del primer tomo de “El Capital”
para la “Fortnightly Review”]

1. Corrección.


Friedrich Engels

Escrito entre el 22 de mayo y el 1º de julio de 1868.

Del inglés.

Karl Marx sobre el capital

(1)

El señor Thomas Tooke señala en sus investigaciones sobre los medios de circulación el hecho de que el dinero, en su función de capital, retorna a su punto de partida, mientras que esto no ocurre con el dinero que ejerce la función de meros medios de circulación. Esta distinción (que, sin embargo, fue hecha mucho antes por Sir James Steuart) sirve al señor Tooke únicamente como un eslabón en su argumentación contra los partidarios de la Currency y sus afirmaciones sobre la influencia de la emisión de papel moneda en los precios de las mercancías. Nuestro autor, en cambio, convierte esta distinción en punto de partida de su investigación sobre la naturaleza del capital mismo y, particularmente, para la pregunta: ¿cómo se convierte el dinero, esta forma autónoma del valor, en capital?

Todas las clases de comerciantes, dice Turgot, tienen en común que compran para vender; sus compras son un anticipo que más tarde les refluye.

Comprar para vender: ésta es, en efecto, la transacción en la que el dinero funciona como capital y que condiciona su retorno a su punto de partida, por oposición al vender para comprar, en la que el dinero sólo necesita funcionar como medio de circulación. Así, se hace patente que el distinto orden en que se suceden los actos de venta y compra imprime al dinero dos movimientos de circulación diferentes. Para ilustrar estos dos procesos, nuestro autor da la siguiente fórmula:

Vender para comprar: una mercancía M se cambia por dinero D, que a su vez se cambia por otra mercancía M; o sea, M - D - M.

Comprar para vender: dinero se cambia por una mercancía y ésta, a su vez, por dinero: D - M - D.

La fórmula M - D - M representa la circulación simple de mercancías, en la que el dinero funciona como medio de circulación, como dinero. Esta fórmula es analizada en el primer capítulo de este libro, que contiene una nueva y muy sencilla teoría del valor y del dinero, científicamente sumamente interesante, pero que aquí dejamos de lado, por ser, en conjunto, secundaria para lo que nosotros consideramos lo esencial en las concepciones del señor Marx sobre el capital.

La fórmula D - M - D, en cambio, representa aquella forma de circulación en la que el dinero se convierte en capital.

El proceso de la compra para la venta D - M - D puede, evidentemente, resolverse en D - D; es intercambio indirecto de dinero por dinero. Supongamos que compro algodón por 1.000 libras esterlinas y lo vendo por 1.100 libras esterlinas; entonces, en última instancia, he cambiado 1.000 libras esterlinas por 1.100 libras esterlinas, dinero por dinero.

Ahora bien, si este proceso tuviera siempre como consecuencia el retorno de la misma suma de dinero que he adelantado, sería absurdo. Pero, ya sea que el comerciante que ha adelantado 1.000 libras esterlinas realice 1.100 libras esterlinas, 1.000 libras esterlinas o incluso sólo 900 libras esterlinas, su dinero ha descrito, con todo, un movimiento completamente distinto del de la fórmula M - D - M; una fórmula que significa vender para comprar, vender algo que no se necesita para poder comprar lo que se necesita. Comparemos las dos fórmulas.

Cada proceso consta de dos fases o actos, y estos dos actos son los mismos en ambas fórmulas; sin embargo, entre los dos procesos mismos existe una gran diferencia. En M - D - M, el dinero es sólo el mediador; la mercancía, el valor de uso, el punto de partida y el punto final. En D - M - D, la mercancía constituye el eslabón intermedio, mientras que el dinero constituye el principio y el fin. En M - D - M, el dinero se gasta definitivamente; en D - M - D, sólo se adelanta, debe ser recuperado. Refluye a su punto de partida, y aquí tenemos la primera diferencia sensible entre la circulación del dinero como dinero y la del dinero como capital.

En el proceso del vender para comprar M - D - M, el dinero sólo puede retornar a su punto de partida mediante la repetición de todo el proceso, mediante la venta de nuevas mercancías. El reflujo es, pues, independiente del proceso mismo. En D - M - D, en cambio, este reflujo es una necesidad y está previsto de antemano; si no tiene lugar, en alguna parte se ha producido un estancamiento y el proceso queda incompleto.

La venta para la compra tiene por objetivo la adquisición de valor de uso; la compra para la venta, la adquisición de valor de cambio.

En la fórmula M - D - M, los dos extremos son, económicamente expresados, idénticos. Ambos son mercancías; ambos son, además, de igual magnitud de valor, pues toda la teoría del valor presupone que, normalmente, sólo se intercambian equivalentes. Al mismo tiempo, estos dos extremos M - M son valores de uso cualitativamente diferentes, y precisamente por eso se intercambian. En el proceso D - M - D, toda la operación parece, a primera vista, carente de sentido. Cambiar 100 libras esterlinas por 100 libras esterlinas, y además dando un rodeo, parece absurdo. Una suma de dinero sólo puede distinguirse de otra suma de dinero por su magnitud. D - M - D, por tanto, sólo puede cobrar sentido mediante la diferencia cuantitativa de sus extremos. De la circulación tiene que extraerse más dinero del que se ha arrojado a ella. El algodón comprado por 1.000 libras esterlinas se vende a 1.100 libras esterlinas = 1.000 libras esterlinas + 100 libras esterlinas; la fórmula que representa este proceso se convierte, por consiguiente, en D - M - D', donde D' = D + ΔG, es decir, D más un incremento. A este ΔG, a este incremento, lo llama el señor Marx plusvalía (2). El valor originariamente adelantado no sólo se conserva, sino que se incrementa con un suplemento, se valoriza, y este proceso convierte el dinero en capital.

En la fórmula de circulación M - D - M ciertamente puede existir también una diferencia de valor entre los extremos, pero tal circunstancia es aquí del todo inesencial; la fórmula no se vuelve absurda si ambos extremos son equivalentes. Por el contrario, ésta es una condición de su carácter normal.

La repetición de M - D - M está limitada por circunstancias que se hallan por completo fuera del proceso de intercambio: por las necesidades del consumo. En D - M - D, en cambio, el principio y el fin son, cualitativamente considerados, lo mismo, y precisamente por ello el movimiento es, o puede ser, interminable. Sin duda, D + ΔG es una cantidad distinta de D; pero, aun así, no es más que una suma limitada de dinero. Si se gastara, dejaría de ser capital; si se retirara de la circulación, permanecería estacionaria como tesoro. Una vez dado el impulso de la valorización del valor, este impulso existe tanto para D' como para D; el movimiento del capital se vuelve constante e interminable, porque su meta queda tan incumplida al final de cada proceso singular como antes. La realización de este proceso interminable convierte al poseedor de dinero en capitalista.

La fórmula D - M - D parece aplicable sólo al capital comercial. Pero también el capital industrial es dinero que se cambia por mercancías y que se vuelve a cambiar por más dinero. Sin duda, en este caso aparece una serie de operaciones entre la compra y la venta, operaciones que se hallan fuera de la esfera de la circulación pura; pero no modifican en nada la esencia del proceso. Por otra parte, el mismo proceso se presenta en el capital que devenga interés en su forma más abreviada. Aquí la fórmula se reduce a D - D', valor que, por así decirlo, es mayor que sí mismo.

Pero ¿de dónde proviene este incremento de D, esta plusvalía? Nuestras investigaciones precedentes sobre la naturaleza de las mercancías, del valor, del dinero y de la circulación misma no sólo dejan sin aclarar esta pregunta, sino que parecen incluso excluir toda forma de circulación que conduzca en su resultado a algo así como una plusvalía. Toda la diferencia entre la circulación de mercancías (M - D - M) y la circulación del dinero como capital (D - M - D) parece consistir en una simple inversión del proceso. ¿Cómo podría esta inversión producir un resultado tan extraño?

Más aún: Esta inversión existe sólo para uno de los tres participantes en el proceso. Como capitalista, compro mercancía a A y la vendo de nuevo a B. A y B aparecen sólo como simples vendedores y compradores de mercancías. Yo mismo, en la compra a A, aparezco sólo como poseedor de dinero, y en la venta a B, sólo como poseedor de mercancías; pero en ninguna de estas transacciones aparezco como capitalista, como representante de algo que es más que dinero o mercancía. Para A, la transacción comenzó con una venta; para B, con una compra. Si desde mi punto de vista se produce una inversión de la fórmula M - D - M, desde el suyo no es el caso. Además, nada puede impedir a A que venda su mercancía a B sin mi mediación, y entonces no habría perspectiva alguna de ninguna plusvalía.

Supongamos que A y B compran directamente uno del otro lo que necesitan. En cuanto al valor de uso, ambos pueden ganar. A puede incluso producir más de su mercancía específica de lo que B podría producir en el mismo tiempo, y viceversa, con lo cual ambos ganarían. Pero con el valor de cambio ocurre de otro modo. En este caso se intercambian magnitudes iguales de valor, ya sirva el dinero de mediador o no.

Considerado en abstracto, es decir, prescindiendo de todas las circunstancias que no se derivan de las leyes inmanentes de la circulación simple de mercancías, en esta circulación simple no se produce, aparte de la sustitución de un valor de uso por otro, más que un cambio de forma de la mercancía. El mismo valor de cambio, el mismo quantum de trabajo social objetivado permanece en manos del poseedor de mercancías, ya sea bajo la figura de esta mercancía misma, ya del dinero por el que se vende, ya bajo la figura de la segunda mercancía comprada con el dinero. Este cambio de forma implica tan poco una modificación de la magnitud de valor como el cambiar un billete de cinco libras por cinco soberanos. En la medida en que se trata sólo de un cambio de forma del valor de cambio, tienen que intercambiarse equivalentes, al menos cuando el proceso se realiza en su forma pura y bajo condiciones normales. Las mercancías pueden venderse a precios superiores o inferiores a sus valores, pero sólo si se viola la ley del intercambio de mercancías. En su forma pura y normal, el intercambio de mercancías no es, por tanto, un medio para la formación de plusvalía. De ahí surge el error de todos los economistas que intentan derivar la plusvalía del intercambio de mercancías, como, por ejemplo, Condillac.

Pero supongamos que el proceso no transcurre bajo condiciones normales y que se intercambian no equivalentes. Supongamos que, por ejemplo, cada vendedor vende su mercancía un diez por ciento por encima de su valor. Ceteris paribus [permaneciendo iguales las demás circunstancias], cada uno vuelve a perder como comprador lo que ha ganado como vendedor. Sería exactamente lo mismo que si el valor del dinero hubiera bajado un 10 por ciento. Lo contrario, pero con el mismo resultado, ocurriría si todos los compradores compraran sus mercancías un 10 por ciento por debajo de su valor. No nos acercamos ni un ápice a la solución si suponemos que cada poseedor de mercancías, como productor, vende las mercancías por encima de su valor y, como consumidor, las compra por encima de su valor.

Los consecuentes representantes de la ilusión de que la plusvalía brota de un recargo nominal sobre el precio de las mercancías presuponen siempre la existencia de una clase que compra sin vender jamás, que consume sin producir. En esta etapa de nuestra investigación, la existencia de semejante clase es aún inexplicable. Pero supongamos que existe. ¿De dónde obtiene esa clase el dinero para comprar constantemente? Evidentemente, de los productores de mercancías, sobre la base de títulos jurídicos o de violencia arbitrarios, sin intercambio. Vender mercancías a esa clase por encima de su valor no significa otra cosa que recuperar, en parte, dinero entregado gratuitamente. De este modo, las ciudades de Asia Menor, cuando pagaban tributo a los romanos, recuperaban una parte del dinero

estafando a los romanos en el comercio; pero, aun así, esas ciudades eran las estafadas. Este no es, pues, ningún método de formación de plusvalía.

Tomemos el caso de la estafa. A vende a B vino por valor de 40 libras esterlinas a cambio de cereales por valor de 50 libras esterlinas. A ha ganado 10 libras esterlinas y B ha perdido 10 libras esterlinas, pero ambos juntos siguen teniendo solo 90 libras esterlinas, como antes. Se transfirió valor, pero no se creó. La clase capitalista entera de un país no puede acrecentar su riqueza total estafándose mutuamente.

Por consiguiente: si se intercambian equivalentes, no surge plusvalía alguna, y si se intercambian no equivalentes, tampoco surge plusvalía alguna. La circulación de mercancías no crea ningún valor nuevo. Esta es la razón por la que las dos formas más antiguas y populares del capital, el capital comercial y el capital que devenga interés, quedan aquí completamente desatendidas. Para explicar la plusvalía apropiada por estas dos formas de capital como resultado de una mera estafa, se requiere una serie de eslabones intermedios que, en esta etapa de la investigación, faltan aún. Más adelante veremos que ambas son solo formas derivadas, y también comprobaremos por qué ambas aparecen históricamente mucho antes que el capital moderno.

La plusvalía no puede brotar, pues, de la circulación de mercancías. Pero ¿puede brotar fuera de ella? Fuera de la circulación de mercancías, el poseedor de mercancías es el simple productor de su mercancía, cuyo valor está determinado por la magnitud de su propio trabajo contenido en ella, medida según una determinada ley social. Este valor se expresa en dinero de cuenta, digamos, en un precio de 10 libras esterlinas. Pero este precio de 10 libras esterlinas no es al mismo tiempo un precio de 11 libras esterlinas; este trabajo contenido en la mercancía crea valor, pero no valor que se valorice; puede añadir nuevo valor al valor existente, pero solo mediante la adición de nuevo trabajo. Ahora bien, ¿cómo podría el poseedor de mercancías, fuera de la esfera de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías, cómo podría ser capaz de producir plusvalía o, en otras palabras, de transformar mercancía o dinero en capital?

"El capital no puede brotar, por tanto, de la circulación, y tampoco puede
no
brotar de la circulación. Tiene que brotar al mismo tiempo en ella y
no
en ella ... La transformación del dinero en capital ha de desarrollarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de mercancías, de tal modo que
el intercambio de equivalentes valga como punto de partida
. Nuestro

poseedor de dinero, que aún no es más que una oruga de capitalista, tiene que comprar las mercancías por su valor, venderlas por su valor y, no obstante, al final del proceso, extraer más valor del que arrojó en él. Su despliegue en mariposa ha de acontecer en la esfera de la circulación y ha de
no
acontecer en la esfera de la circulación. Estas son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta!"

Y ahora, la solución:

"El cambio de valor del dinero que ha de transformarse en capital no puede operarse en este dinero mismo, pues como medio de compra y medio de pago él se limita a
realizar
el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, persistiendo en su propia forma, se petrifica convirtiéndose en una magnitud de valor inmutable. Tan poco puede brotar el cambio del segundo acto de la circulación, la reventa de la mercancía, pues este acto se limita a retransformar la mercancía de la forma natural a la forma de dinero.
El cambio tiene que producirse, pues, con la mercancía
que se compra en el primer acto D — M, pero no con su valor, pues se intercambian equivalentes, la mercancía se paga por su valor.
El cambio solo puede brotar, por tanto, de su valor de uso en cuanto tal
, esto es,
de su consumo
. Para extraer valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir,
dentro de la esfera de la circulación, en el mercado
, una mercancía
cuyo valor de uso mismo poseyera la peculiar cualidad de ser fuente de valor
,
cuyo consumo real fuera, pues, objetivación de trabajo
, y
por tanto, creación de valor
. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o
la fuerza de trabajo
.

Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y espirituales que existen en la corporalidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento siempre que produce valores de uso de cualquier especie.

Pero para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo como mercancía en el mercado, tienen que cumplirse diversas condiciones. El intercambio de mercancías no implica, en sí y por sí, otras relaciones de dependencia que las que brotan de su propia naturaleza. Bajo este supuesto, la fuerza de trabajo solo puede aparecer en el mercado como mercancía en la medida en que, y porque, ella es ofrecida en venta o vendida como mercancía por su propio poseedor, por la persona de la cual es fuerza de trabajo. Para que su poseedor la venda como mercancía, tiene que poder disponer de ella, o sea, ser propietario libre de su capacidad de trabajo, de su persona. Él y el poseedor de dinero se encuentran

en el mercado y entablan relación mutua como poseedores de mercancías equiparados, solo diferenciados por ser el uno comprador y el otro vendedor. La persistencia de esta relación exige que el propietario de la fuerza de trabajo la venda siempre solo por un tiempo determinado, pues si la vende en bloque, de una vez para siempre, se vende a sí mismo, se transforma de libre en esclavo, de poseedor de mercancías en mercancía ... La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado la fuerza de trabajo como mercancía es que su poseedor, en lugar de poder vender mercancías en las que se haya objetivado su trabajo, se vea obligado a ofrecer en venta como mercancía su fuerza de trabajo misma, la cual solo existe en su corporalidad viva.

Para que alguien pueda vender mercancías distintas de su fuerza de trabajo, tiene que poseer, naturalmente, medios de producción, por ejemplo, materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No puede hacer botas sin cuero. Necesita, además, medios de subsistencia. Nadie puede nutrirse de los productos del futuro, y por tanto, tampoco de valores de uso cuya producción está aún inconclusa, y, como en el primer día de su aparición sobre el escenario terrestre, el hombre tiene que consumir cada día, antes y mientras produce. Si los productos se producen como mercancías, tienen que ser vendidos después de producidos, y solo después de la venta pueden satisfacer las necesidades del productor. Al tiempo de producción se añade el tiempo necesario para la venta.

Para la transformación del dinero en capital, el poseedor de dinero tiene que encontrar, pues, al trabajador libre en el mercado de mercancías, libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como mercancía suya, y de que, por otra parte, no tiene otras mercancías que vender, suelto y desatado, libre de todas las cosas necesarias para la realización de su fuerza de trabajo.

La cuestión de por qué este trabajador libre le sale al paso en la esfera de la circulación no interesa al poseedor de dinero, quien encuentra el mercado de trabajo como una sección particular del mercado de mercancías. Y por ahora nos interesa a nosotros tan poco como a él. Nos atenemos teóricamente al hecho, como el poseedor de dinero en la práctica. Pero una cosa está clara. La naturaleza no produce, de un lado, poseedores de dinero o de mercancías, y del otro, meros poseedores de sus propias fuerzas de trabajo. Esta relación no es de índole histórico-natural, ni tampoco una relación social común a todos los períodos históricos. Es manifiestamente el resultado de un desarrollo histórico previo, el producto de muchas transformaciones económicas, del ocaso de toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social.

También las categorías económicas que hemos considerado anteriormente llevan su huella histórica. En la existencia del producto como mercancía están envueltas determinadas condiciones históricas. Para convertirse en mercancía, el producto no puede ser producido como medio inmediato de subsistencia para el productor mismo. Si hubiéramos investigado más a fondo las circunstancias bajo las que todos, o aun solo la mayoría de los productos, asumen la forma de mercancía, se habría hallado que esto ocurre solo sobre la base de un modo de producción enteramente específico, el
capitalista
. Pero semejante investigación estaba alejada del análisis de la mercancía. La producción y la circulación de mercancías pueden tener lugar aunque la masa de productos abrumadoramente mayoritaria, dirigida directamente al autoconsumo, no se transforme en mercancía, y aunque, por tanto, el proceso social de producción no esté aún dominado en toda su amplitud y profundidad por el valor de cambio ... O consideremos el dinero: este presupone un cierto nivel del intercambio de mercancías. Las formas particulares del dinero —mero equivalente de mercancías, o medio de circulación, o medio de pago, tesoro y dinero mundial— apuntan, según el diverso alcance y el relativo predominio de una u otra función, a estadios muy diferentes del proceso social de producción. No obstante, según la experiencia, una circulación de mercancías relativamente poco desarrollada basta para la formación de todas estas formas. Otra cosa es el capital. Las condiciones históricas de su existencia no coinciden, ni mucho menos, con la circulación de mercancías y de dinero. Solo surge allí donde el poseedor de medios de producción y de subsistencia encuentra en el mercado al trabajador libre como vendedor de su fuerza de trabajo, y esta única condición histórica encierra una historia universal. El capital anuncia, por tanto, de antemano, una nueva época del proceso social de producción."

|Karl Marx, El Capital, tomo I, MEW vol. 23,
pp. 180-184

Ahora hay que examinar esta peculiar mercancía, la fuerza de trabajo. Como todas las demás mercancías, posee un valor de cambio; este valor se determina como el de todas las otras mercancías: por el tiempo de trabajo necesario para su producción, y por tanto, también para su reproducción. El valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación de su poseedor en un estado normal de capacidad de trabajo. Estos medios de subsistencia se rigen por el clima y otras condiciones naturales, así como por un nivel de vida históricamente dado en cada país. Varían, pero están dados para un país determinado y una época determinada. Comprenden, además, los medios de subsistencia para los sustitutos de los trabajadores desgastados,

es decir, para sus hijos, de modo que esta peculiar clase de poseedores de mercancías pueda perpetuarse. Incluyen también, en el caso del trabajo cualificado, los costos de formación.

El límite mínimo del valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables. Si su precio desciende a este mínimo, desciende por debajo de su valor, pues este último presupone una calidad normal de la fuerza de trabajo, no una raquítica.

De la naturaleza del trabajo se desprende que la fuerza de trabajo solo se consume después de concluida su venta; y en todos los países de modo de producción capitalista se paga el trabajo una vez realizado. En todas partes, pues, el obrero otorga crédito al capitalista. Acerca de las consecuencias prácticas de este crédito concedido por el obrero, el Sr. Marx aduce algunos ejemplos interesantes extraídos de documentos parlamentarios; en lo que a estos ejemplos respecta, remitimos al libro mismo.

Con el consumo de la fuerza de trabajo, su comprador produce al mismo tiempo mercancías y plusvalía; para investigar esto, debemos abandonar la esfera de la circulación y trasladarnos a la esfera de la producción.

Aquí constatamos de inmediato que el proceso de trabajo posee un carácter doble. Por una parte, es el proceso simple de producción de valor de uso; como tal, puede y debe ser común a todas las formas históricas de existencia de la sociedad; por otra parte, este proceso transcurre, como ya se ha mencionado, bajo las condiciones específicas de la producción capitalista. Son estas las que debemos examinar ahora.

El proceso de trabajo sobre base capitalista posee dos peculiaridades. Primero: el obrero trabaja bajo el control del capitalista, quien se cuida de que nada se desperdicie y no se gaste en cada producto más que el quantum de trabajo socialmente necesario. Segundo: el producto es propiedad del capitalista, ya que el proceso mismo transcurre entre dos cosas que a él pertenecen: la fuerza de trabajo y los medios de trabajo.

Al capitalista le interesa el valor de uso solo en cuanto es la encarnación de valor de cambio y, ante todo, de plusvalía. Su objetivo consiste en producir una mercancía cuyo valor sea mayor que la suma de valor invertida en su producción. ¿Cómo puede ocurrir esto?

Tomemos una mercancía cualquiera, p. ej., hilado de algodón, y analicemos el quantum de trabajo materializado en él. Supongamos que para la producción de 10 libras de hilado se requieren 10 libras de algodón por valor de 10 chelines (dejando a un lado los residuos). Además, se requieren determinados medios de trabajo: una máquina de vapor, máquinas de peinar y otra maquinaria, carbón, lubricantes, etc. Para simplificar, designamos todo esto como “husos” y suponemos que el desgaste, el carbón, etc., necesarios para hilar 10 libras de hilado representan 2 chelines. Así tenemos 10 chelines por algodón y 2 chelines por husos = 12 chelines. Si 12 chelines representan el producto de 24 horas de trabajo o dos jornadas de trabajo, entonces algodón y husos materializan en el hilado dos jornadas de trabajo. Ahora bien, ¿cuánto añade el proceso de hilado?

Supongamos que el valor diario de la fuerza de trabajo per diem |por día| asciende a 3 chelines y que estos 3 chelines representan el trabajo de seis horas. Supongamos además que un obrero necesita seis horas para hilar 10 libras de hilado. En este caso, se han añadido al producto 3 chelines mediante el trabajo; el valor de las 10 libras de hilado asciende a 15 chelines, o 1 chelín y 6 peniques por libra.

Este proceso es muy sencillo, pero de él no brota plusvalía alguna. Y es que no puede ser de otra manera, pues en la producción capitalista las cosas no transcurren tan simplemente.

“Miremos más de cerca. El valor diario de la fuerza de trabajo ascendía a 3 chelines, porque en ella misma está materializada media jornada de trabajo. El hecho de que sea necesaria media jornada de trabajo para mantener con vida a la fuerza de trabajo durante 24 horas no impide en modo alguno al obrero trabajar una jornada entera. El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, por tanto, dos magnitudes diferentes. Esta diferencia de valor es la que el capitalista tenía en vista al comprar la fuerza de trabajo. Su propiedad útil, la de hacer hilado o botas, era solo una conditio sine qua non, porque el trabajo tiene que gastarse en forma útil para formar valor. Pero lo que decidió fue el valor de uso específico de esta mercancía: ser fuente de valor y de más valor del que ella misma tiene. Este es el servicio específico que el capitalista espera de ella. Y al hacerlo, procede de acuerdo con las leyes eternas del intercambio de mercancías. En efecto, el vendedor de la fuerza de trabajo, al igual que el vendedor de cualquier otra mercancía, realiza su valor de cambio y enajena su valor de uso. No puede obtener el uno sin desprenderse del otro. El valor de uso de la fuerza de trabajo, el trabajo mismo, pertenece tan poco a su vendedor como el valor de uso del aceite vendido al comerciante de aceite. El poseedor del dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo; por tanto, le pertenece su uso durante el día, el trabajo de toda la jornada. La circunstancia de que el mantenimiento diario de la fuerza de trabajo cueste solo media jornada de trabajo, aunque la fuerza de trabajo pueda actuar, trabajar, una jornada entera, y que, por consiguiente, el valor creado por su uso durante un día sea el doble de su propio valor diario, es una suerte especial para el comprador, pero en modo alguno una injusticia contra el vendedor.”

El obrero trabaja, pues, 12 horas, hila 20 libras de hilado que representan 20 chelines de algodón y 4 chelines de husos, etc., y su trabajo cuesta 3 chelines, en total 27 chelines. Si 10 libras de algodón absorbieron 6 horas de trabajo, 20 libras de algodón han absorbido 12 horas de trabajo, equivalentes a 6 chelines. “En las 20 libras de hilado están ahora materializadas 5 jornadas de trabajo: 4 en la masa consumida de algodón y husos, 1 absorbida por el algodón durante el proceso de hilado. Pero la expresión en oro de 5 jornadas de trabajo es 30 chelines. Este es, pues, el precio de las 20 libras de hilado. La libra de hilado sigue costando 1 chelín y 6 peniques. Pero la suma de valor de las mercancías lanzadas al proceso ascendía a 27 chelines. El valor del producto ha crecido en 1/9 por encima del valor adelantado para su producción. Así, 27 chelines se han transformado en 30 chelines. Han engendrado una plusvalía de 3 chelines. El truco, por fin, está logrado. El dinero se ha convertido en capital.

El tiempo de trabajo durante el cual el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo lo denomina el Sr. Marx “trabajo necesario”; el tiempo trabajado por encima de ese, durante el cual se produce plusvalía, lo llama “plustrabajo”. Trabajo necesario y plustrabajo forman juntos la “jornada de trabajo”.

En una jornada de trabajo, el tiempo de trabajo necesario está dado; pero el tiempo empleado en plustrabajo no está fijado por ninguna ley económica; puede ser más largo o más corto dentro de ciertos límites. No puede ser nunca igual a cero, pues entonces desaparecería para el capitalista el incentivo de emplear trabajo. Al mismo tiempo, la longitud total de la jornada de trabajo no puede alcanzar nunca, por razones fisiológicas, las 24 horas. Entre una jornada de trabajo de, digamos, 6 horas y una de 24 horas hay, sin embargo, muchos grados intermedios. Las leyes del intercambio de mercancías exigen que la jornada de trabajo no sea más larga de lo compatible con el desgaste normal del obrero. Pero ¿qué es desgaste normal? ¿Cuántas horas de trabajo diario son compatibles con él? Sobre este punto, las opiniones del capitalista y del obrero divergen ampliamente, y como no existe ninguna autoridad superior, la cuestión se decide por la *violencia.* La historia de la normativización de la jornada de trabajo es la historia de una lucha por sus límites: una lucha entre el capitalista global y el obrero global, entre la clase de los capitalistas y la clase obrera.

Es claro, sin embargo, que en toda formación social en la que el valor de uso del producto es más importante que su valor de cambio, el plustrabajo se halla limitado por un círculo más o menos estrecho de necesidades sociales, y que en estas circunstancias no surge necesariamente el afán de plustrabajo por el plustrabajo mismo. Así comprobamos que en la Antigüedad clásica el plustrabajo en su forma más brutal, el trabajo hasta la muerte del obrero, existió casi exclusivamente en las minas de oro y plata, donde el valor de cambio se producía en su forma autónoma, como dinero.

Aquí la comparación con la producción capitalista resulta particularmente interesante, porque en el trabajo de prestación personal el plustrabajo posee una forma autónoma, sensiblemente perceptible.

Debemos prescindir de citar otros ejemplos interesantes de la moderna historia social de los principados danubianos, mediante los cuales el señor Marx demuestra que los boyardos, apoyados por la intervención rusa, entienden tan bien como cualquier empresario capitalista el arte de extraer plustrabajo. Pero lo que el Reglement organique, mediante el cual el general ruso Kisselew otorgó a los boyardos un poder casi ilimitado sobre el trabajo de los campesinos, expresa positivamente, las leyes fabriles inglesas lo expresan negativamente.

Para demostrar la tendencia del capital a prolongar la jornada de trabajo más allá de todo límite razonable, el señor Marx cita extensamente los informes de los inspectores fabriles, los de la comisión encargada de investigar el trabajo infantil, los informes sobre salud pública y otros documentos parlamentarios, y resume en las siguientes conclusiones:

¿Pero no va esto en contra del interés mismo del capital? ¿No tiene el capital, a la larga, que reponer los costos de este desgaste desmesurado? Tal vez sea así en teoría. En la práctica, la trata organizada de esclavos en el interior de los estados del Sur ha elevado el desgaste de la fuerza de trabajo del esclavo en siete años a un principio económico reconocido; en la práctica, el capitalista inglés confía en el suministro de obreros procedentes de los distritos rurales.

La fijación de la jornada normal de trabajo es el resultado de una lucha multisecular entre empresarios y obreros. Y es interesante observar las dos corrientes opuestas en esta lucha. Al principio, las leyes tienen por objetivo obligar a los obreros a trabajar más tiempo; desde la primera ley obrera, promulgada en el año 23 del reinado de Eduardo III (1349), hasta el siglo XVIII, las clases dominantes nunca lograron exprimir a los obreros la cantidad máxima posible de trabajo. Pero con la introducción del vapor y de la maquinaria moderna, la situación cambió. La introducción del trabajo de mujeres y niños derribó tan rápidamente todas las barreras tradicionales del tiempo de trabajo, que el siglo XIX se inició con un sistema de sobretrabajo sin ejemplo en la historia mundial, y que ya en 1802 obligó a la legislación a fijar limitaciones del tiempo de trabajo. El señor Marx ofrece una amplia exposición de la historia de la legislación fabril inglesa hasta la ley de fábricas de 1867, y llega a estas conclusiones:

1. La maquinaria y el vapor conducen a un sobretrabajo, primero en los ramos industriales en que se aplican, y por eso se introducen primero en dichos ramos las limitaciones legales. Sin embargo, en el período siguiente comprobamos que este sistema de sobretrabajo se ha extendido a casi todos los ramos, incluso a aquellos en que no se emplea maquinaria o en los que subsisten los modos de producción más primitivos (véanse los informes de la comisión encargada de investigar el trabajo infantil).

2. Con la introducción del trabajo de mujeres y niños en las fábricas, el obrero aislado “libre” pierde su fuerza de resistencia frente a las extralimitaciones del capital y tiene que rendirse incondicionalmente. Esto lo obliga a la resistencia común; comienza la lucha de clase contra clase, del obrero colectivo contra el capitalista colectivo.

A continuación, hemos de analizar la tasa de la plusvalía y su relación con la masa de la plusvalía producida. Como hasta ahora, en esta investigación suponemos que el valor de la fuerza de trabajo es una magnitud dada, constante.

Bajo este supuesto, la tasa determina al mismo tiempo la masa de plusvalía que el obrero individual suministra al capitalista en un tiempo determinado. Si el valor diario de la fuerza de trabajo asciende a 3 chelines, que encarnan 6 horas de trabajo, y la tasa de plusvalía es del 100 por ciento, el capital variable de 3 chelines produce diariamente una plusvalía de 3 chelines, o el obrero suministra diariamente 6 horas de plustrabajo.

Dado que el capital variable es la expresión dineraria del valor de todas las fuerzas de trabajo empleadas simultáneamente por un capitalista, la masa de plusvalía producida por dichas fuerzas de trabajo se obtiene multiplicando el capital variable por la tasa de plusvalía; en otras palabras, está determinada por la relación entre el número de fuerzas de trabajo ocupadas simultáneamente y el grado de explotación. Ambos factores pueden variar, de modo que la disminución de uno puede ser compensada por el aumento del otro. Un capital variable requerido para emplear a 100 obreros con una tasa de plusvalía del 50 por ciento (digamos 3 horas de plustrabajo diario) no producirá más plusvalía que la mitad de ese capital variable, el cual emplea a 50 obreros con una tasa de plusvalía del 100 por ciento (digamos 6 horas de plustrabajo diario). Así, bajo ciertas circunstancias y dentro de ciertos límites, la oferta de trabajo que está a disposición del capital puede volverse independiente de la oferta obrera del momento.

Sin embargo, este incremento de la plusvalía mediante el aumento de su tasa tiene sus barreras absolutas. Cualquiera que sea el valor de la fuerza de trabajo, ya encarne dos o diez horas de tiempo de trabajo necesario, el valor total que un obrero produce día tras día nunca podrá alcanzar el valor en el cual se objetivan 24 horas de trabajo. Para obtener una masa igual de plusvalía, el capital variable sólo puede ser sustituido, dentro de estos límites, mediante la prolongación de la jornada laboral. Esto será importante más adelante para explicar diversos fenómenos que surgen de las dos tendencias contradictorias del capital: 1. reducir el número de obreros empleados, es decir, la magnitud del capital variable, y 2. producir, no obstante, la mayor masa posible de plustrabajo.

Además: "Las masas de valor y plusvalía producidas por distintos capitales se comportan, dado un valor igual y un grado de explotación igual de la fuerza de trabajo, directamente como las magnitudes de las partes constitutivas variables de estos capitales. Esta ley contradice manifiestamente toda la experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que un hilandero de algodón, que emplea relativamente mucho capital constante y poco variable,

no obtiene por ello una ganancia o plusvalía menor que un panadero que pone en movimiento relativamente mucho capital variable y poco constante. Para resolver esta contradicción aparente se requiere aún de muchos eslabones intermedios, tal como se necesitan muchos eslabones intermedios desde el punto de vista del álgebra elemental para comprender que
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S. 325

Para un país dado y una duración dada de la jornada laboral, la plusvalía sólo puede aumentarse mediante el incremento del número de obreros, es decir, de la población; este incremento constituye el límite matemático para la producción de plusvalía por el capital global de dicho país. Si, por otra parte, el número de obreros está dado, este límite está constituido por la posible prolongación de la jornada laboral. Más adelante se verá que esta ley sólo es válida para la forma de plusvalía analizada hasta ahora.

En este estadio de nuestra investigación constatamos que no toda suma de dinero puede convertirse en capital; que para ello existe un mínimo determinado: los costos de una sola fuerza de trabajo y de los medios de trabajo necesarios para ponerla en movimiento. Suponiendo que la tasa de plusvalía fuera del 50 por ciento, nuestro capitalista en ciernes tendría que emplear a dos obreros para poder vivir él mismo como un obrero. Sin embargo, con ello no podría ahorrar nada, pero el fin de la producción capitalista no es sólo la conservación, sino también, y en primer lugar, el incremento de la riqueza.

"Para que viviera sólo el doble de bien que un obrero ordinario y reconvirtiera en capital la mitad de la plusvalía producida, tendría que aumentar, junto con el número de obreros, al óctuple el mínimo del capital adelantado. Ciertamente, él mismo puede, al igual que su obrero, poner manos a la obra directamente en el proceso de producción, pero entonces es también sólo un término medio entre capitalista y obrero, un 'pequeño maestro'. Cierto grado de altura de la producción capitalista exige que el capitalista pueda emplear todo el tiempo durante el cual funciona como capitalista, es decir, como capital personificado, en la apropiación y, por tanto, en el control de trabajo ajeno y en la venta de los productos de este trabajo. El régimen gremial de la Edad Media intentó impedir violentamente la transformación del maestro artesano en capitalista, limitando a un máximo muy reducido el número de obreros que un solo maestro podía emplear. El poseedor de dinero o de

mercancías se transforma realmente en capitalista sólo allí donde la suma mínima adelantada para la producción se sitúa muy por encima del máximo medieval. Aquí, como en la ciencia natural, se confirma la exactitud de la ley descubierta por Hegel en su 'Lógica': que meros cambios cuantitativos, al llegar a cierto punto, se truecan en diferencias cualitativas." |Karl Marx, Das Kapital, I. Band, MEW Bd. 23,
S. 326/327

El mínimo de la suma de valor requerida para convertir a un poseedor de dinero o de mercancías en capitalista varía en las diferentes fases de desarrollo de la producción capitalista y, en una fase de desarrollo dada, para los distintos ramos de negocio.

Durante el proceso de producción tratado detalladamente más arriba, la relación entre capitalista y obrero se ha modificado esencialmente. En primer lugar, el capital se ha desarrollado hasta convertirse en mando sobre el trabajo, es decir, sobre el obrero mismo. El capital personificado, el capitalista, vigila que el obrero ejecute su trabajo de manera regular, esmerada y con el debido grado de intensidad.

"El capital se desarrolló, además, hasta convertirse en una relación de coerción que obliga a la clase obrera a ejecutar más trabajo del que prescribe el estrecho círculo de sus propias necesidades vitales. Y como productor de laboriosidad ajena, como extractor de plustrabajo y explotador de fuerza de trabajo, sobrepasa en energía, desmesura y eficacia a todos los sistemas de producción anteriores basados en el trabajo forzado directo.

El capital subsume inicialmente el trabajo bajo las condiciones técnicas en que lo encuentra históricamente. Por tanto, no cambia de inmediato el modo de producción. La producción de plusvalía en la forma considerada hasta aquí, mediante la simple prolongación de la jornada de trabajo, aparecía consiguientemente como independiente de todo cambio en el modo de producción mismo. No era menos eficaz en la anticuada panadería que en la moderna hilandería de algodón.

Si consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de trabajo, el obrero se relacionaba con los medios de producción no como capital, sino como mero medio y material de su actividad productiva conforme a fines. En una curtiduría, por ejemplo, trata las pieles como su simple objeto de trabajo. No es al capitalista a quien curte la piel. Otra cosa sucede tan pronto consideramos el proceso de producción desde el punto de vista del proceso de valorización. Los medios de producción se convirtieron de inmediato en medios para absorber trabajo ajeno.

Ya no es el obrero quien emplea los medios de producción, sino que son los medios de producción los que emplean al obrero. En lugar de
ser consumidos por él
como elementos materiales de su actividad productiva,
lo consumen a él
S. 328/329

Existe, sin embargo, todavía otra forma de la plusvalía. Cuando se ha alcanzado el límite extremo de la jornada de trabajo, al capitalista le queda aún otro medio para elevar el plustrabajo: mediante el aumento de la fuerza productiva del trabajo, mediante la consiguiente reducción del valor de la fuerza de trabajo y el acortamiento del tiempo de trabajo necesario. Esta forma de la plusvalía será examinada en un segundo artículo.

Notas de Friedrich Engels

(1)
El Capital. Por Karl Marx. Primer tomo. Hamburgo, Meißner, 1867.

(2)
Donde
"valor"
se usa aquí sin determinación más precisa, significa siempre
valor de cambio
.

(3)
Debemos notar aquí que
plusvalía
no es en modo alguno idéntica a
ganancia
.