Londres, 11 de julio de 1868

...En cuanto al Centralblatt[1], el
autor del artículo me hace la mayor concesión posible admitiendo que si se atribuye el
menor sentido al valor, se debe admitir mis conclusiones. El infeliz no ve que incluso si
en mi libro no hubiera ningún capítulo acerca del «valor»[2], el análisis de las condiciones reales que yo hago
contendría la prueba y la demostración de relaciones reales de valor. La cháchara
acerca de la necesidad de demostrar la noción de valor se basa únicamente en la
ignorancia más crasa, tanto del tema en cuestión como del método científico. Cada
niño sabe que cualquier nación moriría de hambre, y no digo en un año, sino en unas
semanas, si dejara de trabajar. Del mismo modo, todo el mundo conoce que las masas de
productos correspondientes a diferentes masas de necesidades, exigen masas diferentes y
cuantitativamente determinadas de la totalidad del trabajo social. Es self evident[3] que esta necesidad 
de la distribución
del trabajo social en determinadas proporciones no puede de ningún modo ser destruida por
una determinada forma de producción social; únicamente puede cambiar la forma de su
manifestación. Las leyes de la naturaleza jamás pueden ser destruidas. Y sólo puede
cambiar, en dependencia de las distintas condiciones históricas, la forma en la
que estas leyes se manifiestan. Y la forma en la que esta distribución proporcional del
trabajo se manifiesta en una sociedad en la que la interconexión del trabajo social se
presenta como cambio privado de los productos individuales del trabajo, es
precisamente el valor de cambio de estos productos.

La tarea de la ciencia consiste, concretamente, en explicar cómo se manifiesta
la ley del valor. Por tanto, si se quisiera «explicar» de golpe todos los fenómenos que
aparentemente se contradicen con la ley, habría que hacer que la ciencia antecediese
a la ciencia. Esta es justamente la equivocación de Ricardo cuando, en su primer
capítulo sobre el valor[4], supone dadas
todas las categorías posibles, que deben ser aún desarrolladas, para demostrar su
conformidad con la ley del valor.

De otro lado, como usted acertadamente supone, la historia de la teoría
demuestra que la concepción de la relación de valor ha sido siempre la misma, más o menos clara o más o menos nebulosa, más o
menos envuelta en ilusiones o más o menos científicamente precisa. Como el propio
proceso discursivo dimana de determinadas relaciones, como es un proceso natural,
el pensamiento que concibe realmente puede ser sólo uno, distinguiéndose únicamente en
cuanto a su grado, en cuanto a la madurez de su desarrollo y, consiguientemente, en cuanto
al grado de desarrollo del propio órgano pensante. Todo lo demás es puro devaneo.

El economista vulgar no tiene ni la menor idea de que las actuales relaciones
cotidianas de cambio no pueden ser directamente idénticas a las magnitudes
de valor. Todo el quid de la sociedad burguesa consiste precisamente en que en ella no
existe a priori ninguna regulación consciente, social, de la producción. Lo razonable,
lo naturalmente necesario no se manifiesta sino bajo la forma de una media, que actúa
ciegamente. Pero el economista vulgar cree que hace un gran descubrimiento cuando contra
la revelación de conexión interna proclama orgullosamente que las cosas tienen una
apariencia completamente distinta. De hecho, se enorgullece de reptar ante la apariencia y
toma ésta por la última palabra. ¿Qué falta puede hacer entonces la ciencia?

Pero la cosa tiene un segundo fondo. Una vez se ha penetrado en la conexión de las
cosas, se viene abajo toda la fe teórica en la necesidad permanente del actual orden de
cosas, se viene abajo antes de que dicho estado de cosas se desmorone prácticamente. Por
tanto, las clases dominantes están absolutamente interesadas en perpetuar esta insensata
confusión. Sí, ¿y por qué si no por ello se paga a los charlatanes sicofantes cuya
última carta científica es afirmar que en la Economía política está prohibido
razonar?

Pero, satis superque[5]. En todo caso,
se ve cuán bajo han caído esos sacerdotes de la burguesía, pues los obreros, y hasta
los fabricantes y los comerciantes, han comprendido mi libro[6] y se han orientado en él, y sólo esos «sabios
escribas» (!) se quejan de que exijo demasiado de su cerebro...

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Notas
[1] ''Literarisches Centralblatt für Deutschland'' («Revista Literaria Central para Alemania»), hebdomadario de información científica y crítica, se publicó en Leipzig en los años de 1850 a 1944.- 442.
[2] Marx se refiere al primer capítulo (''Mercancía y dinero'') en la primera edición alemana del I tomo de ''El Capital''. En la segunda edición y las siguientes de este tomo en alemán le corresponde la primera sección.- 442
[3] Es de por sí evidente. (''N. de la Edit''.)
[4] D. Ricardo. ''On the Principles of Political Economy, and Taxation'' («A propósito de los principios de la Economía Política y de los impuestos»), London, 1821, p. 479.- 442
[5] Basta y sobra. (''N. de la Edit''.)
[6] C. Marx. ''El Capital''. (''N. de la Edit''.)