20 de junio de 1868. Querido Fred: Inmediatamente a mi regreso a Londres —nuestro viaje fue magnífico— me encontré con todo un fajo de cartas de apremio y amenazas. Habían despachado a la gente con el pretexto de que yo estaba «de viaje». Pero parece que el telégrafo eléctrico ha anunciado mi regreso a esos tipos. Si licet parva componere magnis, cuenta el viejo Niebuhr (el padre del historiador) con qué velocidad los hechos de la guerra de Silesia viajaban en un santiamén de Europa a Asia por la mera telegrafía de la boca del pueblo. Y entre los acreedores, esta telegrafía natural parece actuar de manera aún más aguda. Entre las cartas de apremio hay varias que apenas pueden aplazarse una semana; la peor es el adjunto papel pagadero el martes, pues con el corte público del suministro de gas sería imposible seguir aguantando. El martes pasado, última sesión de la Internacional. Entre tanto, me habían llegado a las manos documentos que hacían inevitable la anulación de las resoluciones relativas al Congreso. En primer lugar, la declaración del ministro de Justicia Bara de que el Congreso no podía celebrarse en Bruselas. Segundo: manifiesto impreso de los Comités de Bruselas y Verviers en el que arrojan el guante al ministro. Tercero: cartas de De Paepe y Vandenhouten diciendo que arruinaríamos la sociedad en Bélgica trasladando el Congreso. Se lo interpretaría como una concesión al gobierno, etc. No hablo siquiera de las miserables intrigas de Vésinier, que se encuentra ahora aquí, ni de las de Pyat, etc. Naturalmente, difundieron el rumor de que trabajábamos bajo el dictado de Bonaparte. Creían que podían esperar un gran escándalo en esta última sesión, y por eso habían enviado oyentes. Quedaron muy decepcionados cuando, tras leer los documentos y hacer referencia a ellos, retiré mis resoluciones. Le di la vuelta al asunto de este modo: La ley contra los extranjeros no constituía en absoluto una amenaza especial contra la Internacional. Era general. Pero la Internacional habría hecho una concesión al gobierno belga si hubiera elegido Bruselas como lugar de reunión bajo semejante legislación. Ahora la cosa se ha invertido. Ahora, después de que el gobierno belga nos ha amenazado y provocado directamente, le haríamos una concesión si trasladáramos el Congreso de Bruselas, etc. Al mismo tiempo, hice algunas burlas muy despectivas acerca del tono heroico que adoptaron los atacantes de mis resoluciones (Odgers, etc.) antes de que conocieran el cambiado estado de las circunstancias. El único peligro de martirio que se podía correr era el del martirio barato y el ridículo. La señora Law me dirigió varios «hear, hear» y expresó su aprobación también dando golpes en la mesa. En todo caso, logré que las risas se volvieran contra Odger y los demás, y que la anulación de las resoluciones no apareciera como una victoria suya. El calor me resulta muy repugnante. Voy a prepararme la medicina de Gumpert, pues he vomitado varios días seguidos (estilo de la señora Blind), a pesar de una abstinencia ejemplar de comida y bebida. Salut. Tu K. M. A propósito. La pequeña Tussy casi provocó mala sangre en casa con su ditirambo de elogio del hogar de Manchester y el deseo abiertamente expresado de volver allí cuanto antes.