Londres, 11 de julio de 1868. Dear Fred, recibí las £10 con best thanks. En el acto he pagado £3 de impuestos, £3 al quesero (al que, por lo demás, llevo semanas pagando al contado, pues él, lo mismo que el tendero de té, ya no suministra nada al fiado), £1 10 al boticario. Al panadero le debo unas £17, y el hombre, que siempre ha sido muy amigo nuestro, se halla en graves aprietos. Me resulta espantoso tener que estrujarte de este modo. ¡Si supiese algún medio de salir al paso inmediatamente! A los niños les va hasta ahora bien, aunque Jennychen sigue muy débil. El temperamento que reina en esta casa no está hecho precisamente para convalecientes. Mi mujer, además, no anda bien de medias y por eso se irrita sin provecho.

Adjunto: 1) Kugelmann; le he contestado en el acto que no suelte de ningún modo la carta que piensa escribir a ese Mannequin Pisse Faucher. 2) La crítica del digno Faucher; otra en el Literarischen Centralblatt. Ambas cosas, devuélvemelas. 3) Carta de Dietzgen, que también me ha escrito un artículo sobre mi libro. La farsa del Mannequin Pisse Faucher, al convertirme en discípulo de Bastiat, no puedes comprenderla en todo su chiste. Dice Bastiat en sus “Harmonías”: “Si alguien me explica, por medio de la determinación del valor por el tiempo de trabajo, por qué el aire no tiene valor y el diamante lo tiene elevado, arrojaré su libro al fuego.” Puesto que yo he realizado ahora esa espantosa proeza, Faucher tiene que probar que, en efecto, acepto yo a B., quien declara que no hay “medida” del valor. La manera en que el señor Bastiat deriva el valor del diamante es la siguiente auténtica cháchara de commis voyageur: «Señor, cédame usted su diamante. – Señor, consiento; cédame usted a cambio su trabajo de todo un año.» En lugar de que ahora el amigo de negocios responda: «Mi querido amigo, si yo estuviera condenado a trabajar, bien comprende usted que tendría otra cosa que comprar que diamantes», dice: «Pero, señor, usted no ha sacrificado ni un minuto a esa adquisición. – Pues bien, señor, intente usted encontrarse con un minuto semejante. – Mas, en buena justicia, deberíamos intercambiar a trabajo igual. – No, en buena justicia, usted aprecia sus servicios y yo los míos. No le fuerzo a usted; ¿por qué habría usted de forzarme a mí? Entrégueme usted un año entero, o búsquese usted mismo un diamante. – Pero eso me acarrearía diez años de penosas pesquisas, sin contar una decepción probable al final. Encuentro más prudente, más provechoso, emplear esos diez años de otra manera. – Justamente por eso creo prestarle a usted todavía un servicio al no pedirle sino un año. Le ahorro nueve, y he aquí por qué concedo mucho valor a este servicio.» ¿No es éste el viajante de vinos en cuerpo y alma? Por lo demás —cosa que los bastiatistas alemanes ignoran—, ese desdichado giro según el cual el valor de las mercancías está determinado por el trabajo que no cuestan, sino que ahorran al comprador (frase infantil para desvariar un poco sobre la relación entre el intercambio y la división del trabajo), no es invención de Bastiat, como no lo es ninguna otra de sus categorías de viajante de vinos. El viejo borrico de Schmalz, el cazador prusiano de demagogos, dice (edición alemana de 1818, francesa de 1826): «El trabajo ajeno en general nunca produce para nosotros sino una economía de tiempo, y esta economía de tiempo es todo aquello que constituye su valor y su precio. El carpintero, por ejemplo, que me hace una mesa, y el criado que lleva mis cartas al correo, que sacude mis ropas o que busca para mí las cosas que necesito, me prestan ambos un servicio absolutamente de la misma naturaleza: uno y otro me ahorran tanto el tiempo que me habría visto obligado a emplear yo mismo en esas ocupaciones como el que habría tenido que consagrar a adquirir la aptitud y los talentos que ellas exigen.» El viejo Schmalz era epígono de los fisiócratas. Dice esto en polémica contra el trabajo productivo e improductivo de A. Smith y parte del principio de aquéllos de que sólo la agricultura produce valor real. Encontró la cosa en Garnier. Algo semejante, por otro lado, en el epígono de los mercantilistas Ganilh. Ídem en polémica contra aquella distinción de A. Smith. ¡De modo que Bastiat copia la polémica epigonal desde dos puntos de vista que no tienen aún la menor idea del valor! ¡Y ése es el más reciente descubrimiento en Alemania! Lástima que no exista un periódico donde se pueda denunciar este plagio de B. Salut D KM