1. Corrección.

Elaborada el .

Friedrich Engels

[Reseña

del primer tomo de "El Capital"

para la "Rheinische Zeitung"]

Escrita el 12 de octubre de 1867.

Karl Marx. El Capital. Crítica de la economía política.

I. Tomo. El proceso de producción del capital.

Hamburgo, O. Meißner, 1867

El sufragio universal ha añadido a nuestros partidos parlamentarios uno nuevo, el socialdemócrata. En las últimas elecciones al Reichstag de la Alemania del Norte, este partido presentó candidatos propios en la mayoría de las grandes ciudades y en todos los distritos fabriles, logrando hacer pasar a seis u ocho diputados. En comparación con las elecciones anteriores, ha desarrollado una fuerza considerablemente mayor, por lo que cabe suponer que, al menos por ahora, sigue en crecimiento. Sería una tontería seguir tratando con altanero silencio la existencia, la actividad y las doctrinas de semejante partido en un país donde el sufragio universal ha puesto la decisión final en manos de las clases más numerosas y más pobres.

Por muy desunidos y desavenidos que puedan estar entre sí los pocos parlamentarios socialdemócratas, es seguro que todas las fracciones de este partido acogerán el presente libro como su biblia teórica, como el arsenal del que extraerán sus argumentos más esenciales. Ya por esta razón merece especial atención. Pero también por su propio contenido es adecuado para suscitar revuelo. Mientras que la argumentación principal de Lassalle —y Lassalle en economía política no era más que un discípulo de Marx— se limitaba a repetir una y otra vez la llamada ley ricardiana sobre el salario, tenemos aquí ante nosotros una obra que, con una erudición innegablemente rara, trata la relación entera entre el capital y el trabajo en su conexión con toda la ciencia económica, que se propone como fin último «revelar la ley económica del movimiento de la sociedad moderna», y llega, tras investigaciones abiertamente sinceras y con un conocimiento de la materia inequívoco, al resultado de que todo el «modo capitalista de producción» debe ser abolido. Quisiéramos además llamar especialmente la atención sobre el hecho de que, aparte de las conclusiones de la obra, el autor expone en el curso de la misma toda una serie de puntos capitales de la economía bajo una luz completamente nueva y llega, en cuestiones puramente científicas, a resultados que se apartan mucho de la economía corriente hasta ahora y que los economistas de escuela deberán criticar seriamente y refutar científicamente si no quieren ver naufragar su doctrina anterior. En interés de la ciencia, es de desear que la polémica se entable pronto en las revistas especializadas precisamente sobre estos puntos.

Marx comienza con la exposición de la relación entre mercancía y dinero, cuyo contenido más esencial ya fue publicado hace tiempo en un escrito aparte. Pasa luego al capital, y aquí llegamos enseguida al punto nodal de toda la obra. ¿Qué es el capital? Dinero que se convierte en mercancía para volverse a convertir, a partir de la mercancía, en más dinero del que era la suma originaria. Al comprar por 100 táleros algodón y venderlo por 110, acredito mis 100 táleros como capital, valor que se valoriza a sí mismo. Surge entonces la pregunta: ¿de dónde provienen los 10 táleros que gano en este proceso? ¿Cómo es que de 100 táleros, mediante dos simples intercambios, se hacen 110? La economía política presupone, en efecto, que en todos los intercambios se cambia valor igual por valor igual. Marx recorre ahora todos los casos posibles (fluctuaciones de los precios de las mercancías, etc.) para demostrar que, bajo los supuestos dados por la economía política, la formación de 10 táleros de plusvalía a partir de 100 táleros originarios es imposible. Sin embargo, este proceso tiene lugar todos los días, y los economistas nos han dejado a deber la explicación. Marx da esta explicación como sigue: el enigma sólo se resuelve si encontramos en el mercado una mercancía de un tipo completamente especial, una mercancía cuyo valor de uso consista en generar valor de cambio. Esta mercancía existe: es la fuerza de trabajo. El capitalista compra la fuerza de trabajo en el mercado y la hace trabajar para él, para luego volver a vender su producto. Tenemos, pues, que examinar ante todo la fuerza de trabajo.

¿Cuál es el valor de la fuerza de trabajo? Según la ley conocida: el valor de los medios de vida necesarios para mantener y perpetuar al obrero en el modo históricamente establecido en un país y una época dados. Supongamos que el obrero recibe su fuerza de trabajo pagada por su valor íntegro. Supongamos además que este valor se representa en un trabajo de seis horas diarias, o media jornada laboral. Pero el capitalista afirma haber comprado la fuerza de trabajo por una jornada entera, y hace trabajar al obrero 12 horas o más. Con el trabajo de doce horas, ha adquirido el producto de seis horas de trabajo sin haberlo pagado. De ahí deduce Marx: toda plusvalía —cualquiera que sea su distribución, como ganancia del capitalista, renta del suelo, impuesto, etc.— es trabajo impagado.

Del interés del fabricante por extraer diariamente la mayor cantidad posible de trabajo impagado y del interés contrapuesto del obrero surge la lucha por la duración de la jornada laboral. En una ilustración muy digna de leerse, que ocupa unas cien páginas, Marx describe el desarrollo de esta lucha en la gran industria inglesa, la cual, a pesar de las protestas de los fabricantes librecambistas, culminó la pasada primavera con el hecho de que no sólo toda la industria fabril, sino también toda la pequeña industria e incluso toda la industria domiciliaria quedaron sometidas a las limitaciones de la ley fabril, según la cual el tiempo de trabajo diario de mujeres y niños menores de 18 años —y con ello indirectamente también el de los hombres— en las ramas industriales más importantes queda fijado en un máximo de 10 1/2 horas. Explica también al mismo tiempo por qué la industria inglesa no ha sufrido con ello, sino que, al contrario, ha ganado: porque el trabajo de cada individuo ganó en intensidad más de lo que se acortó en duración.

Pero la plusvalía también puede aumentarse de otro modo además de prolongando el tiempo de trabajo más allá del tiempo necesario para la producción de los medios de vida necesarios o de su valor. En una jornada laboral dada, digamos de 12 horas, hay, según la suposición anterior, 6 horas de trabajo necesario y 6 horas de trabajo empleado en la producción de plusvalía. Si se logra, por cualquier medio, reducir el tiempo de trabajo necesario a 5 horas, quedan 7 horas durante las cuales se produce plusvalía. Esto puede conseguirse acortando el tiempo de trabajo requerido para la producción de los medios de vida necesarios, en otras palabras, abaratando los medios de vida, y esto a su vez sólo mediante mejoras en la producción. También en este punto Marx ofrece una ilustración detallada, examinando y describiendo los tres resortes principales mediante los cuales se logran estas mejoras: 1. la cooperación, o la multiplicación de fuerzas que surge del obrar conjunto simultáneo y planificado de muchos; 2. la división del trabajo, tal como se desarrolló en el período de la manufactura propiamente dicha (es decir, hasta alrededor de 1770); y finalmente 3. la maquinaria, con cuya ayuda se ha desarrollado la gran industria desde entonces. También estas descripciones son de gran interés y muestran un conocimiento asombroso hasta en el más mínimo detalle tecnológico... [Aquí termina la página del manuscrito; falta la página siguiente, en la que evidentemente se analizaban la plusvalía y el salario.]

No podemos entrar en los demás detalles de las investigaciones sobre la plusvalía y el salario; sólo señalaremos, para evitar malentendidos, que, como Marx demuestra con multitud de citas, tampoco la economía de escuela desconoce el hecho de que el salario es menor que el producto total del trabajo. Cabe esperar que este libro ofrezca a los señores de la escuela la oportunidad de darnos una explicación más precisa sobre este punto, ciertamente extraño. Es muy de elogiar que todos los testimonios fácticos que Marx aduce estén tomados de las mejores fuentes, en su mayoría informes parlamentarios oficiales. Aprovechamos esta ocasión para apoyar la propuesta, hecha indirectamente en el prefacio por el autor: que también en Alemania se haga investigar a fondo por comisarios gubernamentales —que no deben ser burócratas prejuiciados— las condiciones obreras en las diversas industrias y se presenten los informes al Reichstag y al público.

El primer tomo concluye con el tratado de la acumulación del capital. Sobre este punto se ha escrito ya con frecuencia, si bien hemos de confesar que también aquí se presenta no poco de nuevo y lo viejo se ilumina desde nuevos lados. Lo más singular es el intento de demostrar que, junto a la concentración y acumulación del capital, y manteniendo el paso con ella, se produce la acumulación de una población obrera sobrante, y que ambas hacen, por un lado, necesaria y, por otro, posible una subversión social.

Cualquiera que sea la opinión que el lector tenga de las concepciones socialistas del autor, creemos haberle mostrado en lo que antecede que se encuentra aquí ante un escrito que está muy por encima de la literatura socialdemócrata corriente de todos los días. Añadimos que, salvo las cosas un tanto fuertemente dialécticas de las primeras 40 páginas, el libro, a pesar de todo su rigor científico, es sin embargo muy fácilmente comprensible y está redactado de manera incluso interesante por el estilo sarcástico del autor, que no tiene miramientos con nadie.