Londres, 10 de septiembre de 1868
¡Queridos Eccarius y Leßner!

Ante todo, mi agradecimiento a Lessner por su larga e interesante carta. No debéis permitir que el Congreso dure más de esta semana. Hasta ahora —por lo que a Inglaterra respecta— no se ha producido ningún ridículo. Si los belgas y los franceses vuelven a poner masas de nuevos temas en el orden del día, hacedles comprender que eso no es posible, ya que 1. los alemanes están representados de manera muy débil, porque sus congresos tienen lugar casi al mismo tiempo en Alemania; 2. Inglaterra apenas está representada a causa del movimiento por el derecho electoral; 3. los suizos alemanes no están representados en absoluto, pues acaban de adherirse ahora y las ramas que existen desde hace tiempo han agotado sus recursos en la huelga de Ginebra; 4. la discusión se desarrolla ahora unilateralmente en lengua francesa; 5. por lo tanto, hay que evitar adoptar resoluciones sobre cuestiones teóricas generales, ya que esto solo podría provocar más tarde protestas de la parte no belga y no francesa.

La cuestión de la guerra interesa naturalmente sobre todo al público. Las declamaciones ampulosas y las frases hinchadas no hacen aquí ningún daño. La resolución que ha de adoptarse al respecto parece ser simplemente ésta: que la clase obrera no está aún suficientemente organizada para arrojar un peso decisivo en la balanza; que, no obstante, el Congreso protesta en nombre de la clase obrera y denuncia a los instigadores de la guerra; que una guerra entre Francia y Alemania es una guerra civil, ruinosa para ambos países y ruinosa para Europa en general. La observación de que la guerra solo puede beneficiar al gobierno ruso difícilmente podrá imponerse entre los señores franceses y belgas.

Un saludo al amigo Becker,
K. Marx

Si surge la cuestión del crédit mutuel, Eccarius debe declarar sin más que los obreros de Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos no tienen nada que ver con los dogmas proudhonianos y tratan la cuestión del crédito como secundaria. Las resoluciones del Congreso han de comunicarse telegráficamente a los periódicos de Londres. ¡Así que nada de ridículos!

K. M.