Lo que ahora predomina aquí es el problema de Irlanda. Por supuesto, ha sido explotado por Gladstone y compañía nada más que con el fin de volver al poder, y, sobre todo, para tener un lema electoral en las próximas elecciones, que se basarán en el sufragio familiar. Por el momento este giro de las cosas es malo para el partido de los trabajadores; los intrigantes que hay entre los obreros, como Odger y Potter, que quieren entrar en el próximo parlamento, tienen ahora un nuevo pretexto para adherir a los liberales burgueses. De cualquier modo, no es más que un castigo que Inglaterra -y en consecuencia también la clase obrera inglesa- está purgando por el gran crimen que durante siglos ha cometido contra Irlanda. Y a la larga beneficiará a la propia clase obrera inglesa.

La Iglesia anglicana en Irlanda -o la iglesia irlandesa, como la llaman aquí- es el bastión religioso del latifundismo inglés en Irlanda, y al mismo tiempo la avanzada de la propia iglesia anglicana en Inglaterra. (Hablo de la iglesia anglicana como terrateniente.) El derrocamiento de la iglesia anglicana en Irlanda significará su caída en Inglaterra, a lo que seguirá la ruina de los terratenientes, primero en Irlanda y luego en Inglaterra. No obstante, desde el principio estoy convencido de que la revolución social debe comenzar seriamente por la base, es decir, por el latifundio. Aparte de ello, todo el asunto llevará a la muy útil conclusión de que, una vez desaparecida la iglesia irlandesa, los arrendatarios irlandeses protestantes de la provincia de Ulster harán causa común con los arrendatarios católicos de las otras tres provincias de Irlanda, en tanto que hasta el presente los terratenientes han sabido explotar este antagonismo religioso.

Recibí antier una carta de Freiligrath (desde luego, se le había enviado la invitación para la boda) en la que se encuentra esta extraña frase... Pero tal vez sea más divertido para usted que le envíe la carta misma; sólo le ruego me la devuelva. Para poderla comprender perfectamente, voy a decirle que algún tiempo antes de mi libro, se editó en Berlín Zwolf Streiter der Revolution, de G. Struve y Gustav Rasch. La publicación celebraba a Freiligrath como «uno» de los doce apóstoles, y demostraba, con lujo de detalles, que nunca había sido comunista y que únicamente por too great a condescension había entrado en relaciones con monstruos como Marx, Engels, Wolff y otros. Como se injuriaba también a Wolff, le escribí a Freiligrath para pedirle explicaciones, tanto más que sabía que G. Rasch (un sinvergüenza) encabezaba su comité de mendicidad en Berlín. Me contestó en forma muy escueta, eludiendo mi pregunta con astucias de filisteo; más tarde, le envié mi libro, pero esta vez sin firmarlo como teníamos la costumbre de hacer entre nosotros. Parece haber comprendido la hint.

Recuerdos a su querida esposa y a Francisca. Haré lo imposible para hacerles una visita under all circunstances.

Suyo K. M.

A propos. Borkheim lo irá a ver in a few days. No olvide que, a pesar de todo mi compañerismo con él, siempre advierto sus reservas. El periódico de Liebknecht es demasiado estrechamente «meridional». (No es lo suficientemente dialéctico como para golpear a ambos lados.)