Londres, 9 de diciembre de 1868. Querido Fred, muchas gracias por las 5 £. Había olvidado incluir lo del ruso. Lo incluyo aquí. Además, Sigfrid Meyer. [[El tal Drury, de quien habla, es un tipo perezoso que antes estuvo en Londres y quiso meterse a empellones en el Consejo Central. Había impresionado a S. Meyer con sus apariciones públicas en Nueva York. Meyer nos había escrito para que nombrásemos a D. agente nuestro. Le contesté que el Sr. D. ya se había hecho «recomendar» por nosotros en ese concepto a través de Cremer, Hulek, etc. No lo queríamos. ) ]] Por fin, la tarjeta de reaparición del «Schaute». Esta carta es muy característica suya. Schily lo llevó a donde Lafargue y Cía. Sabes que en París solo se puede mudar uno a partir del vencimiento del trimestre. Así pues, Lafargue y Laura vivieron, hasta hace unas 14 días (cuando encontraron vivienda y les enviamos sus cajones y cajas), en una chambre garnie, arriba. Lo primero que dijo Borkheim cuando vino a visitarlos con Schily fue: «¡Pues sí que me quedo sin aliento! ¡No me gustaría subir tan a menudo tan alto!». ¡Y ahora las apostillas que me ha enviado! Por lo demás, ha cumplido su palabra de «no subir». En realidad, Lafargue había comprado el Thénot, pero como el envío por correo a Londres resultaba caro, Borkheim debía traer el libro a su regreso a Burdeos. Pero no se le volvió a ver. Con esta ocasión me viene a la memoria otra anécdota relativa a B. Poco antes de que Lafargue partiera, B. lo invitó a él y a mi familia a cenar. (Laura no fue.) Después de que los «caballeros» se retiraran al estudio de Borkheim —los caballeros éramos Lafargue, Borkh. y yo—, Borkheim contó toda suerte de chismes que éste o aquél habrían dicho sobre mí o habrían hecho imprimir. Lo dejé hacer un rato, mientras Lafargue, enfadado, se balanceaba en su silla. Por fin lo interrumpí y le dije: En general es asombroso lo que se chismorrea en el mundo. De eso, Engels y yo podríamos contar las mejores historias, pues poseemos todo un archivo sobre la emigración. Por ejemplo, cuando él —Borkheim— llegó de Suiza a Inglaterra, nos llegó el informe de que era agente del conde prusiano X (cuyo nombre no recuerdo en este momento), el cual es a su vez espía prusiano, y que ese conde lo habría enviado también a Suiza, etc. Borkheim se levantó como una bomba. «Nunca hubiera creído que ningún ser humano en Londres supiera algo de esta historia, etc.» Se puso entonces a contar la historia con pelos y señales y, en su agitación, se atiborró de demasiada agua caliente y de aún más brandy. En ese estado de sobreexcitación regresamos luego al salón con las damas para tomar el té, y Borkheim soltó de inmediato que yo le había dado la sorpresa más extraña de su vida. Acto seguido contó la misma historia tres veces seguidas, para gran enfado de su mujer, ya que en ella desempeñaban un papel toda clase de mujerzuelas. Más tarde me escribió aún dos veces: que yo sin duda había bromeado, que él mismo me había contado una vez aquel chisme contra él, etc. Pero yo mantuve la seriedad. (Nos habíamos enterado del asunto por Schily, quien // en una de sus cartas desde París, en tiempos del affaire Vogt.) ¡Penas ha de haber! À propos! Una cosa que durante mucho tiempo me pareció muy enigmática fue: ¿de dónde sacaron los ingleses todo el algodón durante los 3 años de la hambre de algodón, incluso para la escala reducida de producción? Era imposible desentrañarlo a partir de las estadísticas oficiales. A pesar de todas las importaciones de la India, etc., aparecía un déficit enorme cuando se calculaban las exportaciones al Continente (en parte incluso a Nueva Inglaterra). No quedaba nada o casi nada para el consumo interno. La cosa se resuelve de forma sencilla. Ahora se ha demostrado (hecho que quizá tú ya conoces, pero que para mí es nuevo) que, literalmente, los ingleses, al estallar la guerra civil, tenían reservas para unos 3 años (naturalmente, a la escala reducida de producción). ¡Así que menudo caos se habría producido si no hubiera estallado la guerra civil! Las exportaciones de hilado y de mercancías manufacturadas en 1862, 1863 y 1864 ascendieron a 1.208.932.000 lbs (reducidas a hilado), y los suministros (importaciones) (reducidos al peso equivalente en hilado) = 1.187.369.000 lbs. En la primera cifra es natural que probablemente se haya pasado por alto el excedente de peso de la cola contenida en las mercancías manufacturadas. No obstante, el resultado viene a ser aproximadamente que la totalidad del abastecimiento interno se suministró a partir de las reservas existentes. Salut. D. K. M.