Manchester, 14 de oct. de 1868

Querido Mohr:

La _Kölnische Zeitung_ dice hoy que los obreros de Essen, que acaban de terminar felizmente la huelga, se han indignado contra la schweitzería y sus partidarios, los notables locales, y exigen una rigurosa rendición de cuentas de los fondos de la huelga. Por sospechosa que sea la fuente, el síntoma es significativo. En el punto del dinero se va a pique toda esta agitación; los jefes lassalleanos son, en este punto, unos canallas de marca mayor. Dice además que en Gladbach los fabricantes de algodón han comprendido que la jornada de trabajo es demasiado larga y forman entre ellos una asociación para reducir el tiempo de 13 horas, en un primer paso, a 12 (n.º del 12 de oct.). Ya ves cómo tu libro surte efectos prácticos también sobre la burguesía. ¡Qué número tan estúpido vuelve a ser el del periodicucho de Wilhelm esta semana! Lo que tú escribes sobre Hirsch lo interrumpe para meter un artículo insulso que viene a parar en que la sociedad burguesa, o como él dice «lo social», está determinada por «lo político», y no al revés. _Naturam si furca expellas_, etc. Casi todos los artículos hierven de necedades.

Ernest Jones parece tener aquí ahora el éxito asegurado, si es que puede uno fiarse del hurra con que precisamente él, entre los tres candidatos liberales, es recibido en todas partes. Si sale bien, no lo conseguirá gracias a su astucia, ni tampoco a su franqueza, sino únicamente por el instinto de las masas. Los tories no logran encontrar candidato; dicen que quieren presentar aquí a uno de los Hoare (banqueros de Londres); pero el hombre tendrá que tirar mucho dinero por la ventana si se mete en eso.

En Berlín, a consecuencia del fuerte calor del verano pasado, se ha suprimido por completo en varias escuelas superiores la enseñanza de la tarde y se ha alargado en una hora el horario de la mañana. Los resultados han sido del todo inesperados; los muchachos adelantaron con enorme rapidez, y ahora se va a intentar la cosa en mayor escala.

En España, el régimen de los generales parece desgastarse rápidamente. La supresión de los jesuitas y la parcial de los conventos se han hecho esperar mucho, y todo indica que no se han arrancado sino a la fuerza, en parte por los apuros financieros; en cambio, la recompensa a los señores oficiales y suboficiales por pasarse al bando insurreccional ha llegado bastante deprisa. También el desarme del pueblo parece ser solo cuestión de tiempo. Pero en un movimiento como este no bastan los pequeños trucos de prestidigitación con los que un general, tras un golpe de mano, pudo ir tirando como ministro de Isabel.

Con los mejores saludos,
tuyo
F. E.