F. Engels

Reseña del primer tomo de

El Capital de Carlos Marx para

el Demokratisches Wochenblatt[1]

Edición electrónica: Proyecto Espartaco, 2001.

EL CAPITAL DE MARX[2]

I

Desde que hay en el
mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para
los obreros la importancia de éste. En él se estudia científicamente, por
vez primera, la relación entre el capital y el trabajo, eje en torno del cual
gira todo el sistema de la moderna sociedad, y se hace con una profundidad
y un rigor sólo posibles en un alemán. Por más valiosas que son y serán siempre
las obras de un Owen, de un Saint-Simon, de un Fourier, tenía que ser un alemán
quien escalase la cumbre desde la que se domina, claro y nítido —como se domina
desde la cima de las montañas el paisaje de las colinas situadas más abajo—,
todo el campo de las modernas relaciones sociales.

La Economía política
al uso nos enseña que el trabajo es la fuente de toda la riqueza y la medida
de todos los valores, de tal modo, que dos objetos cuya producción haya costado
el mismo tiempo de trabajo encierran idéntico valor; y como, por término medio,
sólo pueden cambiarse entre sí valores iguales, esos objetos deben poder ser
cambiados el uno por el otro. Pero, al mismo tiempo, nos enseña que existe
una especie de trabajo acumulado, al que esa Economía da el nombre de capital,
y que este capital, gracias a los recursos auxiliares que encierra, eleva
cien y mil veces la capacidad productiva del trabajo vivo, en gracia a lo
cual exige una cierta remuneración, que se conoce con el nombre de beneficio
o ganancia. Todos sabemos que lo que sucede en realidad es que, mientras las
ganancias del trabajo muerto, acumulado, crecen en proporciones cada vez más
asombrosas y los capitales de los capitalistas se hacen cada día más gigantescos,
el salario del trabajo vivo se reduce cada vez más, y la masa de los obreros,
que viven exclusivamente de un salario, se hace cada vez más numerosa y más
pobre. ¿Cómo se resuelve esta contradicción? ¿Cómo es posible que
el capitalista obtenga una ganancia, si al obrero se le retribuye el valor
íntegro del trabajo que incorpora a su producto? Como el cambio supone siempre
valores iguales, parece que tiene necesariamente que suceder así. Mas, por
otra parte, ¿cómo pueden cambiarse valores iguales, y cómo puede retribuírsele
al obrero el valor íntegro de su producto, si, como muchos economistas reconocen,
este producto se distribuye entre él y el capitalista? Ante esta contradicción,
la Economía al uso se queda perpleja y no sabe más que escribir o balbucir
unas cuantas frases confusas, que no dicen nada. Tampoco los críticos socialistas
de la Economía política, anteriores a nuestra época, pasaron de poner de manifiesto
la contradicción; ninguno logró resolverla, hasta que Marx, por fin, analizó
el proceso de formación de la ganancia, remontándose a su verdadera fuente
y poniendo en claro, con ello, todo el problema.

En su investigación
del capital, Marx parte del hecho sencillo y notorio de que los capitalistas
valorizan su capital por medio del cambio, comprando mercancías con su dinero
para venderlas después por más de lo que les han costado. Por ejemplo, un
capitalista compra algodón por valor de 1.000 táleros y lo revende por 1.10O,
«ganando», por tanto, 100 táleros. Este superávit de 100 táleros,
que viene a incrementar el capital primitivo, es lo que Marx llama plusvalía.
¿De dónde nace esta plusvalía? Los economistas parten del supuesto de
que sólo se cambian valores iguales, y esto, en el campo de la teoría abstracta,
es exacto. Por tanto, la operación consistente en comprar algodón y en volverlo
a vender, no puede engendrar una plusvalía, como no puede engendrarla el hecho
de cambiar un tálero por treinta silbergroschen o el de volver a cambiar las
monedas fraccionarias por el tálero de plata. Después de realizar esta operación,
el poseedor del tálero no es más rico ni más pobre que antes. Mas la plusvalía
no puede brotar tampoco del hecho de que los vendedores coloquen sus mercancías
por más de lo que valen o de que los compradores las obtengan por debajo de
su valor, porque los que ahora son compradores son luego vendedores, y, por
tanto, lo que ganan en un caso lo pierden en el otro. Ni puede provenir tampoco
de que los compradores y vendedores se engañen los unos a los otros, pues
eso no crearía ningún valor nuevo o plusvalía, sino que haría cambiar únicamente
la distribución del capital existente entre los capitalistas. Y no obstante,
a pesar de comprar y vender las mercancías por lo que valen, el capitalista
saca de ellas más valor del que ha invertido. ¿Cómo se explica esto?

Bajo el régimen social
vigente, el capitalista encuentra en el mercado una mercancía que posee
la peregrina cualidad de que, al consumirse, engendra nuevo valor, crea
un nuevo valor: esta mercancía es la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor
de la fuerza de trabajo? El valor de toda mercancía se mide por el trabajo
necesario para producirla. La fuerza de trabajo existe bajo la forma del obrero
vivo, quien para vivir y mantener además a su familia que garantice la persistencia
de la fuerza de trabajo aun después de su muerte, necesita una determinada
cantidad de medios de vida. El tiempo de trabajo necesario para producir estos
medios de vida representa, por tanto, el valor de la fuerza de trabajo. El
capitalista se lo paga semanalmente al obrero y le compra con ello el uso
de su trabajo durante una semana. Hasta aquí, esperamos que los señores economistas
estarán, sobre poco más o menos, de acuerdo con nosotros, en lo que al valor
de la fuerza de trabajo se refiere.

El capitalista pone
a su obrero a trabajar. El obrero le suministra al cabo de determinado tiempo
la cantidad de trabajo representada por su salario semanal. Supongamos que
el salario semanal de un obrero equivale a tres días de trabajo; si el obrero
comienza a trabajar el lunes, el miércoles por la noche habrá reintegrado
al capitalista el valor íntegro de su salario. Pero, ¿es que deja
de trabajar una vez conseguido esto? Nada de eso. El capitalista le ha comprado
el trabajo de una semana; por tanto, el obrero tiene que seguir trabajando
los tres días que faltan para ésta. Este plustrabajo del obrero, después
de cubrir el tiempo necesario para reembolsar al patrono su salario, es la
fuente de la plusvalía, de la ganancia, del incremento progresivo del
capital.

Y no se diga que eso
de que el obrero rescata en tres días, trabajando, el salario que percibe,
y que durante los tres días restantes trabaja para el capitalista, es una
suposición arbitraria. Por el momento, nos tiene absolutamente sin cuidado,
y es cosa que depende de las circunstancias, el que para reponer el salario
necesite realmente tres días, o dos, o cuatro; lo importante es que, además
del trabajo pagado, el capitalista le saca al obrero trabajo que no le
retribuye. Y esto no es ninguna suposición arbitraria, ya que el día en
que el capitalista, a la larga, sólo sacase del obrero el trabajo que le remunera
mediante el salario, cerraría la fábrica, pues toda su ganancia se iría a
pique.

He
aquí la solución de todas aquellas contradicciones. El nacimiento de la plusvalía
(de la que una parte importante constituye la ganancia del capitalista) es,
ahora, completamente claro y natural. Al obrero se le paga, ciertamente, el
valor de la fuerza de trabajo. Lo que ocurre es que este valor es bastante
inferior al que el capitalista logra sacar de ella, y la diferencia, o sea
el trabajo no retribuido, es lo que constituye precisamente la parte
del capitalista, o mejor dicho, de la clase capitalista. Pues, hasta la ganancia
que en nuestro ejemplo de más arriba obtenía el comerciante algodonero al
vender el algodón, tiene que provenir necesariamente, si la mercancía no sube
de precio, del trabajo no retribuido. El comerciante tiene que vender su mercancía
a un fabricante de tejidos de algodón, quien puede sacar del artículo que
fabrica, además de aquellos 100 táleros, un beneficio para sí, compartiendo,
por tanto, con el comerciante el trabajo no retribuido que se embolsa. De
este trabajo no retribuido viven en general todos los miembros ociosos de
la sociedad. De él salen los impuestos que cobran el Estado y el municipio,
en la parte que grava a la clase capitalista, la renta del suelo abonada a
los terratenientes, etc. Sobre él descansa todo el orden social existente.

Sería necio, sin embargo,
creer que el trabajo no retribuido solo ha surgido bajo las condiciones actuales,
en que la producción corre a cargo de capitalistas de una parte y de obreros
asalariados de otra parte. Nada más lejos de la verdad. La clase oprimida
se ha visto forzada a rendir trabajo no retribuido en todas las épocas de
la historia. Durante los largos siglos en que la esclavitud era la forma dominante
de organización del trabajo, los esclavos veíanse obligados a trabajar mucho
más de lo que se les pagaba en forma de medios de vida. Bajo la dominación
de la servidumbre de la gleba y hasta la abolición de la prestación personal
campesina, ocurría lo mismo; aquí, incluso adquiría forma tangible la diferencia
entre el tiempo durante el cual el campesino trabajaba para su propio sustento
y el plustrabajo que rendía para el señor feudal, precisamente porque éste
lo ejecutaba en otro sitio que aquel. Hoy, la forma ha cambiado, pero el fondo
sigue siendo el mismo, y mientras «una parte de la sociedad posea el
monopolio de los medios de producción, el obrero, sea libre o no libre, no
tendrá más remedio que añadir al tiempo durante el cual trabaja para su propio
sustento un tiempo de trabajo adicional para producir los medios de vida destinados
a los poseedores de los instrumentos de producción» (Marx, pág.
202) [3].

II

Veíamos en nuestro articulo
anterior que todo obrero enrolado por el capitalista ejecuta un doble trabajo:
durante una parte del tiempo que trabaja, repone el salario que el capitalista
le adelanta, y esta parte del trabajo es lo que Marx llama trabajo necesario.
Pero luego, tiene que seguir trabajando y producir la plusvalía para
el capitalista, una parte importante de la cual representa la ganancia. Esta
parte de trabajo recibe el nombre de plustrabajo.

Supongamos que el obrero
trabaja durante tres días de la semana para reponer su salario y tres días
para crearle plusvalía al capitalista. Expresado en otros términos, esto vale
tanto como decir que, si la jornada es de doce horas, trabaja seis horas por
su salario y otras seis para la producción de plusvalía. De una semana sólo
pueden sacarse seis días o siete, a lo sumo, incluyendo el domingo; en cambio,
a cada día se le pueden arrancar seis, ocho, diez, doce, quince horas de trabajo,
y aún más. El obrero vende al capitalista, por el jornal, una jornada de trabajo.
Pero ¿qué es una jornada de trabajo? ¿Ocho horas, o dieciocho?

Al capitalista le interesa
que la jornada de trabajo sea lo más larga posible. Cuanto más larga sea,
mayor plusvalía rendirá. Al obrero le dice su certero instinto que cada hora
más que trabaja, después de reponer el salario, es una hora que se le sustrae
ilegítimamente, y sufre en su propia pelleja las consecuencias del exceso
de trabajo. El capitalista lucha por su ganancia, el obrero por su salud,
por un par de horas de descanso al día, para poder hacer algo más que trabajar,
comer y dormir, para poder actuar también en otros aspectos como hombre. Diremos
de pasada que no depende de la buena voluntad de cada capitalista en particular
luchar o no por sus intereses, pues la competencia obliga hasta a los más
filantrópicos a seguir las huellas de los demás, haciendo a sus obreros trabajar
el mismo tiempo que trabajan los otros.

La lucha por conseguir
que se fije la jornada de trabajo dura desde que aparecen en la escena de
la historia los obreros libres hasta nuestros días. En distintas industrias
rigen distintas jornadas tradicionales de trabajo, pero, en la práctica, son
muy contados los casos en que se respeta la tradición. Sólo puede decirse
que existe verdadera jornada normal de trabajo allí donde la ley fija esta
jornada y se encarga de velar por su aplicación. Hasta hoy, puede afirmarse
que esto sólo acontece en los distritos fabriles de Inglaterra. En las fábricas
inglesas rige la jornada de diez horas (o sea, diez horas y media durante
cinco días y siete horas y media los sábados) para todas las mujeres y los
chicos de trece a dieciocho años; y como los hombres no pueden trabajar sin
la cooperación de aquellos elementos, de hecho también ellos disfrutan la
jornada de diez horas. Los obreros fabriles de Inglaterra arrancaron esta
ley a fuerza de años y años de perseverancia en la más tenaz y obstinada lucha
contra los fabricantes, mediante la libertad de prensa y el derecho de reunión
y asociación y explotando también hábilmente las disensiones en el seno de
la propia clase gobernante. Esta ley se ha convertido en el paladión de los
obreros ingleses, ha ido aplicándose poco a poco a todas las grandes ramas
industriales, y el año pasado se hizo extensiva a casi todas las industrias,
por lo menos a todas aquellas en que trabajan mujeres y niños. Acerca de la
historia de esta reglamentación legal de la jornada de trabajo en Inglaterra,
contiénense datos abundantísimos en la obra que estamos comentando. En el
próximo Reichstag del Norte de Alemania se deliberará también acerca
de una ordenanza industrial, y, por tanto, se pondrá a debate la reglamentación
del trabajo fabril. Esperamos que ninguno de los diputados elegidos por los
obreros alemanes intervendrá en la discusión de esta ley sin antes familiarizarse
bien con el libro de Marx. Aquí se podrá lograr mucho. Las disensiones
que existen en el seno de las clases dominantes son más propicias para los
obreros que lo han sido nunca en Inglaterra, porque el sufragio universal
obliga a las clases dominantes a captarse las simpatías de los obreros.
En estas condiciones, cuatro o cinco representantes del proletariado, si saben
aprovecharse de su situación, y sobre todo si saben de qué se trata, cosa
que no saben los burgueses, pueden constituir una fuerza. El libro
de Marx pone en sus manos, perfectamente dispuestos, todos los datos necesarios.

Pasaremos por alto una
serie de excelentes investigaciones, de carácter más bien teórico, y nos detendremos
tan sólo en el capítulo final de la obra, que trata de la acumulación del
capital. En este capítulo se pone primero de manifiesto que el método capitalista
de producción, es decir, el método de producción que presupone la existencia
de capitalistas, por una parte, y de obreros asalariados, por otra, no sólo
le reproduce al capitalista constantemente su capital, sino que reproduce,
incesantemente, la pobreza del obrero, velando, por tanto, por que existan
siempre, de un lado, capitalistas que concentran en sus manos la propiedad
de todos los medios de vida, materias primas e instrumentos de producción,
y, de otro lado, la gran masa de obreros obligados a vender a estos capitalistas
su fuerza de trabajo por una cantidad de medios de vida que, en el mejor de
los casos, sólo alcanza para sostenerlos en condiciones de trabajar y de criar
una nueva generación de proletarios aptos para el trabajo. Pero el capital
no se limita a reproducirse, sino que aumenta y crece incesantemente, con
lo cual aumenta y crece también su poder sobre la clase de los obreros desposeídos
de toda propiedad. Y, del mismo modo que el capital se reproduce a sí mismo
en proporciones cada vez mayores, el moderno modo capitalista de producción
reproduce igualmente, en proporciones que van siempre en aumento, en número
creciente sin cesar la clase de los obreros desposeídos. «La acumulación
del capital reproduce la relación del capital en una escala mayor: a más capitalistas
o a mayores capitalistas en un polo, en el otro polo más obreros asalariados...
La acumulación del capital significa, por tanto, el crecimiento del proletariado»
(pág. 600) [4]. Pero, como los progresos de
la maquinaria, el cultivo perfeccionado de la tierra, etc., hacen que cada
vez se necesiten menos obreros para producir la misma cantidad de artículos,
y como este perfeccionamiento, es decir, esta creación de obreros sobrantes,
aumenta con mayor rapidez que el propio capital creciente, ¿qué se hace
de este número, cada vez mayor, de obreros superfluos? Forman un ejército
industrial de reserva, al que en las épocas malas o medianas se le paga menos
de lo que vale su trabajo, que trabaja sólo de vez en cuando o se queda a
merced de la beneficencia pública, pero que es indispensable para la clase
capitalista en las épocas de gran actividad, como ocurre actualmente, a todas
luces, en Inglaterra, y que en todo caso sirve para vencer la resistencia
de los obreros ocupados normalmente y para mantener bajos sus salarios. «Cuanto
mayor es la riqueza social... tanto mayor es la superpoblación relativa, es
decir, el ejército industrial de reserva. Y cuanto mayor es este ejército
de reserva, en relación con el ejército obrero activo (o sea, con los obreros
ocupados normalmente), tanto mayor es la masa de superpoblación consolidada
(permanente), es decir, las capas obreras cuya miseria está en razón inversa
a sus tormentos de trabajo [5].
Finalmente, cuanto más extenso es en la clase obrera el sector de la pobreza
y el ejército industrial de reserva, tanto mayor es también el pauperismo
oficial. Tal es la ley absoluta, general, de la acumulación capitalista»
(pág. 631) [6].

He ahí, puestas de manifiesto
con todo rigor científico —los economistas oficiales se guardan mucho de intentar
siquiera refutarlas— algunas de las leyes fundamentales del moderno sistema
social capitalista. Pero, ¿queda dicho todo, con esto? No, ni mucho menos.
Con la misma nitidez con que destaca los lados negativos de la producción
capitalista, Marx pone de relieve que esta forma social era necesaria para
desarrollar las fuerzas productivas sociales hasta un nivel que haga posible
un desarrollo igual y digno del ser humano para todos los miembros
de la sociedad. Todas las formas sociales anteriores eran demasiado pobres
para esto. Sólo la producción capitalista crea las riquezas y las fuerzas
productivas necesarias para ello, pero crea también, al mismo tiempo, con
las masas de obreros oprimidos, una clase social obligada más y más a tomar
en sus manos estas riquezas y fuerzas productivas, para conseguir que sean
aprovechadas en beneficio de toda la sociedad y no, como hoy, en el de una
clase monopolista.

NOTAS

[1] El presente artículo
es una de las reseñas de Engels del I tomo de "El Capital" publicada en la
prensa obrera y democrática con el fin de divulgar las tesis esenciales del
libro. Además de los artículos para obreros, Engels escribió varias reseñas
anónimas para la prensa burguesa, a fin de destruir la «conspiración
del silencio» con el que la ciencia económica oficial y la prensa burguesa
acogieron el genial trabajo de Marx. En dichas reseñas, Engels critica el
libro, como si dijéramos, «desde un punto de vista burgués», para
obligar con la ayuda de este «recurso militar», según la expresión
de Marx, a los economistas burgueses a hablar del libro.

"Demokratisches Wochenblatt"
(«Hebdomadario democrático») era un periódico obrero alemán que
se publicó de enero de 1868 a septiembre de 1869 en Leipzig bajo la redacción
de G. Liebknecht. El periódico desempeñó un papel considerable en la creación
del Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania. En el Congreso de Eisenach
de 1869, fue proclamado órgano central del partido y pasó a denominarse "Volksstaat".
Colaboraban en él Marx y Engels.

[2] Das Kapital. Kritik
der politischen Oekonomie, von Karl Marx. Erster Band. Der Produktionsprozess
des Kapitals. Hamburg, O. Meissner, 1867.

Véase C. Marx y F. Engels. "Obras", 2 ed. en ruso, t. 23, pág. 246. (N. de
la Edit.)

Véase C. Marx y F. Engels. "Obras", 2 ed. en ruso, t. 23, págs. 627-628. (N.
de la Edit.)

En la traducción autorizada del I tomo de "El Capital" al francés Marx puntualiza
esta tesis. (N. de la Edit.)

Véase C. Marx y F. Engels. "Obras", 2 ed. en ruso, t. 23, pág. 659. (N. de
la Edit.)