consecuencias fue la restricción impuesta al derecho de asociación y de reunión pública. Pero las numerosas cartas que han llegado a nuestras manos prueban plenamente que la clase trabajadora italiana está afirmando cada vez más su individualidad con total independencia de los viejos partidos.

En Prusia, la Internacional no puede existir legalmente, debido a una ley que prohíbe toda relación con sociedades extranjeras. Además, en lo que respecta a la Unión General de los Trabajadores Alemanes, el Gobierno prusiano ha imitado al bonapartismo en una escala mezquina. Siempre dispuestos a atacarse unos a otros, los gobiernos militares están codo con codo cuando emprenden una cruzada contra su enemigo común, las clases trabajadoras. A pesar, sin embargo, de todas estas mezquinas tribulaciones, pequeños grupos diseminados por toda la superficie de Alemania hacía tiempo que se habían agrupado en torno a nuestro centro de Ginebra. La Unión General de los Trabajadores Alemanes, cuyas ramas se limitan en su mayoría al norte de Alemania, decidió en su reciente Congreso de Hamburgo actuar de concierto con la Asociación Internacional de los Trabajadores, aunque se le impedía unirse oficialmente a ella. En el programa del Congreso de Núremberg, que representa a más de 100 sociedades obreras pertenecientes en su mayoría a Alemania central y meridional, se ha puesto a la orden del día la adhesión directa a la Internacional. A petición de su comité directivo, hemos enviado un delegado a Núremberg.

En Austria, el movimiento de la clase obrera adquiere un aspecto cada vez más revolucionario. A principios de septiembre debía reunirse en Viena un congreso, con el objetivo de la fraternización de los trabajadores de las diferentes razas del Imperio. También habían enviado un mensaje a los trabajadores ingleses y franceses, en el que se declaraban partidarios de los principios de la Internacional. Vuestro Consejo General ya había nombrado un delegado para Viena cuando el Gobierno liberal de Austria, a punto de sucumbir a los golpes de la reacción feudal, tuvo la astucia de provocar la ira de los trabajadores prohibiendo su congreso.

En la lucha sostenida por los gremios de la construcción de Ginebra, la existencia misma de la Internacional en Suiza fue puesta a prueba. Los patronos pusieron como condición previa para llegar a cualquier acuerdo con sus trabajadores que estos últimos abandonaran la Internacional. Los trabajadores se negaron indignados a acatar este dictado. Gracias a la ayuda recibida de Francia, Inglaterra, Alemania, etc., por mediación de la Internacional, han obtenido finalmente una reducción de una hora de trabajo y un aumento del 10 por ciento en los salarios. Ya profundamente arraigada en Suiza, la Internacional ha presenciado desde ese acontecimiento un rápido aumento en el número de sus miembros. En el mes de agosto pasado, los trabajadores alemanes residentes en Suiza (unas 50 sociedades) aprobaron en su Congreso de Neuenburg un voto unánime de adhesión a la Internacional.

En Inglaterra, el estado inestable de la política, la disolución de los viejos partidos y los preparativos para la próxima campaña electoral han absorbido a muchos de nuestros miembros más activos, y, en cierto grado, retrasado nuestra propaganda. Sin embargo, hemos entablado correspondencia con numerosos sindicatos provinciales, muchos de los cuales han enviado su adhesión. Entre las afiliaciones londinenses más recientes, las de la Sociedad de Curtidores y la de Zapateros de la Ciudad son las más considerables en cuanto a número.

Vuestro Consejo General está en comunicación constante con la Unión Nacional del Trabajo de los Estados Unidos. En su último Congreso de agosto de 1867, la Unión americana había resuelto enviar un delegado al congreso de Bruselas, pero, apremiada por el tiempo, no pudo tomar las medidas especiales necesarias para llevar a cabo la votación.

El poder latente de las clases trabajadoras de los Estados Unidos se ha manifestado recientemente en el establecimiento legal de una jornada de ocho horas en todos los talleres del Gobierno federal, y en la aprobación de leyes en el mismo sentido por muchas legislaturas estatales. Sin embargo, en este mismo momento los trabajadores de Nueva York, por ejemplo, están empeñados en una feroz lucha por hacer cumplir la ley de ocho horas, contra la resistencia del capital rebelde. Este hecho prueba que incluso bajo las condiciones políticas más favorables, todo éxito serio del proletariado depende de una organización que una y concentre sus fuerzas; e incluso su organización nacional está todavía expuesta a escindirse debido a la desorganización de las clases trabajadoras en otros países, las cuales compiten todas y cada una en el mercado mundial, actuando y reaccionando unas sobre otras. Nada más que un vínculo internacional de las clases trabajadoras puede asegurar jamás su triunfo definitivo. Esta necesidad ha dado origen a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esa Asociación no ha sido incubada por una secta o una teoría. Es el crecimiento espontáneo del movimiento proletario, que a su vez es el producto de las tendencias naturales e irreprimibles de la sociedad moderna. Profundamente convencida de la grandeza de su misión, la Asociación Internacional de los Trabajadores no se dejará intimidar ni desviar. Su destino, de ahora en adelante, se funde con el progreso histórico de la clase que lleva en sus manos la regeneración de la humanidad.

Londres, 1 de septiembre